“Ante nuestros ojos aparecen en lucha dos tradiciones; lejos de conducir el mismo contenido nocional son antagonistas. La una transmite sin disimulo la religión del verdadero Dios, y es la Tradición apostólica, en la cual la tradición primordial está totalmente incluida. La otra, llamada por los neognósticos Tradición primordial, transmite, bajo un disfraz de luz, la religión tenebrosa que quiere ponerse en el lugar de Dios”. (Jean Vaquié, Ocultismo y fe católica: los principales temas gnósticos).

lunes, 2 de junio de 2025

EL ORGULLO INTELECTUAL




"En los tiempos actuales, la gran tentación del católico es el orgullo intelectual. La mayoría de los críticos del catolicismo hablan sin tener el menor conocimiento de lo que están hablando y ello es tan evidente que muchas veces los católicos se ven arrastrados al comportamiento lógico y anticristiano de responder a los bobos con arreglo a sus bobadas... Así pues, cuando alguien nos dice que el banquete es contrario al ayuno y que sin embargo ambos parecen ser sagrados para nosotros, a algunos nos entrarían ganas de contestar simplemente, «Sí», y hacer una mueca desagradable. Y cuando el preguntón insiste en cuestiones morales alegando que «la Navidad se dedica a festejos, a comer carne y a beber vino, y aun así ustedes fomentan esa diversión pagana y materialista», tanto a ustedes como a mí nos tentaría responder. «Justamente» y dejar así la cosa. Pero cuando prosigue, con aspecto cada vez más preocupado. «Además, ustedes admiran a los hombres que viven en cuevas o en el desierto ayunando y privándose de los placeres más comunes. Al igual que los budistas, se declaran claramente a favor del ascetismo o de todo lo contrario», de modo semejante podríamos sentir el impulso de contestar. «Pues sí señor», o «lo cazó usted a la primera, muchacho» y proponer ir a otro sitio a tomar un refrigerio en plan amistoso. Pero hay que resistir la tentación. No sólo tenemos la obligación indudable de explicar a la otra persona que lo que le parece contradictorio en realidad es complementario, sino que además no está justificado que utilicemos ese tono de superioridad".

 

De "G. K. CHESTERTON. SABIDURÍA E INOCENCIA", por Joseph Pearce.


OTRO GNÓSTICO: ADRIÁN SALBUCHI

 


Por FLAVIO MATEOS

 

Teníamos conocimiento de Adrián Salbuchi como analista político o geopolítico, de referencia en lo que podría llamarse un “nacionalismo peronista”. Sabíamos también de su intento frustrado de llegar a construir un espacio político notorio a partir del que ha llamado “Movimiento Segunda República”. Como tal, siempre ha combinado su notable solvencia comunicacional con una –a nuestro humilde entender- endeblez teórica simétrica. Bueno para la demolición de los politiqueros y funcionarios globalistas, flojo para proponer un diagnóstico acertado y una solución eficaz. Anclándose en el “Justicialismo”, no podía ser de otro modo.

Pero de lo que no teníamos conocimiento es de su aspecto gnóstico, lo cual, por cierto, hace que cierre mejor su postulación política harto confusa. Cosa que, por supuesto, es de lamentar.

Así pues, recientemente nos hemos topado de casualidad con una serie de videos suyos, donde conferencia acerca del famoso compositor musical Richard Wagner. Bajo el título WAGNER GNÓSTICO, en tres partes, se trata de charlas impartidas en un denominado “CENTRO CULTURAL AZTLAN”, dirigido por León Azulay. ¿Qué es eso? Su página web lo explica:

“Aztlan es un nombre Tolteca que en la mitología antigua era la Ciudad Ideal de la Cultura, la Luz y el Conocimiento. Con el Método Aztlan® el Prof. Azulay ha logrado un método de enseñanza que combina e integra los sistemas de Psicología Holísticos más avanzados de nuestra época: La Psicología del Inconsciente Colectivo de Carl Gustav Jung y el Cuarto Camino de Gurdjieff y Ouspensky. Además, agrega la enseñanza del budismo y la Filosofía tanto de Oriente como de Occidente. Asimismo, hace más de 30 años que se dedica profesionalmente a la investigación astrológica, siendo uno de los precursores de la Astrología Humanista en la Argentina. Forman parte también del Centro Cultural los Profesores Nicolás Nardi y la Prof. Florencia Santoni, entre otros profesionales”.




Como puede verse en la captura de pantalla, el mentado centro cultural es un cambalache tolteca que combina el cuarto camino de Gudjieff, el budismo, la astrología, las enseñanzas del Dalai Lama y, a todo eso, la tercera posición de Salbuchi, por llamarle de algún modo. No deja de sorprendernos la serie de supercherías (macaneo, diría el Padre Castellani) que con total seriedad expresa Salbuchi en sus conferencias: transmigración del alma o metempsicosis, llegada de la era de acuario, estamos aquí para llegar al espíritu, y, sí, esta barbaridad: “Isis y la Virgen María son la misma cosa”.

Lo curioso es que alguien nos comentó que había visto varias veces a Salbuchi ir a las misas de la FSSPX. Pero nada de lo que dice en estas conferencias es católico, sino al contrario. Y, para aumentar la confusión, Salbuchi es habitué del canal TLV1 donde podemos encontrar –la Biblia junto al calefón- desde destacados representantes del Nacionalismo católico, hasta terraplanistas, pasando por sedevacantistas, peronistas y gnósticos.

