“Ante nuestros ojos aparecen en lucha dos tradiciones; lejos de conducir el mismo contenido nocional son antagonistas. La una transmite sin disimulo la religión del verdadero Dios, y es la Tradición apostólica, en la cual la tradición primordial está totalmente incluida. La otra, llamada por los neognósticos Tradición primordial, transmite, bajo un disfraz de luz, la religión tenebrosa que quiere ponerse en el lugar de Dios”. (Jean Vaquié, Ocultismo y fe católica: los principales temas gnósticos).

domingo, 9 de agosto de 2026

LA CARA OCULTA DEL RENACIMIENTO: OCULTISMO, MAGIA Y GNOSIS

 

CHESTERTON Y LOS HIPÓCRITAS

 


Publicación de Eduardo B. M. Allegri

 

No sólo en nuestras pampas, ya hace tantísimo tiempo que G. K. Chesterton viene siendo ultrajado por cierta hipocresía conservadora, y no es la primera vez que un servidor subraya esa hipocresía infame.

Y esa hipocresía se dice así: Chesterton es útil sólo para cuestiones de moral sexual y familiar, para el humor y la paradoja, para las historias de detectives, para asuntos culturales o artísticos, para argumentar desde el punto de vista de la filosofía realista en términos amplios, y para algunas cosas religiosas; y cosas así. Y punto. Hasta ahí. No hace falta nada más y en todo caso hay que dejar de citarlo en otras materias, porque no tiene relevancia útil su opinión fundada y argumentada sobre cuestiones políticas, económicas y sociales.

Pero no por haberlo dicho tantas veces, hay que dejar de acusar de hipócritas a los conservadores que proceden de ese modo. Porque siguen haciéndolo, y por eso hay que seguir acusándolos de hipócritas. porque en esos círculos hay un Chesterton para señoras gordas, descafeinado de lo que huelen como excrecencias económicas, políticas y sociales, terriblemente corrosivas para esos conservadores, que se cobijan bajo el ala derecha y conservadora de Gilbert en ciertas materias y fingen demencia cuando llegan a otras, porque a su sabor suenan socialistas o de izquierda. con lo que dejan al desnudo en qué sentido pavo, y muy probablemente artero, son conservadores.

Pero resulta que esas "otras cosas" que les resultan irrelevantes, o innombrables, fueron un eje fundamental en la prédica de Chesterton a lo largo de 40 años, de miles de artículos y ensayos, de novelas, poemas y conferencias y debates.

Esos conservadores hacen con esto lo que Borges pretendía hacer con Chesterton en materia religiosa, cuando lamentaba que metiera en todo sus creencias cristianas y católicas.

Por eso, dejo una vez más este apunte recordatorio, especialmente para recordar por qué esos hipócritas son hipócritas. y lo cierro con apenas tres citas de Chesterton de unas obras que los hipócritas, si las leyeron, preferirían quemar. pero deberían saber que, si quieren quemar páginas como estas, entonces apenas les quedarían de Chesterton unas cuantas hojas sueltas.

TOMA, LEE

 


Por JUAN MANUEL DE PRADA

 

Hay un pasaje de Las Confesiones de San Agustín que me conmueve muy hondamente, por la luz retrospectiva que arroja sobre mi vida, y también por constituir una de las más hermosas invitaciones a la lectura que jamás se hayan escrito. Se halla en el capítulo XII del libro octavo de esta obra incomparable, y relata el desenlace de la crisis que atormenta al Santo de Hipona y su definitiva conversión al cristianismo. Agustín se halla en Milán, donde ha escuchado las predicaciones de San Ambrosio, y se aloja en casa de su amigo Alipio. Las meditaciones sobre su estado han desatado en su corazón «una gran tormenta, cargada con una copiosa lluvia de lágrimas»; entonces Agustín, a impulsos del pudor, farfulla unas palabras de excusa y se retira «de modo que ni la presencia de Alipio pudiera servirme de estorbo». En el jardín de la casa, tendido a la sombra de una higuera, dará rienda suelta a las lágrimas.

