domingo, 9 de agosto de 2026
CHESTERTON Y LOS HIPÓCRITAS
Publicación
de Eduardo B. M. Allegri
No
sólo en nuestras pampas, ya hace tantísimo tiempo que G. K. Chesterton viene
siendo ultrajado por cierta hipocresía conservadora, y no es la primera vez que
un servidor subraya esa hipocresía infame.
Y
esa hipocresía se dice así: Chesterton es útil sólo para cuestiones de moral
sexual y familiar, para el humor y la paradoja, para las historias de
detectives, para asuntos culturales o artísticos, para argumentar desde el
punto de vista de la filosofía realista en términos amplios, y para algunas
cosas religiosas; y cosas así. Y punto. Hasta ahí. No hace falta nada más y en
todo caso hay que dejar de citarlo en otras materias, porque no tiene
relevancia útil su opinión fundada y argumentada sobre cuestiones políticas,
económicas y sociales.
Pero
no por haberlo dicho tantas veces, hay que dejar de acusar de hipócritas a los
conservadores que proceden de ese modo. Porque siguen haciéndolo, y por eso hay
que seguir acusándolos de hipócritas. porque en esos círculos hay un Chesterton
para señoras gordas, descafeinado de lo que huelen como excrecencias
económicas, políticas y sociales, terriblemente corrosivas para esos conservadores,
que se cobijan bajo el ala derecha y conservadora de Gilbert en ciertas
materias y fingen demencia cuando llegan a otras, porque a su sabor suenan
socialistas o de izquierda. con lo que dejan al desnudo en qué sentido pavo, y
muy probablemente artero, son conservadores.
Pero
resulta que esas "otras cosas" que les resultan irrelevantes, o
innombrables, fueron un eje fundamental en la prédica de Chesterton a lo largo
de 40 años, de miles de artículos y ensayos, de novelas, poemas y conferencias
y debates.
Esos
conservadores hacen con esto lo que Borges pretendía hacer con Chesterton en
materia religiosa, cuando lamentaba que metiera en todo sus creencias
cristianas y católicas.
Por eso, dejo una vez más este apunte recordatorio, especialmente para recordar por qué esos hipócritas son hipócritas. y lo cierro con apenas tres citas de Chesterton de unas obras que los hipócritas, si las leyeron, preferirían quemar. pero deberían saber que, si quieren quemar páginas como estas, entonces apenas les quedarían de Chesterton unas cuantas hojas sueltas.
TOMA, LEE
Por JUAN MANUEL DE PRADA
Hay un
pasaje de Las Confesiones de San Agustín que me conmueve muy
hondamente, por la luz retrospectiva que arroja sobre mi vida, y también por
constituir una de las más hermosas invitaciones a la lectura que jamás se hayan
escrito. Se halla en el capítulo XII del libro octavo de esta obra
incomparable, y relata el desenlace de la crisis que atormenta al Santo de
Hipona y su definitiva conversión al cristianismo. Agustín se halla en Milán,
donde ha escuchado las predicaciones de San Ambrosio, y se aloja en casa de su
amigo Alipio. Las meditaciones sobre su estado han desatado en su corazón «una
gran tormenta, cargada con una copiosa lluvia de lágrimas»; entonces Agustín, a
impulsos del pudor, farfulla unas palabras de excusa y se retira «de modo que
ni la presencia de Alipio pudiera servirme de estorbo». En el jardín de la
casa, tendido a la sombra de una higuera, dará rienda suelta a las lágrimas.
Entonces,
mientras el llanto y la amargura lo golpean, Agustín oye, proveniente de una
casa vecina, «una voz como de un niño o una niña que decía canturreando y
repitiendo con frecuencia: Tolle, lege. Tolle, lege». La cantinela («Toma,
lee», «Toma, lee») rescata de su desconsuelo a San Agustín, que cree descubrir
en esa misteriosa voz infantil «una orden divina que me mandaba abrir el libro
y leer lo que encontrase en el primer capítulo que se me ofreciese». Agustín
vuelve a toda prisa a la casa de su amigo Alipio, abre al albur el libro que va
a rectificar su destino (es una recopilación de las epístolas de San Pablo) y
lee en silencio el primer versículo sobre el que se posan sus ojos: «Nada de
comilonas ni borracheras; nada de lujurias ni desenfrenos; nada de querellas y
envidias. Antes bien, revestíos de Jesucristo y no os preocupéis de la carne
para satisfacer sus concupiscencias». El efecto de esa lectura azarosa será
fulminante: «No quise leer más –afirma San Agustín–, ni era necesario. Al
instante, al terminar de leer aquella frase, se disiparon todas las nieblas de
la duda, como si una luz segura se hubiese difundido sobre mi corazón».