Sobre lo último, también vimos allí recientemente que le abrieron las puertas en una entrevista a quien ya mencionáramos en alguna oportunidad, el gnóstico evoliano español Guillermo Mas Arellano. Se lo hace desde un programa llamado “Renacimiento nacional N°12 - Rebelión contra la cultura moderna”, cuya cortina musical es significativa: música de Wagner con guitarra eléctrica, o sea, nada de “rebelión contra la cultura moderna” sino lo contrario.

Dice el gnóstico español que su obra tiene más repercusión en Argentina que en España. Lamentable estado de confusión en que se encuentra nuestro medio intelectual. Y para peor, afectando a una gran cantidad de jóvenes, como pueden verse en las conferencias de Salbuchi. Según creemos, somos los únicos en ocuparnos de este tema. Sería bueno que alguien más le preste atención, a fin de poder sanear el ambiente cultural y enfocarse con mayor atención a difundir y promover la verdadera Tradición. No vaya a ser que poco a poco la confusión gnóstica se apodere cada vez más del ambiente intelectual, con la consiguiente degradación del pensar católico y la ineficaz reacción ante el revolucionario mundo moderno.

Y bien, estamos hablando de Wagner. Queremos hacer nuestro aporte a través de dos artículos en nuestro blog, que esclarecen muy bien quién fue Wagner. Son de dos autores muy autorizados en la materia.

Como cierre, y luego de haber comprendido mucho mejor a Wagner y lo que representa, nos parece haber acertado en una de nuestras conclusiones acerca de Vértigo de Alfred Hitchcock, que precisamente utiliza como leit motiv musical la música de Bernard Herrmann basada en el Tristán wagneriano: “Vértigo destruye impiadosamente la ensoñación perversa del amor romántico, cuya obra cumbre es Tristán e Isolda de Richard Wagner”. Y agregábamos: “La romántica “muerte de amor” del eros vuelve a ser tragedia en su siniestra reedición, pero tragedia que aún puede ser trascendida por el ágape cristiano. El sendero de Scottie es wagneriano, el de Hitchcock, no”. Para entender esta conclusión, estimados amigos, deberán leer el libro (Vértigo, el enigma vertical, Ediciones Reacción).

 

WAGNER Y EL AMOR ROMÁNTICO

 


Por ETIENNE COUVERT

 

Richard Wagner fue un gran revolucionario y un gran romántico; romántico porque era revolucionario. Sus maestros fueron Proudhon, Roekel y Feuerbach. Se hizo amigo de Bakunin, que le inculcó el odio a la sociedad y el deseo de la aniquilación total de las instituciones. El 3 de mayo de 1849 encabezó el levantamiento de Dresde, llamando a la multitud a las armas, disparando un tiro y participando en el motín. Ya en 1848 había compuesto poemas revolucionarios y se había afiliado a un club jacobino.

El proyecto de su Tetralogía había sido concebido en 1848, bajo la influencia de Bakunin, de quien dijo en sus Memorias: “La aniquilación de toda civilización excitaba su entusiasmo”. El libreto de La muerte de Sigfrido había sido redactado en 1848, impreso en 1850 y reimpreso en 1853 con las otras tres partes de El anillo de los Nibelungos. Un grandioso sueño de rebelión y devastación. De esta fábula nibelunga, extraída del fondo de los tiempos, Wagner extrajo una obra liberadora. Sus ideas incendiarias, sus planes ambiciosos, sus juicios apasionados, su dogma nihilista se basan en acontecimientos que tuvieron lugar en la noche de los tiempos; pero ha inyectado a su formidable drama lírico el veneno de la revuelta en el corazón de la gente. Sus héroes quebrantan las leyes y costumbres más venerables. Wotan roba el oro ya robado por Alberich. Fafner mata a su propio hermano, Fasolt, para hacerse con el oro; Siegmund se casa con su hermana Sie-glinde. Sigfrido apuñala a Fafner para robarle el oro maldito y une fuerzas con Brünehilde, la hermana de su madre....

El Anillo, el “Ring”, es el círculo de oro que estrangula a la humanidad. Hay que romperlo. Es el símbolo de todas las doctrinas revolucionarias, el gran poema de la anarquía, una máquina del tiempo infernal.

Wagner compuso Tannhäuser “en odio al mundo” dijo él mismo. Al escribir Lohengrin, vio en Elsa “el espíritu del pueblo”; “La mujer, esa expresión fatalísima de la fatalidad sensual, confesó, me convirtió en un revolucionario total”. Quería hacer “terrorismo en el arte", como escribió a Liszt.

Entonces Wagner se interesó por Oriente y el budismo. En Roma conoció al conde de Gobineau, escritor francés, orientalista franco y erudito. Quedó fascinado. Leyó y explicó El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer a su amiga Mathilde Wesendonck, una especie de filósofa budista panteísta. Envió a su amiga enferma las Leyendas hindúes, diciéndole que se le habían aparecido como “las revelaciones puras de la humanidad más noble del antiguo Oriente”. Declaró entonces que las había convertido en su religión.

Luego de lo cual compuso un drama budista, Les vainqueurs, y un drama sacro, Jésus de Nazareth, que nunca se publicaron. Pero los retomó y produjo una obra compuesta, Parsifal, un vasto breviario de cristianismo, mezclado con budismo y vegetarianismo. “Parsifal, escribió a su amiga Juliette Gautier, es un nombre árabe. Los antiguos trovadores ya no lo entendían. Parsifal significa parsi [piensa en los parsis, adoradores del fuego], puro; fal, dice fou [fol], en un sentido elevado, es decir, hombres sin erudición, pero de genio. Adieu, ma chère, ma dol-cissima anima, R.W”.