Entonces, mientras el llanto y la amargura lo golpean, Agustín oye, proveniente de una casa vecina, «una voz como de un niño o una niña que decía canturreando y repitiendo con frecuencia: Tolle, lege. Tolle, lege». La cantinela («Toma, lee», «Toma, lee») rescata de su desconsuelo a San Agustín, que cree descubrir en esa misteriosa voz infantil «una orden divina que me mandaba abrir el libro y leer lo que encontrase en el primer capítulo que se me ofreciese». Agustín vuelve a toda prisa a la casa de su amigo Alipio, abre al albur el libro que va a rectificar su destino (es una recopilación de las epístolas de San Pablo) y lee en silencio el primer versículo sobre el que se posan sus ojos: «Nada de comilonas ni borracheras; nada de lujurias ni desenfrenos; nada de querellas y envidias. Antes bien, revestíos de Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias». El efecto de esa lectura azarosa será fulminante: «No quise leer más –afirma San Agustín–, ni era necesario. Al instante, al terminar de leer aquella frase, se disiparon todas las nieblas de la duda, como si una luz segura se hubiese difundido sobre mi corazón».

Cuando yo era niño, muchos años antes de leer Las Confesiones, también abría los libros al buen tuntún, como anhelando encontrar un tesoro diminuto entre el intrincado bosque de su tipografía, y posaba el dedo índice sobre un renglón cualquiera, en busca de aliento espiritual, de consejo y de guía. Hacía este ejercicio con cualquier tipo de libro, sagrado o profano, a veces incluso con los periódicos atrasados, inquiriéndoles preguntas que abarcaban las infinitas curiosidades del adolescente, desde las espirituales hasta las amatorias. Esta consideración del libro como una suerte de zahorí que ilumina nuestra vida, que nos consuela y escarmienta, que nos enseña e inspira, lo convierte en el objeto más formidablemente reparador que haya podido concebir el hombre. El libro, en apariencia inerte y mudo, nos reconforta con su elocuencia, porque entre sus páginas se esconden revelaciones que nos interpelan y alumbran nuestra vida; y es esta capacidad suya para dilucidarnos lo que lo convierte en nuestro interlocutor más valioso.

Y no me refiero tan sólo a las obras cimeras del genio humano consagradas por el veredicto de los siglos, sino también a esos otros libros que incorporamos a nuestra biblioteca sin deliberación, como quien sale al campo y empieza a recolectar hierbas al buen tuntún, guiándose por una suerte de simpatía instantánea. Quizá en la lectura de esos libros no hallamos el esplendor de la rosa, pero a cambio descubrimos en ellos cualidades aisladas que asoman aquí y allá, como las flores silvestres asoman entre los cardos. Y en esas sorpresas surgidas a salto de mata, se cifra el placer de la lectura, que nunca nace de la predisposición estudiada, sino más bien de una imprevista asonancia que nos conmueve y deslumbra y entabla con nosotros un misterioso vínculo que nos acompañará para siempre, como una semilla en hibernación.

Con los libros ocurre lo mismo que con los paisajes que habitaron nuestro pasado: quizá los senderos que acogieron nuestras huellas se hayan borrado, invadidos por las zarzas y los arbustos, pero basta con que nuestra mirada se pose sobre las palabras que en otro tiempo hicimos nuestras para que, entre las ruinas de la memoria, se abra una galería subterránea por la que atisbamos el latido familiar de aquellas emociones que creíamos abolidas y que, sin embargo, no se resignan a morir, porque la emoción verdadera, por muchas paletadas de tierra y olvido que hayamos arrojado sobre ella, siempre alienta al fondo, dispuesta a convertirse, otra vez, en pasión devoradora.

Toma, lee.

 

 

INTERNET Y LOS BUENOS LIBROS: EL REGALO ENVENENADO Y SU ANTÍDOTO

 


Por MIGUEL SANMARTÍN FENOLLERA

                                  

 ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en la información? 

T. S. Eliot, Coros de «La Roca» (1934)

          


«Algunos libros son probados, otros devorados, poquísimos masticados y digeridos».

Francis Bacon, De los estudios (1597)

 

 

EL REGALO ENVENENADO

Una de las paradojas de nuestro tiempo es que cada vez conocemos más datos (tenemos más información), pero a cada paso que damos comprendemos menos (tenemos menos sabiduría). Como dijo Eliot, la sabiduría se diluye en el conocimiento y el conocimiento en pura información. Y hoy esa dilución tiene un escenario privilegiado: Internet, con su promesa de acceso instantáneo a casi todo y su tendencia, a la vez, a disolver nuestra atención.

