por Charles de Durras
Le
Sel de la terre N° 134
El
sofisma de la «Tradición»
Frente
a la crisis de la modernidad, diferentes reacciones llaman a un retorno a las
«tradiciones».
Pero
no toda tradición es buena. Una tradición o una corriente de tradiciones
arrastra consigo una visión del mundo, una antropología, un pensamiento
político. ¿Rechazar la modernidad por la tradición? ¿Pero por qué tradición? Es
necesario interrogar los fundamentos de ésta.
La
oposición real no es entre la modernidad y la tradición, sino entre la verdad y
el error. No basta, por tanto, con reivindicarse de la tradición para evitar el
error. Ése es el peligro de la Nueva Derecha, falsa solución al problema de la
modernidad, porque su base filosófica participa de esa modernidad.
Qué
es la Nueva Derecha
La
Nueva Derecha es un naturalismo aplicado. ¿Por qué?
La
Nueva Derecha es una nebulosa, como reconoce Alain de Benoist, uno de los
pensadores fundadores del movimiento; es «un conjunto informal (…) de grupos de
estudio, de asociaciones y de revistas, cuya actividad se sitúa exclusivamente
en el terreno cultural¹». La idea inicial es cultivar un pensamiento, una
reflexión cultural y política e influir así en la esfera política sin tomar
parte en ella de manera activa y partidista. El objetivo es, por tanto,
metapolítico; se hablará a este respecto de «gramscismo de derecha», en
referencia a la teoría de la revolución cultural de Gramsci. Éste expone que la
toma del poder debe ser preparada por un trabajo general sobre los espíritus,
mediante los medios de comunicación, la cultura, la educación, y que la cabeza
del Estado cae cuando toda la base está preparada para ese fin. La Nueva Derecha se inspira en esta idea de
batalla cultural.
¿Qué
es lo que constituye la unidad de esta corriente tan diversa? Creemos poder
decir que dos criterios, uno práctico y otro teórico, son la base común de esta
nebulosa.
Revolucionaria
Ante
todo, la Nueva Derecha nace de un rechazo de lo que se puede llamar la vieja
derecha, ya sea católica, monárquica y social, o burguesa, financiera y
liberal, o incluso nacional y securitaria¹. La Nueva Derecha no encaja en esta
clasificación; rechaza el aspecto aburguesado, liberal o incluso conservador de
estas viejas derechas. Rechaza tanto sus métodos como las fidelidades
consideradas anticuadas. No hay que olvidar que estamos a la salida de la
guerra de Argelia, que permanece para una parte de la derecha como un punto de
referencia. Alain de Benoist y Dominique Venner ven en ella un combate de retaguardia
inútil y estéril. Quieren construir la columna vertebral intelectual de la
derecha del mañana.
Al
rechazar las fidelidades pasadas, la nostalgia en general, ya sea monárquica,
cristiana o colonial, se definen a sí mismos como revolucionarios. Lo son
evidentemente, y la Nueva Derecha conserva una parte de ADN revolucionario por
este rechazo del pasado y la voluntad de imponer un orden nuevo.
Nietzscheana
La
Nueva Derecha se arraiga en una base de pensamiento globalmente nietzscheana.
El pensamiento de Friedrich Nietzsche (1844-1900) conlleva varias
consecuencias, entre las cuales:
–
Un rechazo del cristianismo en general.
–
Un rechazo de la concepción cristiana de la historia en favor de una concepción
cíclica.
–
Un rechazo del liberalismo y del universalismo.
Sin
embargo, se quiere antisistema. ¿No dice Nietzsche: «Desconfío de todos los
sistemáticos y los evito: la voluntad de sistema es una falta de honradez²»?
Hay en Nietzsche una primacía de la vida y de la estética que agrada a esta
corriente y que permite su eclecticismo.
Si
lo bello y el desarrollo de la vida cuentan más que lo verdadero, si el
movimiento mismo es más importante que el ser, se puede aceptar componer, en el
seno de un mismo movimiento, con doctrinas diferentes e incluso
contradictorias.
Es
el romanticismo de la Nueva Derecha. La adhesión a este cuerpo de pensamiento
fragmentado en diversas tendencias depende más de la adhesión del corazón que
de la razón. En Nietzsche la razón no es la facultad primera. Lo que cuenta es
la vida y ese desarrollo exponencial de la vida en el mundo, esa «voluntad de
poder» que también podría definirse como el apetito constante de acrecentarse a
sí mismo.
Es coherente para Nietzsche ser ecléctico, y su incoherencia es fiel a su matriz, como dice Gustave Thibon: «La medida apolínea se une en él a la embriaguez dionisíaca»; y más adelante: «Cada cosa está preñada de su contrario — y todo ello alterna y se mezcla en una ronda en la que hay que participar para percibir su misteriosa armonía¹».