Es en Tristán e Isolda donde encontramos la expresión más completa del amor romántico. El propio Wagner explica este amor. “El comienzo de la escena en este segundo acto expresa la vida desbordante de sus pasiones más vehementes; el final es el deseo más solemne y profundo de la muerte”. La muerte es el asilo. “Líbranos del universo", exigen Tristán e Isolda en su invocación a la noche.

El amor romántico es una llamada a la muerte, deseada, buscada y entregada a uno mismo, es el amor suicida, es la catástrofe del tercer acto, el gusto de saberse en el límite, fuera de este mundo. Cuando el rey sorprende a los amantes, Tristán responde: “Este misterio no puedo revelároslo. Nunca podrás saber lo que me pides”. Cuando muere, Tristán grita: “No me quedé en el lugar de mi despertar. Pero, ¿dónde me quedé? No puedo decirlo... Fue donde siempre he estado, y donde iré para siempre, el vasto imperio de la noche eterna. Allí se nos da una ciencia única, lo divino, lo eterno, ¡el olvido original! ¡Oh, si pudiera decirlo! ¡Si pudieras comprenderme!”

Así pues, la muerte suicida por amor es el retorno a la unidad primordial de toda Gnosis. Aquí encontramos el dogma fundamental, la naturaleza divina y angélica del alma, prisionera de las formas creadas y de la noche de la materia. En el “Destino del Alma”, himno maniqueo escrito por un discípulo del “Salvador”, Mani, leemos:

“Nacido de la luz y de los dioses

Aquí estoy en el exilio y separado de ellos.

“Soy un dios y nacido de los dioses

Pero ahora reducido al sufrimiento”.

La vida es la desgracia suprema, la muerte el último bien, la redención por la culpa de haber nacido, la reintegración en el Uno y la indistinción luminosa. El amor, “Eros”, es un ardor devoto que diviniza e iguala al mundo. “Mi mirada embelesada está cegada... Solo estoy. Yo, el Mundo”. La pasión quiere que el “Yo” se haga más grande que todo, tan solo y poderoso como Dios. “Liberado del mundo, te poseo al fin, oh tú solo que llenas toda mi alma, suprema voluptuosidad del amor”. Esta pasión es una elección fundamental a favor de la muerte. Al componer Tristán e Isolda, Wagner cantó la disolución del amado en la Noche, su divinización por el amor en la Muerte. Eros es la fusión esencial del individuo en la divinidad. La exaltación del amor es una ascesis violenta contra la vida y su transmisión. La amada es un medio que el ego utiliza para escapar del mundo y entrar en el gran Todo.

Esta es exactamente la inversión radical del amor cristiano, que se llama “Agape”. Este amor natural y razonable no busca la muerte, sino la vida. Quiere ser fecundo. Acepta al amado como una persona destinada a vivir aquí abajo. Desea un hijo y, por tanto, una vida prolongada en la tierra más allá de la muerte. Comprende que el destino del hombre se juega aquí en la tierra, que su pecado no está en haber nacido, sino en haber perdido a Dios, en querer ser autónomo. El hombre perdonado no vive para sí mismo, sino para los demás. El verdadero amor es fiel aquí abajo, es constructivo, es fecundo. Crea un hogar donde la vida es buena. No es una exaltación que nos empuja fuera de nosotros mismos; no es una disolución del yo en Dios. Para que haya verdadero amor, debe haber dos seres distintos que se amen. ¿Qué más hay que decir?

Wagner rechazó para sí este amor fiel. A su amiga, Mathilde Wesendonck, a quien ha dejado para ir a Venecia, donde le llaman sus obligaciones con sus hijos, su deber, responde irritado: “Pensando en ti, nunca pensé en padres, hijos, deberes. Sólo sabía que me amabas y que todo lo que es elevado y orgulloso en este mundo debe sufrir”. Este es, en efecto, el rechazo más romántico del amor fiel, del amor realizado y pacífico. Es la búsqueda de la pasión que todo lo consume, dolorosa, que conduce a la muerte...

 

Tomado de LA GNOSE CONTRE LA FOI, Éditions de Chiré, 1989, págs. 153 a 157.

 


WAGNER COMO REVOLUCIONARIO CULTURAL

 


Por E. MICHAEL JONES

Fragmentos de su libro LOS PELIGROS DE LA BELLEZA, El conflicto entre mímesis y concupiscencia en las bellas artes E. Michael Jones Traducción Luis Álvarez Primo Ediciones Fidelidad Buenos Aires 2024, que vivamente recomendamos.

 

Wagner se sintió atraído por los doce semitonos de la escala cromática precisamente porque su indeterminación le otorgaba libertad respecto del orden (musical, sexual y político) que la melodía diatónica no le permitía. Wagner se sentía tiranizado por la Melodía, Minna (su primera esposa) y Metternich porque sus propias emociones no se ajustaban a los cánones del comportamiento razonable. Su rebelión era la rebeldía contra el orden moral; su innovación musical era simplemente el descubrimiento de un análogo musical a la rebelión contra la razón que ansiaban su atribulada conciencia y sus deseos cada vez más impetuosos. Su descripción de la nueva música que aspiraba a crear estaba llena de una curiosa mezcla de metáforas sexuales y políticas aplicadas a la música que deseaba escribir. La importancia del amor en la visión cristiana de las cosas debía ser liberada del cristianismo que le daba su significado, y permitir que se desarrollara en una dirección puramente sensual. La tonalidad libre equivaldría entonces al amor libre, y las notas que habían estado sujetas a las “claves” patriarcales quedarían libres, como mujeres emancipadas, para seguir su inclinación hacia cualquier tono que les resultara sexual o musicalmente atractivo. Clave musical, escribió Wagner, refiriéndose al término alemán Tonart (tonalidad)