Internet da acceso a una acumulación tal de datos, noticias, informaciones y opiniones que no hay vida suficiente para abarcarla. De este modo, en lugar de asistir a un florecimiento de sabios, contemplamos el crecimiento del desinformado: nunca tantos han poseído más información y se han revelado tan ignorantes. Entrar en esa biblioteca de Alejandría que es Internet es, a menudo, perderse en la insustancialidad: la deambulación intelectual, el tráfico obsesivo de datos y la persecución de lo intrascendente. Cierto que la red ha facilitado enormemente el acceso a grandes y buenos libros, cursos, bibliotecas y comunidades lectoras; pero también es cierto que su poder de seducción la convierte en un regalo envenenado, al afectar a nuestra atención y capacidad de concentración, incitar a la recompensa inmediata y sumergirnos en un scroll infinito.

Pensadores como Marshall McLuhan (Comprender los medios de comunicación, 1964), su discípulo Neil Postman (Tecnópolis: La Rendición de la Cultura a la Tecnología, 1992), Edward S. Reed (La necesidad de la experiencia, 1996), o Byung-Chul Han (No-cosas: Quiebras del mundo de hoy, 2021), han advertido de este efecto disolutorio. Divulgadores como Nicholas Carr (Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes, 2010) alertan de que herramientas como Google erosionan gravemente nuestra capacidad de pensamiento profundo. Somos, indiscutiblemente, la cultura de la distracción: el reposo y la reflexión —el tiempo que antaño se dedicaba a digerir lo aprendido— han desaparecido bajo la avalancha de datos a los que la red nos conduce con tiránica suavidad. Pero sin reflexión no hay saber ni sabiduría: en último término, lo que queda es la nada disfrazada del todo

Esta manera de proceder de «picaflor» tiene consecuencias: la mente se fragmenta, la atención se dispersa, y uno se vuelve incapaz de elaborar un discurso coherente. Como señalaba Jean Baudrillard, la sobredosis de saberes virtuales nos condena a un limbo que anula el acto mismo de pensar. Leemos todo el tiempo (titulares, correos, tuits, WhatsApp), pero esa lectura es fugaz e irreflexiva. Un estudio del University College de Londres afirma que muchos usuarios han abandonado la lectura tradicional en favor de un rastreo horizontal y ansioso a través de Internet en busca de recompensas rápidas; «casi parece que se conectan a la red para evitar la lectura en el sentido tradicional», concluye lastimosamente.

Porque, no nos engañemos, los hechos no digeridos no constituyen un conocimiento estructurado y, mucho menos, algún tipo de sabiduría; y la distracción y la inconstancia nunca han sido amigas del saber. La sabiduría no es acumular contenidos, sino ordenar lo que sabemos (y lo que deseamos) hacia lo bueno, lo bello y lo verdadero. Y para hacerlo, no solo hay que devorar y tragar la información, sino, como decía Bacon masticarla y digerirla, es decir, tras averiguar primero los hechos –probándolos–, evaluarlos críticamente –tragándolos–, y luego formar una opinión sobre ellos –masticándolos y digiriéndolos–, con la meditación y la reflexión. La pregunta decisiva, por lo tanto, no es cuánta información acumulamos, sino si recuperamos la capacidad de detenernos, contemplar, ordenar y comprender.

ELOGIO DE LA INGENUIDAD

 


Por ALDO MARIA VALLI

 

Hay palabras afortunadas y palabras desafortunadas. Las primeras gozan de buena reputación incluso más allá de sus méritos (pienso, por ejemplo, en la manoseada solidaridad). Las segundas, por el contrario, son subestimadas y menospreciadas, y en muchos casos adquieren una connotación negativa que en realidad no tienen, o tienen solo en parte.

Entre las palabras desafortunadas tengo una predilección por ingenuo.

En verdad, en la palabra ingenuo hay mucho más que cierta candidez. Proveniente del latín ingenuus, ingenuo lleva en sí el noble verbo gignĕre, generar. El ingenuo, al menos etimológicamente, es ante todo el indígena, el nativo, y por lo tanto aquel que ha nacido libre. Como se ve, una raíz más que decorosa. Después de eso, también en virtud de este origen suyo, el ingenuo se convierte en el puro y, en consecuencia, en el franco. No solo eso. Precisamente porque el ingenuus tiene un vínculo fuerte y directo con su tierra y con la cultura nativa, es también aquel que mejor que otros custodia el patrimonio originario, la tradición. En un sentido más amplio, es aquel que tiene una relación más franca, directa y genuina con la realidad, en todos sus aspectos.

