martes, 18 de noviembre de 2025
miércoles, 22 de octubre de 2025
EL EQUÍVOCO GUENONIANO
Por DON CURZIO NITOGLIA
“Tradición”
espuria guenoniana
René Guénon († 1951) puso de relieve, criticándola,
la crisis del mundo moderno y revalorizó la Tradición. Pero ¿cuál es la
Tradición a la que él se remite y qué aspecto de la Modernidad ha criticado en
sus obras?
La Tradición guenoniana no es la Tradición
apostólica, sino la “Tradición primordial”, es decir, un conocimiento (gnosis)
iniciático/esotérico, autosalvífico e incluso autodivinizado mediante el solo
conocimiento (gnosis) del iniciado en la escuela de un maestro (gurú) o un
sabio (elegido).
La iniciación guenoniana es activa y se adquiere
naturalmente por parte del iniciado mediante la gnosis o conocimiento
esotérico; ella es profundamente diferente de la Mística cristiana, que es
pasiva —aunque luego se deba corresponder a ella—, sobrenatural e infundida por
el Espíritu Santo en el alma del justo.
Guénon
filomasón cabalista anticristiano
En Occidente, según Guénon, la única fuerza capaz
de transmitir la Tradición primordial sería la Masonería especulativa y
mística, es decir, cabalística (dado que la filosofía esotérica de la Masonería
es la cábala judía), y ya no lo sería la Iglesia católica, que habría perdido
desde los primeros siglos la verdadera Tradición esotérica.
Sin embargo, paradójicamente (aunque no tanto),
según los guenonianos la habría reencontrado con los Decretos pastorales del
Concilio Vaticano II Nostra aetate y Unitatis redintegratio, que
propugnan el pan-ecumenismo o la unidad trascendente de todas las religiones,
tan deseada por Guénon y por Schuon.
En Oriente, para Guénon, la filosofía hindú sería aún más perfectamente transmisora de la Tradición primordial que la Masonería cabalística en Occidente. Ahora bien, el hinduismo y el budismo son una filosofía nihilista fundada en la nada, que prefigura el Nihilismo filosófico de la posmodernidad en Nietzsche, la Escuela de Frankfurt y el Estructuralismo francés, que nos ha llevado al cumplimiento y al empeoramiento de la Modernidad, es decir, al paroxismo ultramoderno y posmoderno que estalló en toda su virulencia con el 68.
Pero ¿cómo se puede criticar la crisis de la Modernidad intentando curarla con
la posmodernidad, que es ultramoderna? ¿Acaso se puede curar un resfriado con
una pulmonía? ¿Y una pulmonía con un cáncer de pulmón?
La Tradición primordial es llamada por Guénon también
“metafísica”, es decir, por encima (metà) del mundo material (tà
physiká).
Sin embargo, la metafísica guenoniana no tiene nada
que ver con la platónica, aristotélica y tomista.
De hecho, ella está más allá, por encima no tanto del mundo físico, cuanto sobre todo de la Religión revelada y positiva, especialmente de la católico-romana, que para Guénon sería una Tradición desviada.
EL OCULTISMO, AGENTE PRECURSOR DEL ECUMENISMO: DEL DIÁCONO CONSTANT A TEILHARD DE CHARDIN
por CHRISTIAN LAGRAVE
Le Sel de la terre n.º 50
Otoño de 2004, pp. 125-146.
Este estudio se inscribe dentro de una perspectiva
histórica como la expuesta por Jean-Claude Lozac’hmeur en sus dos obras
fundamentales. La primera demuestra que la masonería es la forma moderna
adoptada por una religión dualista muy antigua, la cual opone a un dios
pretendidamente tiránico (el Dios de la Biblia) un dios supuestamente emancipador
y amigo de los hombres, simbolizado por la serpiente [1]; la segunda explica
cómo los adeptos de este culto ejercen, desde el Renacimiento, a través de
organizaciones multiformes y más o menos secretas, una acción continua y
profunda cuyo fin es el establecimiento de un Estado totalitario universal bajo
la forma de una teocracia colectivista [2].
El éxito de su plan supone que se realicen
simultáneamente, por una parte, la disolución de las naciones en provecho de un
gobierno mundial, y por otra, la fusión de todas las religiones en una sola,
bajo una autoridad espiritual única cuyo carácter luciferino —primero oculto
bajo el velo de los símbolos— debe revelarse poco a poco para culminar en el
culto público y casi universal del demonio. Este será el reino efímero del
Anticristo. Estas dos maniobras de unificación de las naciones y de las
religiones están en curso; incluso se hallan bastante avanzadas: la primera es
el mundialismo, la segunda el ecumenismo.
Intentaremos mostrar que, en buena parte, el movimiento
ecuménico contemporáneo ha sido inspirado por las tesis del esotero-ocultismo,
vehiculadas por el “cristianismo romántico”, que fue a su vez fruto del
ocultismo del siglo XVIII (como lo demostró la obra clásica de Auguste Viatte, Les
Sources occultes du Romantisme); este seudo-cristianismo inspiró el
esoterismo de fines del siglo XIX, el cual influyó profundamente en dos de los
padres espirituales del Concilio Vaticano II: Marc Sangnier y Teilhard de
Chardin.