 

Cuando menciona la “modulación armónica”, Wagner se refiere al monumental logro de Bach en El clave bien temperado, que cerró el círculo de quintas permitiendo una modulación ilimitada, Tristan und Isolde que Wagner interpreta ahora en un sentido completamente distinto, que suena vagamente hegeliano y sexual. El cristianismo, con su universalización del amor, permitió una evolución, que ahora ha tomado conciencia de sí misma, yendo más allá de los confines que la limitaban en el pasado. Bach, en la lectura wagneriana de la modulación, ha abolido la monogamia musical que confinaba las notas a una sola tonalidad. Todas las familias de tonos pueden ahora relacionarse directamente entre sí más allá de los estrechos confines de la familia/melodía patriarcal, a través de la “modulación armónica” que, en combinación con el poder fecundador del texto poético, hace ahora posibles prácticamente todas y cada una de las combinaciones, ya sean sexuales o musicales. La doctrina del amor cristiano, inicialmente tan prometedora, se libera de sus estrechos confines dentro de la ley moral cristiana y, ahora, puede expandirse para abarcar a toda la humanidad en un “anuncio orgiástico y enardecedor de emociones sensuales”. Sin el texto, es decir, sin la voluntad del poeta, que impregna a la música de dirección y sentido, el músico-Absoluto, por ejemplo, el compositor de sinfonías:

 

Wagner se enfrentaba, así, a una elección que tendría terribles consecuencias para la música de Occidente. Podía tener melodía o emoción. Podía subordinar sus deseos al logos de la música o la música a la lógica de sus deseos. El hecho de que considerara ambos términos, emoción y razón, como antinómicos, anunciaba una tragedia personal que, además, iba a convertirse gradualmente en una tragedia pancultural. La modulación fue para la música lo que la verosimilitud para la pintura. Bach dio un nuevo poder a la mímesis musical, pero ese nuevo poder podía ser fácilmente dominado por la concupiscencia, cuando se ponía en manos de un revolucionario como Richard Wagner. La escala diatónica, con su capacidad tanto para despertar las emociones como para someterlas a las exigencias de la razón, había desatado un estallido de creatividad musical sin precedentes, una creatividad que encontró una de sus expresiones más significativas en las tierras de habla alemana del siglo XVIII. El precio de admisión, sin embargo, era el rigor del sistema tonal, diatónico, que se ajustaba tan admirablemente al movimiento de la emoción humana. Al tener principio, medio y fin, la escala diatónica podía evocar una catarsis emocional sin precedentes en otros sistemas musicales. Pero el precio era atenerse a los cánones de la razón. Las emociones que se despertaban sólo podían resolverse volviendo a la nota clave de la que procedían. Modular incesantemente las notas de una tonalidad a otra, como permitía el uso del cromatismo por parte de Wagner, equivalía a embotar su poder de organización dramática en favor de una emoción malsana. Cuando Wagner permitía que la modulación llevara la melodía a saltar por encima del muro de la tonalidad para no volver nunca a la nota dominante, daba lugar a sentimientos de pasiones tumultuosas e insatisfechas, pasiones que nunca llegaban a resolverse porque habían roto con la razón y se negaban a volver a la tonalidad de la que partían. Desde una perspectiva humana, por lo general, sólo había una emoción que exigiera este tipo de extensión ad infinitum, y era la sexual. La música, que era la máxima expresión de esta modulación de la emoción de una tonalidad a otra durante horas y horas sin resolución a la vista, era pornografía musical, y estaba teniendo una especie de efecto enervante, desquiciante y debilitante en las audiencias que la escuchaban. Era un ejemplo clásico de lo que Oesterle llamaría “errar el tiro por exceso en la música”. Las emociones se tensaban en una dirección y, antes de que pudieran resolverse en la tonalidad inicial, se dirigían hacia otra tonalidad para tensarse de nuevo. La modulación cromática, que encontró su expresión más contundente en Tristán e Isolda, podía ahora permitir que el movimiento musical derivara de una tonalidad a otra en una orgía aparentemente interminable de emoción sensual, sin control por parte de los principios de la ley moral ni de las exigencias de la escala diatónica, las cuales, según la opinión de Wagner, encontraban su perfección en las creencias hipócritas y negadoras de la vida del cristianismo. En 1850, cuando Wagner aún se esforzaba por dar con un principio musical que encajara en su revolucionaria mentalidad, volvía una y otra vez a algo que inevitablemente se consideraba una violación de la familia “patriarcal”. La modulación cromática que encontraría su máxima expresión en Tristán e Isolda, que al fin y al cabo es una obra sobre el adulterio, halló su explicación teórica en una descripción de las doncellas “que van más allá de la familia’’.

 

En el segundo acto de Tristán e Isolda encontramos la culminación de la actividad de Wagner como revolucionario cultural. Envalentonados por la filosofía de Schopenhauer, que proponía que el yo no sólo creaba el mundo, sino que era el mundo, “selbstdann bin ich die Welt” (yo mismo; entonces yo soy el mundo”,), Tristán e Isolda cantan su himno a la sinrazón, el dueto “O sink hernieder”, y siguen adelante hacia la gratificación sexual, con la ilusión de que la revolución cultural puede llevarse a cabo según sus propias leyes. Pero amanece, y ambos se ven arrastrados de nuevo a la dura luz de la verdad, lo deseen o no. La importancia moral de las imágenes de luz y oscuridad no era nueva con Mozart y La flauta mágica. Forma parte del patrimonio universal de la humanidad, se encuentra en todas las religiones del mundo y tiene su versión cristiana en el Evangelio según San Juan (3:19-21): y este es el juicio: que la luz ha venido al mundo y los hombres han amado más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo el que obra mal, odia la luz y la evita, por miedo a que sus acciones sean ex puestas…