Pero en este nuestro mundo, en el cual todos tendemos a conceder la primacía al astuto, al sagaz, a quien sabe ser doble según las conveniencias, la franqueza es fácilmente vista como un obstáculo, y no como una virtud. Y así el ingenuo, de puro y franco que era, se convierte más bien en un inexperto, en alguien que no sabe cómo funciona el mundo. Y, precisamente por eso, está destinado a terminar mal, inevitablemente aplastado.

He aquí que la tortilla, como sucede a menudo con las palabras, pero no solo con ellas, ha sido dada vuelta. El noble ingenuus se ha transformado en un pobre hombre, que podrá ser honesto, pero es tan simple, más aún, tan simplón, que no consigue desenvolverse en el mundo. Un incapaz, a decir verdad. En efecto, ¿de qué pueden servir la pureza y la inocencia de ánimo en un mundo en el cual es necesario abrirse camino jugando con astucia? ¿Alguien puede realmente sostener que la candidez, la transparencia, la sencillez, la espontaneidad y la sinceridad sean cualidades en las que se pueda confiar? ¡Vamos, seamos serios!

jueves, 30 de abril de 2026

EL TITANIC Y LA AUTORREALIZACIÓN COMO RELIGIÓN SUSTITUTIVA

 


Por MONS. RICHARD WILLIAMSON

1 de mayo de 1998

Queridos amigos y benefactores:

Hace unos meses se estrenó en los Estados Unidos de América una película que ha resultado ser el mayor éxito de taquilla de todos los tiempos: “Titanic”. La película en sí puede ser poco interesante, pero su éxito debe ser un signo de los tiempos. ¿Qué tiempos? ¡Tiempos que invierten las señales de Dios para hacerlas apuntar exactamente en la dirección opuesta!

El interés central de la película es una historia de amor ficticia ambientada en el drama real del hundimiento del famoso barco Titanic en su viaje inaugural en 1912 de Europa a Nueva York. La historia es bien conocida. Navegando entre icebergs en las aguas del Atlántico Norte, en la tranquila pero oscura noche de primavera del 14 al 15 de abril, este transatlántico —el mayor y más lujoso jamás construido, etiquetado como “insumergible”— a las 23:40 chocó contra un iceberg y a las 2:20 se hundió.

¡Qué lección de vida! En un momento, el Titanic era el orgullo de la tecnología occidental y la gloria de los astilleros del Imperio británico; al momento siguiente se precipitaba en la más completa oscuridad a dos millas hasta el fondo del océano. En un momento, los pasajeros de primera clase a bordo, que representaban la flor y nata de la alta sociedad anglosajona y de las finanzas judías, eran los señores de la creación; al momento siguiente eran como todos los demás, esperando impotentes su destino en medio del océano, con escasas probabilidades de evitar una muerte helada.

De las 2207 almas a bordo cuando el Titanic zarpó, solo 705 sobrevivieron al hundimiento, siendo recogidas en sus botes salvavidas al amanecer. Los chalecos salvavidas salvaron a muchos cientos más de morir ahogados, pero no pudieron sobrevivir mucho tiempo flotando en el océano bajo cero.

¿Y por qué no había suficientes botes salvavidas para todas las almas a bordo? Precisamente porque el palacio flotante era universalmente considerado insumergible. Su enorme casco de acero de doble fondo estaba dividido en 16 compartimentos, cada uno de los cuales podía ser sellado de los demás mediante mamparos estancos, de modo que, incluso si varios se inundaban, el transatlántico aún podía flotar. “Ni Dios mismo podría hundir este barco”, fue la típica jactancia de un marinero de cubierta.

Dios no necesitó hundirlo. Fueron los hombres quienes diseñaron el barco y lo construyeron; hombres quienes lo enviaron por las aguas del norte llenas de icebergs porque esa ruta es, como para los aviones, la más corta entre Europa y Nueva York; hombres quienes hicieron correr al Titanic entre los icebergs para demostrar de lo que era capaz; hombres quienes vieron el iceberg fatal solo a tiempo de girar la proa a babor lo suficiente para que el iceberg rozara y abriera, bajo la línea de flotación, como un abrelatas, cinco de los dieciséis compartimentos delanteros, de forma fatal. Si el transatlántico hubiera chocado de frente contra el iceberg, podría no haberse hundido. Si solo los cuatro compartimentos delanteros hubieran sido perforados, quizá habría seguido a flote. Pero en cuanto los cinco delanteros se inundaron, el barco se inclinó lo suficiente de proa como para que el agua del quinto compartimento pasara por encima del mamparo al sexto, y así sucesivamente, hasta que el barco estaba destinado a hundirse.