Nos detendremos particularmente en un personaje
clave, que constituye de algún modo el vínculo entre el cristianismo romántico
—en el que transcurrió su juventud— y el esoterismo de fin de siglo, al que
contribuyó ampliamente a suscitar: el diácono apóstata Alphonse-Louis Constant,
conocido como Éliphas Lévi.
El
esotero-ocultismo
Los términos
“esoterismo” y “ocultismo”
Según Jean-Pierre Laurant [3], el sustantivo
“esoterismo” apareció en 1828, bajo la pluma del historiador de la gnosis
Jacques Matter (1791-1864), en su Histoire critique du gnosticisme. Pero
el adjetivo “esotérico” había sido utilizado ya en 1742 por un masón,
Louis-François de La Tierce, caballero protestante francés, establecido en
Inglaterra y luego en Alemania, y autor de Histoire, Obligations et Statuts
de la Très Vénérable Confraternité des Francs-Maçons, Fráncfort, 1742; en
esta obra, “oponía dos clases de doctrinas: la exotérica, de la cual se podía
hablar en público, y la esotérica, reservada al secreto de las logias [4]”. Los
masones hicieron rápidamente un gran uso de este neologismo:
El fundador del rito de Memphis, Jacques-Étienne
Marconis de Nègre (1795-1868), presentó en L’Hiérophante, développements
complets des mystères maçonniques (1839) al conjunto de la masonería como
un esoterismo heredero directo de los misterios pitagóricos. Una concepción
semejante puede verse en el clásico de F. T. Bègue-Clavel, Histoire
pittoresque de la franc-maçonnerie, París, Pagnerre, 1843, al comienzo del
cap. I [5].
En cuanto al ocultismo, si la noción probablemente
proviene del De occulta philosophia, enciclopedia de magia publicada en
1533 en Alemania por el médico y cabalista Henricus Cornelius Agrippa
(1486-1535), el término parece haber aparecido hacia comienzos de la monarquía
de Julio, pues figura en 1842 en el Dictionnaire des mots nouveaux de
Richard de Radonvilliers; sería adoptado y difundido en 1856 por Alphonse-Louis
Constant en su obra Dogme et rituel de la haute magie, firmada con el
seudónimo de Éliphas Lévi.
La historia de estos dos términos aparece, pues,
íntimamente ligada a la gnosis, a la masonería y a la magia. Pero ¿qué
realidades designan?
El
esoterismo
El esoterismo pretende fundarse en la existencia de una “Tradición primordial” que habría sido dada a los hombres desde los orígenes bajo una forma velada, de modo que sólo una élite pudiera acceder a ella. El esoterismo propone dar acceso a esas verdades ocultas por medio de una revelación, una “iniciación”, que es como un “despertar”, un segundo nacimiento. El conocimiento que procura es iluminativo e intuitivo; esta iluminación gnóstica por medio del conocimiento produce una especie de éxtasis que imita al de los místicos cristianos. Como lo expresa muy bien el Padre Barbier, el esoterismo postula la existencia de una tradición secreta, la conservación de una enseñanza reservada únicamente a los iniciados, la cual se habría perpetuado desde la antigüedad a través de los siglos; que el mismo Jesucristo la habría recibido y comunicado a algunos de sus discípulos para que fuera guardada con igual cuidado en el seno del cristianismo, y que, desfigurada o traicionada por la Iglesia, habría sido fielmente conservada por las sectas ocultas, cuya cadena ininterrumpida se remontaría a los orígenes mismos del cristianismo.
AMADO GILBERT
Por Juan Manuel de Prada
Aunque
reeditado con profusión durante los últimos años, Gilbert Keith Chesterton
sigue corriendo el riesgo de ser un escritor malinterpretado. Pues el rescate
'literario' que de él se ha hecho es en gran medida el que conviene a la
curiosidad diletante del mundo, que nos presenta a un Chesterton devoto de las
formas más juguetonas y paradójicas de la inteligencia, clarividente biógrafo
de literatos insignes, rendido admirador de las intrigas detectivescas; y,
mientras se exalta a este Chesterton exquisitamente hemipléjico, se nos
escamotea al paladín de la ortodoxia, al polemista moral, al refutador
incansable de todas las herejías modernas, al divulgador gozosamente empeñado
en enseñar el catecismo a los hombres de su generación. A Chesterton no
conviene leerlo en 'antologías' que con frecuencia lo desfiguran, sino en las
obras íntegras que entregó a la imprenta.