 

El pasaje difícilmente podía estar lejos de la conciencia del público, que escuchaba embelesado el panegírico de Wagner a la extinción de la luz de la razón. Tampoco podía estar lejos de la mente de Wagner, dado lo que había dicho anteriormente sobre la nefasta influencia del cristianismo. Esta contradicción directa del cristianismo y la luz de la razón era, sin embargo, el principal atractivo que tenía precisamente para aquel público. Occidente meditaría, con creciente intensidad, durante el siguiente siglo y medio sobre el precio que estaba dispuesto a pagar por la liberación sexual, la liberación de la luz de la razón, la liberación de los logros culturales que se basaban en el sometimiento, por parte de la sociedad, de la pasión individual al orden de la razón. ¿Mereció la pena después de todo? El público, que se vio inundado por las tibias modulaciones cromáticas de Tristán, podía hacer se esta pregunta una y otra vez. ¿Realmente valía la pena? ¿No sería mejor perecer en un estallido exquisitamente consumado de apasionada Liebestod? (muerte de amor: muerte erótica consensuada),

 

 

El logro de Wagner en Tristán consistió en su habilidad para plantear la cuestión sexual a su público de forma convincente. La huida de la razón en la moral no es, en efecto, diferente de la huida de la razón en la música. La música dota al argumento de una plausibilidad de la que carece por sí, hecho que tanto Platón como Aristóteles reconocieron, y la razón por la que Platón prohibió ciertos modos musicales en su república. Wagner volvió a esta tradición de armonía mundial, pero con la intención de tramar su derrocamiento. Sin embargo, al lograr su propósito, subvirtió su propio mensaje. La república estaba en peligro por ciertos modos musicales, mucho más radicalmente que por anarquistas como Bakunin. El Tristán de Wagner era el espejo perfecto de sus deseos desordenados y, más que eso, también reflejaba los deseos desordenados de las clases cultas que acudían a escucharle, y encontraban estímulo en su música.

 

DE LA IMPORTANCIA DE ELEGIR BIEN LOS LIBROS

 


La grandeza del ser humano radica en saber hacer buen uso de los dones del Creador, así como su debilidad se manifiesta en la capacidad de abusar de ellos. ¿Qué hay más precioso que el don de la palabra, ese magnífico regalo que bastaría por sí solo para asegurar al hombre la superioridad sobre todo este universo visible? ¡La palabra! Es la expresión del pensamiento, el vínculo de las inteligencias, la condición primera de la enseñanza y del comercio social, el instrumento y el vehículo de la verdad. Pero, ¿qué se convierte la palabra en la boca de quien la usa para propagar la mentira o el vicio? Turba los espíritus, agita a las multitudes, enciende las pasiones, corrompe y mata las almas. Mientras la sabiduría fluye de los labios del justo —labia justi erudiunt plurimos—, la lengua de los malvados destila veneno —venenum aspidum sub labiis eorum. Y si nada hay más eficaz que la palabra de Dios para fortalecer la virtud —vivus sermo Dei et efficax—, ¿no nos recuerda también el Apóstol que “las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres”? —corrumpunt bonos mores colloquia prava. Ya lo decía el Sabio al mostrar que la palabra es instrumento de vida o de muerte —mors et vita in manu linguae— según se emplee para el bien o se ponga al servicio del mal.

Y la escritura, ese arte maravilloso que, con unos pocos signos, encadena la palabra y fija el pensamiento, ¿de cuántas maneras no es útil para conservar las verdaderas doctrinas y transmitirlas de una generación a otra? Gracias a ella, los siglos se enlazan entre sí y todo el pasado del género humano revive ante nosotros. Por ella remontamos hasta el origen de los tiempos para recoger, edad tras edad, junto con las lecciones de la sabiduría humana, los preceptos y enseñanzas de Dios. Pero, ¡cuántas veces este poderoso auxiliar de la verdad y de la virtud se ha convertido en medio de propagación del error y del vicio! Y si, gracias a la escritura, la santidad y la verdadera ciencia sobreviven en páginas inmortales, ¿no permanecerá también el mal libro abierto ante los ojos de las generaciones venideras como una fuente envenenada de donde fluirán sin cesar la mentira y la corrupción, extraviando las inteligencias y marchitando los corazones?

El hombre tiene así este poder que es a la vez su fuerza y su debilidad: el de hacer servir al bien los dones del Creador o de desviarlos de su verdadero fin. Por eso, Queridísimos Hermanos, cuando condenamos los abusos o reprobamos los excesos, nuestras quejas y reproches nunca se aplican al uso regular y legítimo de las cosas. ¿Existe acaso un descubrimiento más admirable y útil en sí mismo que el de la imprenta, ese complemento providencial de la palabra y la escritura? ¿Y no parecía, al darle alas a la verdad, que este nuevo arte habría de asegurar su triunfo en todo el mundo? Sin duda, y no puede olvidarse que el libro de Dios, la Biblia, fue el primero en salir de esas prensas nacientes, como para marcarlas con el sello de la consagración divina. Pero era fácil prever, como sucede con todo lo humano, que esta invención tan favorable por sí misma al progreso de la verdad, no tardaría en convertirse, en manos del error, en un arma poderosa, y que los malos libros se multiplicarían junto con los buenos. No había transcurrido un siglo desde la introducción de este nuevo y temible elemento en la vida pública, cuando ya el santo Concilio de Trento se alarmaba al ver difundirse tantos escritos perniciosos. Las solemnes advertencias que la augusta Asamblea dirigía a los pastores y a los fieles —ya para estimular el celo de unos, ya para apartar a otros de lecturas peligrosas— muestran con claridad hasta qué punto preocupaban desde entonces los estragos de la mala prensa a las autoridades de la Iglesia.