Sin embargo, como no más de cinco compartimentos fueron inicialmente dañados por el iceberg, el proceso de hundimiento llevó tiempo. De ahí un drama incomparable —de la vida real— que ha cautivado la imaginación del mundo desde entonces: 2207 almas atrapadas en el transatlántico herido, con solo una minoría teniendo alguna esperanza seria de escapar de una muerte cruel que podían ver acercarse durante dos horas, mientras la proa del gran barco se inclinaba inexorablemente cada vez más en el agua. Finalmente, cuando toda la popa se elevó fuera del agua, la tensión sin precedentes partió el barco en dos. Los dos tercios delanteros se hundieron inmediatamente; el tercio de popa cayó de nuevo por un momento nivelado sobre el agua, solo para inundarse rápidamente, inclinarse hacia adelante hasta quedar vertical y deslizarse a su vez bajo las olas. Todo lo que quedó visible del supuesto orgullo y gloria de la industria occidental fue, además de restos dispersos, un conjunto de botes salvavidas temblorosos y cientos de chalecos salvavidas flotando, gritando al principio, pero enmudeciendo a medida que el frío y la muerte se imponían.

POR QUÉ TANTA GENTE DEVORA BASURA DIGITAL

 



Dr. Mateo Maavak 

 

En un mundo que insiste en embrutecerte,

el acto más rebelde es pensar.

Mateo Maavak

 

La fatiga de los medios y el rechazo de las noticias

La fatiga de los medios es anterior a Internet y es el resultado del agotamiento psicológico provocado por los incesantes flujos de noticias, publicaciones y alertas. Sin embargo, la web potenció este fenómeno, acelerando los patrones observados por un colega cansado hace décadas: “Ya no hay nada nuevo en las noticias.”

La fatiga conduce inevitablemente a la evitación. Un instituto de Reuters descubrió que en 2023, el 39% de las personas encuestadas en todo el mundo generalmente evitaban las noticias, frente al 29% en 2017. En el Reino Unido, dos de cada cinco personas dicen que se sienten “desgastados” por ello.

La participación también está cayendo. Entre 2015 y 2022, las encuestas globales muestran una caída del 20-30% en actividades como compartir, comentar y discutir noticias. Las secciones de comentarios, que alguna vez fueron desordenadas pero vibrantes, en muchos casos se han derrumbado en recriminaciones sin sentido, carentes de seriedad o perspicacia. Esto se debe en parte a otro factor, como lo ilustra la siguiente sección.

Trolls atrincherados

Los trolls ([1]) vienen en varios subtipos: están los inseguros, los auto-validantes, ([2]) los ideólogos y los pistoleros a sueldo. A algunos simplemente se les paga para hundir la conversación – para difamar la fuente, descarrilar el hilo y no dejar nada más que escombros en el cuadro de comentarios. En general, son similares a parásitos implacables que buscan transitar de un huésped tras otro.

EL CIRCO QUE SE RETIRA

 


MILEI O LA METAFÍSICA DE UN PODER QUE NUNCA FUE

 

Por THIAGO BATTITI

En las salas silenciosas del Museo de Bellas Artes de Corrientes reposa una pintura que no es pintura sino admonición. La obra El circo se va del enigmático Benjamín Solari Parravicini —a quien la posteridad ha ungido, con mezcla de fascinación y temor, como el “Nostradamus argentino”— no se deja contemplar sin exigir del espectador un acto interior de rendición.

El sitio Museos de Corrientes describe la escena con sobria precisión: una figura andrógina, abatida, agotada tras la función, rodeada de objetos que reducen lo humano a su caricatura: el reloj que iguala los destinos, el espejo que devuelve la vanidad, la máscara que ya no engaña a nadie.

Mas lo que allí se dice apenas roza lo que allí sucede.

Porque esa figura no descansa: se desploma. No medita: se derrumba. No espera: abdica.

El circo —esa arquitectura de lo ilusorio— se retira. No hay aplausos, no hay despedida, no hay gloria final. Solo queda el actor cuando el teatro se disuelve. Y entonces sobreviene la revelación más terrible: el personaje era el único sostén del hombre.

