Enrique
García-Máiquez es el flamante ganador del I Premio de Ensayo ‘Sapientia
Cordis’, convocado por CEU Ediciones, con su ensayo Ejecutoria,
una hidalguía del espíritu. Un libro que está concitando entusiasmos
y en el que García-Máiquez vuelca años de lecturas y pensamientos, Jorge Soley
ha entrevistado al autor para El
Debate de las Ideas:
Estamos ante uno
de esos libros que acompañan al lector a lo largo de su vida, que son
revisitados una y otra vez y que nos atrevemos a decir que tienen vocación de
clásico. Nos sentamos con el autor, rodeados de libros y gintonics, para
charlar sobre esta su última obra.
–Voy a empezar,
Enrique, agradeciéndote (que por otra parte es algo muy propio de la hidalguía)
el que hayas escrito Ejecutoria, que creo que ya es un libro de cabecera y en
el que has volcado miles de lecturas y reflexiones, todas ellas bien
destiladas. Después de un libro así, ¿se puede escribir algo más?
–Pues tu
generosidad, además de hidalga, acierta, como suele hacer la generosidad. Tras
este libro, me asalta una vaga inquietud: «¿Qué escribiré ahora?» Otro ensayo,
diría que no, pues los que se me ocurren los haréis mejor otros. Ojalá poesía,
de nuevo, si las musas me perdonan los devaneos en prosa y me acogen de vuelta.
–Se está hablando
mucho de Ejecutoria, tanto que se puede decir que es el ensayo del
momento. ¿Te esperabas esta recepción? ¿A qué la atribuyes?
–La exageración
también es una exactitud aristocrática, muchas gracias. Una buena recepción
entre los nuestros me la esperaba. Mi miedo es decepcionarlos: no estar a la
altura de la ilusión con que los amigos me preguntaban por este libro. Yo no me
propuse escribir sobre hidalguía: hubiese sido pretencioso, como si tuviese
algún título para ello. Lo he hecho a empujones de peticiones ajenas. Todo
partió del encargo de Nueva Revista para reseñar un libro, Nobleza de espíritu.
Una idea olvidada de Rob Riemen que, aunque no era del todo satisfactorio, sí
daba un pistoletazo de salida. A partir de ahí, cuando me invitaban a
conferencias, yo me ofrecía a hablar de poesía o de conservadurismo o de los
sentidos del humor…, pero preferían mi crítica constructiva a la nobleza de
espíritu, y hasta aquí.
–¿Puede ser que
la gente esté sedienta de algo que dé sentido a su vida?
–Seguro. No
podemos renunciar al señorío, que es la dignidad encarnada, porque es el
proyecto de sentido que cristaliza desde la Edad Media. El ideal de la
caballería es la auténtica paideia cristiana. Es nuestra Odisea y
nuestra Iliada, sin tener que renunciar a Homero, como preciosa
prehistoria.
–Tan importante
es que incluso escribes que ni siquiera el amor es posible sin nobleza de
espíritu.
–Lo escribe
Dostoyevski, nada menos, en El jugador: una pareja de jóvenes que lo tenía todo
para la felicidad y les falló, ay, la nobleza de espíritu. Eso puede estar
pasando hoy entre nosotros. El amor, tal como se concibe en la civilización
occidental, tiene mucho de creación caballeresca. Con deliciosa audacia, Jean
Verdon sostiene que el amor se inventó en el siglo XII, cuando entró en escena
llevado de una mano por la libertad y de la otra mano por la cortesía.
–En una época
como la nuestra, donde todo son estadísticas, encuestas, apelación a las masas,
tu propuesta es una apelación a la persona y a su responsabilidad que rompe por
completo con las propuestas más comunes ahora mismo.
–Los números son
importantes para echar cuentas, pero la aristocracia es una rebelión contra el
imperio de la contabilidad: «We few, we happy few». Y todavía más, esto es,
menos: la afirmación de la individualidad es un imprescindible contrapeso en
una sociedad muy aplastada bajo las tablas excel. La kriptonita de la sociedad
de masas es el viejo lema aristocrático: «Aunque todos, yo no».
–Tu propuesta, no
obstante, no es para unos pocos, sino para todos… pero al mismo tiempo
reconoces que la nobleza de espíritu exige sacrificio. ¿Cómo se conjuga el llegar
a muchos si son pocos los que son capaces de sacrificarse? Aunque, refiriéndote
a Los muchachos de la calle Pál, también hablas de que hay un instinto natural
a la nobleza de espíritu que, si no se reprime, prende en el pecho de los niños
¿Te parece que no solamente como deseo, sino en la realidad, la tuya puede ser
una propuesta que llegue a mucha gente?
–Hay una cita
durmiente en el libro: «Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos». La
llamada es universal —el instinto—, pero la respuesta —el sacrificio— depende
de cada cual. La práctica de la nobleza es tan importante o más que la teoría.
Me irrita de otras propuestas de nobleza de espíritu que se queden en algo muy
de biblioteca, de leer a los clásicos y casi nada más. Me entusiasman las bibliotecas,
pero la hidalguía no es sólo un humanismo. El momento esencial de Don Quijote,
que es por donde empieza la novela, es cuando Alonso Quijano se decide a salir
de su biblioteca en busca de aventuras. Ha estado más de 40 años leyendo y era
imprescindible, pero sólo se eleva a don Quijote al echarse a los caminos de La
Mancha.