¿Es necesario añadir, Queridísimos Hermanos, que desde aquella época el peligro no ha hecho más que agravarse día tras día? A los medios de difusión que ya poseía el error, nuestro siglo ha sabido añadir uno nuevo, más rápido y más extendido que todos los anteriores. Mientras la lectura de libros quedaba limitada a un círculo relativamente reducido, la propagación del mal se contenía. Pero esa esfera de acción se ha ampliado desde que, junto al libro que solo unos pocos leen, se inventó la hoja ligera, diaria, accesible a todos, que resume día a día las noticias del mundo entero, y que, aprovechando ese atractivo natural de la curiosidad humana, trata todos los temas posibles, a la ligera y casi como un juego, sin que nada escape al azar de una discusión que toca todo, desde las más altas verdades de la religión hasta los más mínimos detalles de la economía doméstica o social. Al penetrar así en los hábitos cotidianos de la vida, en los que ha sabido hacerse un lugar considerable, el periódico —pues hay que llamarlo por su nombre— se ha convertido en una fuerza significativa tanto para el mal como para el bien. Y no se corre riesgo alguno de exagerar al decir que no hay palanca más poderosa que la prensa para mover a las multitudes y activar sus intereses y pasiones.

Pero dejemos a los legisladores y a los hombres de Estado la tarea de conciliar el advenimiento de este nuevo poder con la estabilidad del orden civil. Lo que a nosotros nos preocupa, y estamos en derecho de valorar, es el papel y la actitud de la prensa frente a la religión. Ciertamente, no podríamos alabar lo suficiente a los escritores valientes que se mantienen constantemente en la brecha para defender nuestras santas creencias contra los ataques de la herejía y la incredulidad: ellos cumplen en la prensa un verdadero apostolado; y sostener y difundir las publicaciones en que sirven los intereses de la fe con tanto celo como talento, es un acto de entrega a la religión. También merecen nuestra gratitud aquellos que, aun considerando que las controversias religiosas tendrían mejor lugar en los libros, no dejan por ello de profesar un sincero respeto por los derechos de la Iglesia y, al defender los grandes principios del orden social, despliegan una actividad y una firmeza dignas de tan noble causa. Si así se comprendiera universalmente la función de la prensa, no tendríamos motivo alguno para inquietarnos por una institución cuyos beneficios contrapesarían fácilmente sus inconvenientes.

Pero no es este, Queridísimos Hermanos, el carácter ni el propósito de esa parte de la prensa contra la que buscamos precavernos. Lo que ella persigue, lo que se esfuerza en lograr, es la destrucción de la Iglesia católica, de su doctrina y de sus instituciones; no tiene otra razón de ser. Sin duda, la obra de Jesucristo está por encima de tales ataques: ni la mentira ni la corrupción podrán prevalecer contra ella. Pero lo que no es indestructible es la fe de los individuos, que puede verse mortalmente herida a causa de los errores difundidos cada día ante un público compuesto, en general, por personas poco instruidas y, por ello mismo, incapaces de resistir indefinidamente al asalto perpetuo que se lanza contra sus creencias y costumbres.

Monseñor Freppel, Carta pastoral sobre la prensa irreligiosa, 8 de febrero de 1874.

 

martes, 29 de abril de 2025

29 DE ABRIL – ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE ALFRED HITCHCOCK I

 


El Hitchcock católico

El sentido del bien y del mal de un director

 

Por Richard Alleva

 

«No creo que se me pueda tachar de artista católico», dijo el director Alfred Hitchcock a François Truffaut, “pero puede ser que la educación temprana de uno influya en la vida de un hombre y guíe su instinto”.

 

Alfred Joseph Hitchcock nació el 13 de agosto de 1899 en Leytonstone, un barrio del East End londinense, hijo de un tendero de ultramarinos llamado William y de su esposa, Emma. Por parte de padre, el catolicismo se remontaba quizá sólo a dos generaciones, pero Emma era de ascendencia irlandesa y sus antepasados rastreables eran todos católicos. Hitchcock contó a la periodista Charlotte Chandler que la fecha de su nacimiento fue «uno de los únicos domingos en la vida de mi madre que faltó a la iglesia». Aunque en Leytonstone había un mayor porcentaje de católicos que en otros barrios de Londres, se les seguía considerando peculiares, incluso socialmente sospechosos. Según Hitchcock, «el mero hecho de ser católico significaba que eras excéntrico».

En 1910, Hitchcock se matriculó en el St. Ignatius College, un «colegio diurno para jóvenes caballeros» jesuita, donde permaneció hasta los catorce años. Cuando más tarde le preguntaron qué significaba para él una educación católica, respondió: «Me adoctrinaron en una actitud católica... Ahora tengo una conciencia con muchas pruebas sobre las creencias». De los jesuitas, dijo, aprendió «la conciencia del bien y del mal, de que ambos están siempre conmigo».

La educación católica del director le acompañó durante toda su vida, tanto en Inglaterra como en Estados Unidos. La asistencia regular a misa en su juventud y madurez, la conversión de Alma Reville cuando se convirtió en la Sra. Hitchcock, la educación católica de su hija Patricia (que se casó con el sobrino nieto del cardenal de Boston William H. O'Connell). Hubo amistades con sacerdotes y donaciones a diversas organizaciones benéficas católicas. Pero en sus últimos años Hitchcock dejó de asistir a misa y, según su biógrafo Donald Spoto (El lado oscuro del genio), rechazó la sugerencia de que permitiera a un sacerdote católico venir de visita, o celebrar un ritual tranquilo e informal en su casa para su comodidad. Hacía años que no asistía al culto... pero no hacía tanto que había expresado su desconfianza y temor hacia el clero...