El arlequín de Parravicini es, en rigor, el símbolo del poder cuando pierde su ficción legitimadora. Ha vivido de la exageración -como bien señala la crítica-, de la deformación, del artificio. Y ahora, en el instante en que el espectáculo concluye, la verdad emerge con una crudeza insoportable.

Nada había detrás.

En esta clave, la obra adquiere una resonancia inquietante al proyectarse sobre la actualidad.

La irrupción de Javier Milei en la escena pública —con su retórica inflamatoria, su gestualidad de ruptura, su vocación de escándalo— ha sido celebrada por algunos como una revolución. Pero toda revolución que se expresa en términos teatrales corre el riesgo de ser, en el fondo, una representación.

El arlequín no gobierna: actúa.

Y cuando el acto termina, la política -que exige sustancia, prudencia, orden- queda desnuda.

La figura de Karina Milei, en este contexto, aparece como el reverso invisible del cuadro: el otro payaso oculto en el dorso de la pintura, dato que el propio portal museístico destaca como un misterio adicional. Dos figuras, dos planos, una misma teatralidad bifronte.

El poder, entonces, no sería sino un juego de máscaras superpuestas.

ALINEAMIENTOS

La pintura se vuelve aún más elocuente cuando se la coloca bajo la luz de los alineamientos contemporáneos.

El acercamiento hacia Israel introduce una dimensión que no puede ser reducida a lo diplomático. Israel es símbolo, es genealogía espiritual, es eje de una historia sagrada que no admite frivolidades.

Y, sin embargo, cuando ese vínculo se instrumentaliza en clave política —cuando se lo invoca como legitimación, como escenografía moral—, corre el riesgo de convertirse en un elemento más del circo.

Por su parte, Estados Unidos representa la cúspide del orden material: poder financiero, tecnológico, militar. Pero también —y esto no es menor— la consagración de una cultura donde la imagen precede a la esencia.

Entre ambos polos -lo sagrado y lo hegemónico- el arlequín argentino intenta sostener su equilibrio. Pero su postura lo traiciona: está vencido.

LECTURA CABALISTICA

Si se permite una lectura más profunda —y Parravicini la permite—, el cuadro puede entenderse como la representación de un desequilibrio en el orden del ser.

El centro (la voluntad, el poder, el juicio) permanece activo —ese objeto rojo que el personaje sostiene con obstinación—. Pero la vertical ha colapsado.

No hay trascendencia. No hay ascenso. No hay eje.

En términos tradicionales: la fuerza (guevurá) ha sido separada de la misericordia (jesed). El resultado no es orden, sino rigidez; no es justicia, sino tensión; no es autoridad, sino simulacro de autoridad.

Parravicini no pintaba cuadros: insinuaba destinos. Su obra -como sus célebres psicografías- se sitúa en ese umbral ambiguo entre arte y revelación.

El circo se va no describe un momento: anuncia un proceso.

El proceso por el cual:

- lo espectacular sustituye a lo verdadero,

- lo gestual suplanta a lo real,

- lo efímero ocupa el lugar de lo permanente.

Y, finalmente, todo se derrumba bajo su propio peso.

No es necesario forzar el símbolo para advertir su dirección.

Cuando el poder se construye sobre representación, su caída no es gradual: es súbita. Como un telón que se desploma.

La historia enseña —con una severidad que los modernos desprecian— que toda autoridad carente de fundamento termina disolviéndose en:

- desorden interno,

- fragmentación social,

- violencia como sustituto de legitimidad,

- y, en no pocos casos, guerra.

El arlequín, sentado, no es un hombre cansado: es una civilización exhausta.

CONCLUSION

No hay condena explícita en la obra. No hay dedo acusador. No hay sentencia.

Solo hay una escena.

Pero esa escena contiene, como en los frescos medievales, una enseñanza: el poder que no se funda en la verdad no cae, se evapora.

Y cuando se evapora, deja tras de sí algo peor que el fracaso: la evidencia de que nunca fue.

El circo se va.

Y lo que queda no es el espectáculo, sino el juicio.