Cuando yo
era niño, muchos años antes de leer Las Confesiones, también abría
los libros al buen tuntún, como anhelando encontrar un tesoro diminuto entre el
intrincado bosque de su tipografía, y posaba el dedo índice sobre un renglón
cualquiera, en busca de aliento espiritual, de consejo y de guía. Hacía este
ejercicio con cualquier tipo de libro, sagrado o profano, a veces incluso con
los periódicos atrasados, inquiriéndoles preguntas que abarcaban las infinitas
curiosidades del adolescente, desde las espirituales hasta las amatorias. Esta
consideración del libro como una suerte de zahorí que ilumina nuestra vida, que
nos consuela y escarmienta, que nos enseña e inspira, lo convierte en el objeto
más formidablemente reparador que haya podido concebir el hombre. El libro, en
apariencia inerte y mudo, nos reconforta con su elocuencia, porque entre sus
páginas se esconden revelaciones que nos interpelan y alumbran nuestra vida; y
es esta capacidad suya para dilucidarnos lo que lo convierte en nuestro
interlocutor más valioso.
Y no me
refiero tan sólo a las obras cimeras del genio humano consagradas por el
veredicto de los siglos, sino también a esos otros libros que incorporamos a
nuestra biblioteca sin deliberación, como quien sale al campo y empieza a
recolectar hierbas al buen tuntún, guiándose por una suerte de simpatía
instantánea. Quizá en la lectura de esos libros no hallamos el esplendor de la
rosa, pero a cambio descubrimos en ellos cualidades aisladas que asoman aquí y
allá, como las flores silvestres asoman entre los cardos. Y en esas sorpresas
surgidas a salto de mata, se cifra el placer de la lectura, que nunca nace de
la predisposición estudiada, sino más bien de una imprevista asonancia que nos
conmueve y deslumbra y entabla con nosotros un misterioso vínculo que nos
acompañará para siempre, como una semilla en hibernación.
Con los libros ocurre lo mismo que con los paisajes que habitaron
nuestro pasado: quizá los senderos que acogieron nuestras huellas se hayan
borrado, invadidos por las zarzas y los arbustos, pero basta con que nuestra
mirada se pose sobre las palabras que en otro tiempo hicimos nuestras para que,
entre las ruinas de la memoria, se abra una galería subterránea por la que
atisbamos el latido familiar de aquellas emociones que creíamos abolidas y que,
sin embargo, no se resignan a morir, porque la emoción verdadera, por muchas
paletadas de tierra y olvido que hayamos arrojado sobre ella, siempre alienta
al fondo, dispuesta a convertirse, otra vez, en pasión devoradora.
Toma, lee.
INTERNET Y LOS BUENOS LIBROS: EL REGALO ENVENENADO Y SU ANTÍDOTO
Por
MIGUEL SANMARTÍN FENOLLERA
¿Dónde
está el conocimiento que hemos perdido en la información?
T.
S. Eliot, Coros de «La Roca» (1934)
«Algunos libros son probados, otros devorados, poquísimos masticados y
digeridos».
Francis
Bacon, De los estudios (1597)
EL
REGALO ENVENENADO
Una
de las paradojas de nuestro tiempo es que cada vez conocemos más datos (tenemos
más información), pero a cada paso que damos comprendemos menos (tenemos menos
sabiduría). Como dijo Eliot, la sabiduría se diluye en el conocimiento y el
conocimiento en pura información. Y hoy esa dilución tiene un escenario
privilegiado: Internet, con su promesa de acceso instantáneo a casi todo y su
tendencia, a la vez, a disolver nuestra atención.
Internet
da acceso a una acumulación tal de datos, noticias, informaciones y opiniones
que no hay vida suficiente para abarcarla. De este modo, en lugar de asistir a
un florecimiento de sabios, contemplamos el crecimiento del desinformado: nunca
tantos han poseído más información y se han revelado tan ignorantes. Entrar en
esa biblioteca de Alejandría que es Internet es, a menudo, perderse en la
insustancialidad: la deambulación intelectual, el tráfico obsesivo de datos y
la persecución de lo intrascendente. Cierto que la red ha facilitado
enormemente el acceso a grandes y buenos libros, cursos, bibliotecas y
comunidades lectoras; pero también es cierto que su poder de seducción la
convierte en un regalo envenenado, al afectar a nuestra atención y capacidad de
concentración, incitar a la recompensa inmediata y sumergirnos en un scroll infinito.