«Que no entre ningún cura en el solar [del estudio]», había susurrado al personal de su oficina en el último año. «Todos me persiguen; todos me odian». Tampoco había forma de convencerle de que viera a un clérigo en casa, aunque también allí imaginaba sus presencias.

¿Se sentía este hombre intensamente reservado acosado por sacerdotes reales o imaginarios que, según él, intentaban reivindicarle como artista católico?

Pero esos informes arrojan menos luz sobre el Hitchcock católico que un episodio de su infancia que le encantaba contar. He aquí la versión que contó a Charlotte Chandler:

“Cuando no tenía más de seis años, quizá menos, hice algo que mi padre consideró digno de reprimenda. No recuerdo la transgresión en particular, pero a esa tierna edad, difícilmente podría haber sido una ofensa tan grave.

“Mi padre me envió a la comisaría local con una nota. El policía de guardia la leyó y me condujo por un largo pasillo hasta una celda donde me encerró durante lo que parecieron horas, cuando probablemente fueron cinco minutos. Me dijo: «Esto es lo que hacemos a los niños traviesos».

“Nunca he olvidado esas palabras: ... Todavía oigo el ruido de la puerta de la celda detrás de mí.”

Cuando intento ponerme en la piel de Hitch, de seis años, esta anécdota se convierte en un momento de terror católico. El niño fue acusado de llevar a una comisaría una nota que, presumiblemente, no había leído. De repente se encuentra entre rejas. No hay tiempo para llorar, lloriquear o suplicar, sólo un misterioso y corto paseo y el tintineo de la puerta de la celda tras él. La soledad repentina, la creciente conciencia de abandono, tal vez incluso la versión infantil de la desesperación. Después de cinco minutos que parecían interminables, el alivio de ser liberado, pero también una advertencia con olor a acusación: «Esto es lo que les hacemos a los niños traviesos». ¿Pero cómo he sido yo un niño travieso?

29 DE ABRIL – ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE ALFRED HITCHCOCK II

 


Confusión en torno a la fe de Hitchcock

 

Por Kurt Jensen

 

Para el famoso director Alfred Hitchcock, la premisa ideal para una película de suspense -que utilizó muchas veces- era un hombre acusado injustamente de un crimen. Pensaba que era un miedo con el que todo el mundo podía identificarse.

Nacido en 1899, Hitchcock murió en 1980, mucho antes de la era online. Si aún estuviera en la flor de la vida, probablemente le intrigaría y divertiría observar cómo la cámara de eco de la blogosfera puede producir instantáneamente condenas cuestionables basadas en pruebas escasas; en su caso, la impresión de que sólo encontró la religión, y concretamente el consuelo de la fe católica, al final de su vida.

En un artículo publicado el 7 de diciembre en el Wall Street Journal, titulado «El sorprendente final de Alfred Hitchcock», el padre Mark Henninger, sacerdote jesuita y profesor de filosofía en la Universidad de Georgetown, describe cómo él y otro sacerdote, el padre Tom Sullivan, visitaron a Hitchcock en su casa de Beverly Hills, California, los sábados por la tarde durante las últimas semanas de vida del director. Allí, el padre Sullivan celebraba la misa y escuchaba la confesión de Hitchcock.

Al padre Henninger le impresionó ver a Hitchcock con lágrimas en las mejillas tras recibir la Comunión, y recordó esa imagen como un marcado contraste con el duro retrato del director en la nueva película «Hitchcock». También señala acertadamente que sus experiencias personales con Hitchcock refutan la conclusión de uno de los muchos biógrafos del director, Donald Spoto, que afirmaba que el «maestro del suspense» rechazaba la religión cuando se acercaba la muerte.

«Por qué exactamente Hitchcock le pidió a Tom Sullivan que le visitara no está claro para nosotros y quizás no lo estaba del todo para él», escribió el padre Henninger. «Pero algo susurraba en su corazón, y las visitas respondían a un profundo deseo humano, a una verdadera necesidad humana».

Sin embargo, puede que Hitchcock no necesitara «encontrar» la fe hacia el final de su vida, porque en realidad puede que nunca la perdiera. Ciertamente, pasó su vida en un ambiente católico, empezando por su educación. Uno de sus primos mayores fue sacerdote en Gran Bretaña, y Joseph E. O'Connell, el marido de su hija Pat, es sobrino nieto del cardenal William O'Connell, arzobispo de Boston de 1907 a 1944.

Hitchcock recibió su primera educación en Howrah House, un colegio conventual, y de 1910 a 1913 estuvo matriculado en el St. Ignatius College, un colegio secundario jesuita de Londres.

No solía hablar de su origen católico en las entrevistas. Pero para los cineastas de la generación de Hitchcock, eso habría sido considerado una mala práctica profesional, como tratar de imponer sus creencias políticas personales. Sin embargo, los estudiosos del cine han debatido e intentado analizar su fe durante décadas.

En 1957, los cineastas franceses Eric Rohmer y Claude Chabrol concluyeron que «aunque Hitchcock es católico practicante, no tiene nada de místico ni de prosélito ardiente. Sus obras son de naturaleza profana, y aunque a menudo tratan cuestiones relacionadas con Dios, sus protagonistas no están atenazados por una ansiedad que sea, propiamente hablando, religiosa».