 

https://www.laprensa.com.ar/El-circo-que-se-retira-570925.note.aspx

 

LAS LETRAS DE PINK FLOYD REVELAN EL GRITO DE AUXILIO DE LOS JÓVENES

 




Por MONS. RICHARD WILLIAMSON
1 de enero de 1997

 

Estimados amigos y benefactores:

Uno se acostumbra a todo, pero aun así la música de los jóvenes en la sociedad occidental moderna es la campana de alarma que resuena contra la pared. En caso de que algunos lectores estén cómodamente dormidos, que sean despertados bruscamente por unos momentos de estudio de un álbum clásico de “rock”, para que en este mes de la Sagrada Familia podamos reflexionar sobre lo que los padres católicos deberían hacer.

El álbum de rock en cuestión, The Wall de Pink Floyd, apareció en 1979. Causó bastante revuelo en su momento, incluso alcanzando una especie de estatus de culto. El grupo Pink Floyd sigue siendo bien conocido, realizando giras de conciertos casi 20 años después, y temas de The Wall todavía se reproducen regularmente en la radio de rock. Así, The Wall ha alcanzado el estatus de clásico entre treinta años de álbumes de rock.

Lo que aquí nos interesa son las palabras del álbum, que se ponen a disposición con los discos compactos. En cuanto a la música, me parece que no es salvaje, aunque irrumpe en un ritmo fuerte a intervalos regulares. Sobre todo, sirve bien a las palabras, lo cual es lo que cabría esperar de un “clásico”: estos músicos tienen un mensaje, y su música lo transmite. Como ocurre —de lo sublime a lo ridículo— con el canto llano, la polifonía, Wagner o Frank Sinatra, las palabras inspiran la música y la música se une a las palabras.

Por eso, incluso si fuera cierto que la mayoría de los aficionados de Pink Floyd (o del rock en general) escuchan la música sin prestar atención a las palabras —no creo que sea cierto, pero incluso si lo fuera—, aun así las palabras son de importancia central, porque son lo que inspiró la música que llega a estos jóvenes. Dime qué música te gusta y te diré quién eres. Dime las palabras propuestas y te diré la música que las acompaña.

Tampoco pueden los adultos excusarse de tomar en serio las palabras de, por ejemplo, Pink Floyd, alegando que estos músicos simplemente hacen el tipo de música que gana mucho dinero. Por supuesto, el rock puede convertir a sus estrellas en millonarios, pero el dinero nunca es la explicación última, pues la cuestión simplemente se desplaza un paso más atrás: ¿por qué este tipo de música y no otro genera tanto dinero? Respuesta: porque “da en el blanco”, satisface una necesidad.

Tampoco pueden los adultos eludir la acusación que el rock les arroja a la cara diciendo que hábiles representantes como Brian Epstein de los Beatles ven una oportunidad para explotar, y simplemente crean el tipo de música para explotarla. Pues, en efecto, los músicos son creadores, y a lo largo de la historia han creado nuevos tipos de música. Pero no crean en el vacío. Lo que crean está en gran medida modelado por lo que perciben en su audiencia. Brian Epstein no creó a los Beatles de la nada, sino a partir de las vibraciones que captaba de la juventud británica a principios de la década de 1960, y es porque interpretó correctamente esas vibraciones que los Beatles alcanzaron tal fama y riqueza.

DIRECTOR WOKE DE AVATAR ¡CREE! QUE SU PELÍCULA VA A SALVAR A LA HUMANIDAD

 


El narcisista Cameron tuvo su –hasta hace poco- gran panegirista en el teórico del cine Ángel Faretta, que no supo quedarse atrás en su egolatría, declarando nomás al inicio de su primer libro de cine editado, “El concepto del cine”, lo siguiente:

“Como la publicación completa de nuestra Teoría del cine se viene postergando por diferentes razones, es por ello que hemos intentado resumirla en un pequeño volumen, a manera de un epítome, para sintetizar, adelantándolas, muchas de las conclusiones a las que fuimos llegando a lo largo de los años. Nos adelantamos también a cumplir con el pedido de algunos —pocos— amigos y discípulos que deseaban tener, desde bastante tiempo atrás, siquiera las conclusiones de nuestra teoría. El que ahora intentemos cumplir con los requerimientos de tales no quiere decir, ni remotamente, que hayamos caído en la ilusión de la influencia que este escrito pueda tener en cuanto a la tendencia y dirección que las cosas van tomando en el mundo, o que pueda contribuir en alguna medida a modificar tal dirección. Lejos de ello. Si pudiera entenderse lo que aquí se plantea estarían dadas simétricamente las condiciones de su modificación.”