Pensadores
como Marshall McLuhan (Comprender los medios de comunicación, 1964), su
discípulo Neil Postman (Tecnópolis: La Rendición de la Cultura a la
Tecnología, 1992), Edward S. Reed (La necesidad de la experiencia,
1996), o Byung-Chul Han (No-cosas: Quiebras del mundo de hoy, 2021), han
advertido de este efecto disolutorio. Divulgadores como Nicholas Carr (Superficiales:
¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes, 2010) alertan de que
herramientas como Google erosionan gravemente nuestra capacidad de pensamiento
profundo. Somos, indiscutiblemente, la cultura de la distracción: el reposo y
la reflexión —el tiempo que antaño se dedicaba a digerir lo aprendido— han
desaparecido bajo la avalancha de datos a los que la red nos conduce con tiránica
suavidad. Pero sin reflexión no hay saber ni sabiduría: en último término, lo
que queda es la nada disfrazada del todo
Esta
manera de proceder de «picaflor» tiene consecuencias: la mente
se fragmenta, la atención se dispersa, y uno se vuelve incapaz de elaborar un
discurso coherente. Como señalaba Jean Baudrillard, la sobredosis de saberes
virtuales nos condena a un limbo que anula el acto mismo de pensar. Leemos todo
el tiempo (titulares, correos, tuits, WhatsApp), pero esa lectura es fugaz e
irreflexiva. Un estudio del University College de Londres afirma que muchos
usuarios han abandonado la lectura tradicional en favor de un rastreo
horizontal y ansioso a través de Internet en busca de recompensas
rápidas; «casi parece que se conectan a la red para evitar la lectura
en el sentido tradicional», concluye lastimosamente.
Porque, no nos engañemos, los hechos no digeridos no constituyen un conocimiento estructurado y, mucho menos, algún tipo de sabiduría; y la distracción y la inconstancia nunca han sido amigas del saber. La sabiduría no es acumular contenidos, sino ordenar lo que sabemos (y lo que deseamos) hacia lo bueno, lo bello y lo verdadero. Y para hacerlo, no solo hay que devorar y tragar la información, sino, como decía Bacon masticarla y digerirla, es decir, tras averiguar primero los hechos –probándolos–, evaluarlos críticamente –tragándolos–, y luego formar una opinión sobre ellos –masticándolos y digiriéndolos–, con la meditación y la reflexión. La pregunta decisiva, por lo tanto, no es cuánta información acumulamos, sino si recuperamos la capacidad de detenernos, contemplar, ordenar y comprender.
ELOGIO DE LA INGENUIDAD
Por ALDO MARIA VALLI
Hay palabras afortunadas y palabras
desafortunadas. Las primeras gozan de buena reputación incluso más allá de sus
méritos (pienso, por ejemplo, en la manoseada solidaridad). Las segundas, por
el contrario, son subestimadas y menospreciadas, y en muchos casos adquieren
una connotación negativa que en realidad no tienen, o tienen solo en parte.
Entre las palabras desafortunadas tengo
una predilección por ingenuo.
En verdad, en la palabra ingenuo hay
mucho más que cierta candidez. Proveniente del latín ingenuus, ingenuo lleva en
sí el noble verbo gignĕre, generar. El ingenuo, al menos etimológicamente, es ante todo el indígena, el
nativo, y por lo tanto aquel que ha nacido libre. Como se ve, una raíz más que
decorosa. Después de eso, también en virtud de este origen suyo, el ingenuo se
convierte en el puro y, en consecuencia, en el franco. No solo eso.
Precisamente porque el ingenuus tiene un vínculo fuerte y directo con su tierra
y con la cultura nativa, es también aquel que mejor que otros custodia el
patrimonio originario, la tradición. En un sentido más amplio, es aquel que
tiene una relación más franca, directa y genuina con la realidad, en todos sus
aspectos.
Pero en este nuestro mundo, en el cual
todos tendemos a conceder la primacía al astuto, al sagaz, a quien sabe ser
doble según las conveniencias, la franqueza es fácilmente vista como un obstáculo,
y no como una virtud. Y así el ingenuo, de puro y franco que era, se convierte
más bien en un inexperto, en alguien que no sabe cómo funciona el mundo. Y,
precisamente por eso, está destinado a terminar mal, inevitablemente aplastado.
He aquí que la tortilla, como sucede a
menudo con las palabras, pero no solo con ellas, ha sido dada vuelta. El noble
ingenuus se ha transformado en un pobre hombre, que podrá ser honesto, pero es
tan simple, más aún, tan simplón, que no consigue desenvolverse en el mundo. Un
incapaz, a decir verdad. En efecto, ¿de qué pueden servir la pureza y la
inocencia de ánimo en un mundo en el cual es necesario abrirse camino jugando
con astucia? ¿Alguien puede realmente sostener que la candidez, la
transparencia, la sencillez, la espontaneidad y la sinceridad sean cualidades
en las que se pueda confiar? ¡Vamos, seamos serios!


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