Patrick McGilligan, otro biógrafo, escribió: «El catolicismo impregna sus películas, aunque se trata de un catolicismo salpicado de irreverencia e iconoclasia». Citó una escena de «Los 39 escalones» (1935) en la que las balas eran detenidas por himnarios, y la imagen de Henry Fonda aferrado a un rosario en «El hombre equivocado» (1956).

También señaló que Hitchcock hablaba a menudo de haber adquirido «un fuerte sentido del miedo», una capacidad «para ser realista» y un «poder de razonamiento jesuítico» gracias a su escolarización.

En 1972, un periodista del Catholic Herald de Gran Bretaña señaló: «No hace alarde ni se jacta de su catolicismo, pero al hablar con él, sentí que era muy básico, nacido y criado, aunque no hubiera señales de ello en su obra».

Hitchcock sólo hizo una película abiertamente «católica»: «Yo Confieso», un asesinato misterioso de 1953. Protagonizada por Montgomery Clift en el papel del padre Michael Logan, sacerdote en la ciudad de Quebec, tenía un argumento complicado y no tuvo éxito comercial.

En el guión del novelista católico Paul Tabori, el padre Logan escucha la confesión de Otto Keller (O.E. Hasse), su sacristán. Keller cuenta al sacerdote que cometió un asesinato para encubrir un robo. El padre Logan no puede denunciar el crimen, por supuesto, debido a las circunstancias en las que se enteró de él.

El propio padre Logan es acusado más tarde del asesinato cuando resulta que Keller se disfrazó con una sotana.

Hitchcock se puso serio al hablar de «Yo confieso» con el cineasta francés François Truffaut: «Los católicos sabemos que un sacerdote no puede revelar el secreto del confesionario, pero los protestantes, los ateos y los agnósticos dicen: 'Ridículo'. Ningún hombre callaría y sacrificaría su vida por algo así'».

https://www.catholicherald.com/article/arts/confusion-surrounds-hitchcocks-faith/

 

29 DE ABRIL – ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE ALFRED HITCHCOCK III

 

 


Alfred Hitchcock y el jesuita

 

Por Donald R. McClarey

 

Cuando era niño me encantaba ver Alfred Hitchcock Presents, conocido en sus últimos cuatro años como The Alfred Hitchcock Hour.  Su ingenio socarrón y su macabro sentido del humor me resultaban enormemente atractivos y, sin duda, influyeron en el desarrollo de mi propio sentido del humor.  Hitchcock era católico, aunque algunos han afirmado que se distanció de la fe más tarde en su vida.  El padre Mark Henninger relata en The Wall Street Journal su propio encuentro con Hitchcock poco antes de su muerte.

 

Por aquel entonces, yo era estudiante de filosofía en la UCLA, y era (y sigo siendo) sacerdote jesuita. Un compañero sacerdote, Tom Sullivan, que conocía a Hitchcock, me dijo un jueves que al día siguiente iba a confesarse con él. Tom me preguntó si el sábado por la tarde le acompañaría a celebrar una misa en casa de Hitchcock.

Me quedé estupefacto, pero por supuesto dije que sí. Aquel sábado, cuando encontramos a Hitchcock dormido en el salón, Tom lo sacudió suavemente. Hitchcock se despertó, levantó la vista y besó la mano de Tom, dándole las gracias.

Tom le dijo: «Hitch, éste es Mark Henninger, un joven sacerdote de Cleveland».

«¿Cleveland?» Dijo Hitchcock. «¡Qué vergüenza!»

Después de charlar un rato, todos cruzamos desde el salón a través de un corredor hasta su estudio, y allí, con su mujer, Alma, celebramos una misa en silencio. Frente a mí estaban los volúmenes encuadernados de los guiones de sus películas, «Los pájaros», «Psicosis», «North by Northwest» y otras, una gran distracción. Hitchcock llevaba algún tiempo alejado de la iglesia, y respondía a las respuestas en latín a la antigua usanza. Pero lo más notable fue que, tras recibir la comunión, lloró en silencio, con lágrimas rodando por sus enormes mejillas.

Cualquier sacerdote puede contar cientos de historias similares de personas cercanas a la muerte que abrazan la Fe, o vuelven a ella.  Durante la vida, la mayoría de nosotros adoptamos muchas poses y máscaras a medida que avanzamos en todas las actividades que componen una vida.  Sin embargo, al final nos enfrentamos a la cruda realidad de la muerte y el tiempo de la ilusión cesa mientras nos preparamos para enfrentarnos a la Realidad Última.  Descanse en paz, Sr. Hitchcock, y espero que los ángeles se rían de sus chistes.

 

https://the-american-catholic.com/2024/04/30/66372/

 

GÓMEZ DÁVILA

 



La lealtad es sincera mientras no se cree virtud”.

 

“Nadie debe escribir o pensar sino para sus superiores”.

 

“La civilización no es una sucesión sin fin de inventos, sino la tarea de asegurar la duración de ciertas cosas”.

 

LA VERDAD Y LOS AMIGOS

 


«Que corresponde preferir la verdad a los amigos lo muestra por la razón que sigue. Porque con el que es más amigo ha de tenerse más deferencia. Ahora bien, si somos amigos de la verdad y del hombre, hemos de amar más a la verdad que al hombre, porque a éste debemos amarlo principalmente en razón de la verdad y de la virtud, como dijo Aristóteles en su libro VIII. Pero la verdad es este amigo excelentísimo al que se debe la reverencia del honor, y la verdad es también algo divino pues en Dios se encuentra primero y principalmente. Por eso se concluye que es santo honrar antes a la verdad que a los amigos».

 

SANTO TOMÁS DE AQUINO, In sententia libri ethicorum.