La respuesta a tu
pregunta sobre lo inalcanzable del ideal la da el mismo Don Quijote: él es todo
lo contrario a un ideal de perfección. Tampoco lo eran los caballeros artúricos,
que, de hecho, cometen errores, dudan, resultan risibles a menudo o incluso
ridículos. El ideal resulta especialmente hacedero porque no propone la
perfección, sino la aventura inacabable de intentarla.
–Tu propuesta
democratizadora de la nobleza de espíritu hace referencia a Chesterton y su
apelación a ser todos como el duque de Norfolk, no a que el duque de Norfolk
sea como todos. Pero entre nobleza de sangre y nobleza de espíritu,
reconociéndole la importancia a la primera, tiendes a decantar la balanza hacia
la segunda.
–Faltaría más.
Los nobles de sangre fueron y deberían ser los primeros en decantar la balanza
hacia la nobleza de espíritu. Por eso, la búsqueda de la nobleza de espíritu no
puede convertirse en un desprecio por defecto de la nobleza de sangre, como si
hubiese alguna rivalidad entre ambas. La aristocracia heráldica, cuando cumple,
es una de las muchas decantaciones históricas de la nobleza de espíritu, y nos
ha dejado algunos ejemplos bellísimos. Lo decías tú antes, la gratitud es una
actitud hidalga.
–Siguiendo con
Chesterton y sus paradojas, citas aquello suyo de que «lo más excelente y
meritorio es saberse heredero». Meritorio sin hacer nada, o más bien haciendo
algo, que es reconocerse heredero. ¿Está ahí una de las claves de la nobleza de
espíritu?
Absolutamente.
Los españoles tenemos esa palabra maravillosa que es «hidalguía». Lo encierra
todo. La sencillez o la indiferencia, porque el hidalgo puede ser pobre. La
universalidad y la gratitud, porque, con su propio nombre, reconoce que nace de
que uno es hijo, que lo somos todos, y tampoco hijo necesariamente de un
grande, sino de «algo». La némesis del hidalgo sería, en la literatura y en la
historia, el pícaro, pero actualmente el enemigo del hidalgo es el hombre hecho
a sí mismo, ese pícaro postmoderno.
En el hidalgo,
además, hallamos una paradoja muy chestertoniana, que une dos cosas tan
contradictorias como necesarias en la vida: el orgullo y la humildad. Sin
orgullo no se puede vivir en este complicado mundo. Una de las cosas más
bonitas que me han dicho del libro me la escribió por whatsapp un amigo: «Llevo
leídas sólo noventa páginas, pero ya ando más erguido por la calle». Sin
embargo, el orgullo sin humildad es petulancia. El hidalgo es humilde porque se
enorgullece de lo recibido, del mérito ajeno, de la herencia. Quien está en
deuda es más rico que el hombre pagado de sí mismo. Julián Marías dice que los
hidalgos del Greco son hombres orgullosos de su alma, una expresión que también
mezcla orgullo con humildad, porque la valiosísima alma nos ha sido dada.
–Esto tiene que
ver con la idea que recoges de estar a la altura de tus antepasados. También de
los más cercanos, como en esa anécdota del corredor que explica su
comportamiento, el no aprovecharse de una confusión de su rival, con aquello de
«qué pensaría mi madre de mí».
La gesta del
corredor de cross Iván Fernández Anaya en 2012 en Burlada, sacrificando su
victoria, es muy significativa: la hidalguía ofrece la solución a muchísimos
embrollos éticos provocados por el legalismo y el subjetivismo. El corredor no
hubiese contravenido el reglamento ganando la carrera. Pero entonces le viene a
la cabeza lo que hubiese pensado su madre de aquella victoria ventajista y deja
ganar al corredor nigeriano que lo merecía aunque se hubiese confundido de
meta. Yo tengo alumnos en mi Instituto de Enseñanza Secundaria a los que, más
que amenazar con la aplicación de las normas de comportamiento del ROF
(Reglamento de Organización y Funcionamiento), les planteo: «¿Qué haría una
señorita o un caballero?». Y se acabó el problema de convivencia, porque se
sienten interpelados en lo mejor de sí mismos, y no pueden fallarse.
–Recoges el
comentario de Tolstoi de saberse aristócrata por su familia. Tolstoi tenía una
familia de rancio abolengo, pero recoges también lo que escribe Ana Iris Simón
de que es heredera de una raza mítica, algo que en el fondo somos todos (el
feriante ahora es mítico, quién sabe si dentro de varios siglos el oficinista o
el informático también serán míticos). ¿Es por eso que propones que echemos la
mirada hacia nuestro árbol genealógico?
Lo de Tolstoi es
muy divertido y lo de Ana Iris es precioso. Además, su libro Feria es la
demostración de aquella ley contraintuitiva que enunciaba Edmund Burke: sólo la
gente que aprecia a sus antepasados tiene hijos. Ana Iris Simón iba a escribir
un homenaje a sus mayores, pero lo acabó con el deseo sobrevenido y ferviente
de tener un hijo. Si nuestra sociedad fuese más atenta a sus raíces, no
padecería problemas demográficos.
A mirar a nuestros antepasados nos enseña el emperador Marco Aurelio. Era el hombre más poderoso de la tierra, pero, cuando se puso a repasar lo que había heredado de sus antepasados, no dijo «De éste heredé una finca impresionante en Sicilia», sino «de mi abuelo heredé el buen humor». Todos podemos marcarnos un Marco Aurelio: echar la mirada atrás y escoger qué virtudes sencillas, hondas y cotidianas de nuestros mayores llevaremos por bandera y legaremos a nuestros hijos.