En
una época en la que triunfaban el modernismo religioso, el positivismo, el
darwinismo y tantas otras filosofías falsas, en volandas siempre de una visión
'progresista' del hombre y de la historia, Chesterton ataca la idea misma de
progreso, que con la excusa de elevar al hombre lo impulsa hacia un vacío sin
asideros. «Quizá sería injusto –escribió Chesterton– decir que el hombre
moderno sólo trata de pensar; o, en otras palabras, que sólo hace un esfuerzo
desesperado por pensar. Pero sería cierto decir que el hombre moderno, con
frecuencia, sólo ensaya o intenta llegar a una conclusión. En cambio, el hombre
medieval creía que no merecía la pena pensar si no podía llegar a una
conclusión». ¿No está lanzando Chesterton aquí, en unas pocas líneas, una
refutación completa de todo el pensamiento moderno, cuya principal aspiración
es arrebatar al hombre todas las certezas y arrojarlo a un mar de dudas? En
Chesterton es constante el esfuerzo por mostrar al lector que toda filosofía
que carece de tesis es puro diletantismo, o un mero intento de arrojar al
hombre hacia el caos. Y también es constante su afán por demostrar que la
recuperación de la tradición no es, como pretende el moderno, la vuelta a un
pasado de oscurantismo, sino el único modo de aclarar nuestro futuro: «La
verdadera objeción a ciertas novedades no es la novedad –escribe–. Se trata de
algo que la mayoría de la gente no asocia con la novedad, sino más bien con lo
que podría llamarse estrechez. Algo que hace fijarse la mente a una moda hasta
olvidarse de que es una moda. Y esa clase de novedad estrecha la mente no sólo
por hacerla olvidar el pasado, sino también por hacerla olvidar el futuro».
Chesterton
insistió mucho en esta cuestión: para salvarse, al hombre no le bastará con
bajarse del tren del progreso, sino que tendrá que darse la vuelta, hasta
llegar a la encrucijada donde tomó el camino errado. Esa fortaleza para
desandar el camino errado la halló Chesterton en la tradición católica, que le
mostró el modo de iluminar el futuro con una luz traída del pasado. Pretender
que el pasado sea un páramo de barbarie, como pretende la modernidad, es una
falacia semejante a la del hombre «que dijera al amanecer que, si estaba más
oscuro cuatro horas antes, tendría que estar todavía más oscuro catorce horas
antes», ignorando que esas catorce horas lo devolverían al día anterior, en el
que lució un sol radiante. Chesterton sabe que las modas son un aborto y una
falsificación de la costumbre; y se enfrenta a las filosofías falsas que
triunfaban en su época (versiones medrosas y germinales de las que hoy se han
hecho hegemónicas) con la certeza de que los hombres terminarían abjurando de
ellas, porque cuando los hombres han hecho cosas realmente dignas han deseado
siempre que perduren. Y, para que algo perdure, tiene que afianzar al hombre en
la búsqueda de sentido, no arrojarlo al extravío y el desconcierto, como hacen
siempre las filosofías falsas, después de embriagarlo con vinos que después le
dejan una pésima resaca.
Claro
que, para desmontar el trampantojo de las filosofías falsas, Chesterton sabe
que los hombres tienen que recuperar antes su capacidad para espantarse de las
monstruosidades morales. «La gente sencilla no siente horror por las
monstruosidades físicas, así como la gente culta no lo siente por las
monstruosidades morales». No habrá restauración del bien, de la verdad, de la
belleza, mientras nos siga pastoreando esa 'gente culta' que nos 'liberó' del
cristianismo. «Y, al liberarnos del cristianismo –concluye Chesterton–, nos
hemos liberado de la libertad. Ahora no podemos volver a un humorismo meramente
pagano, pues el nuevo paganismo es cualquier cosa menos humorístico». Tenías
toda la razón del mundo, amado Gilbert, y la sigues teniendo.
EL GRAN PROFETA DE LA ADMIRACIÓN
Por Bruno Moreno
Mis lectores sin duda
conocerán bien los libros del genial G.K. Chesterton (y, si no
los conocen, no se qué hacen perdiendo el tiempo en este blog en vez de leerle
a él). Aparte de esos justamente célebres libros, escribió también muchos
poemas, que suelen ser menos conocidos (con excepción del dedicado a la batalla
de Lepanto).
Ayer releí una
de sus breves poesías juveniles, escrita antes de su conversión al cristianismo,
en la que ya se manifiesta una fascinación por la figura de Jesucristo y
por la fe católica que duraría toda su vida:
En
Oriente vivió un hombre hace siglos
y ahora yo no puedo contemplar una oveja o un gorrión,
un lirio, un trigal, un cuervo o una puesta de sol,
una viña o una montaña, sin pensar en él;
si eso no es ser divino, ¿qué es lo que es?
Son versos muy
sencillos, pero que muestran, ante todo, la inmensa influencia de
Cristo en todos los siglos posteriores. Un agnóstico victoriano, como era
entonces Chesterton, entendía inconscientemente el mundo a través de un
cristianismo en el que todavía no creía. Es imposible entender los últimos dos
milenios (y, en realidad, también los milenios anteriores) sin conocer la fe
católica y su poderosísimo influjo en las mentes y los corazones de los
hombres.
Jesucristo no es uno más
entre los innumerables personajes históricos, sino que verdaderamente partió
la historia en dos, porque es su centro. Cosas tan simples y cotidianas
como un gorrión, una oveja o una viña quedaron transformadas para siempre por
sus palabras, que les dieron un significado eterno. O, mejor dicho, revelaron
la capacidad que tienen todas las criaturas de reflejar la gloria de Dios y
servir obedientemente a sus designios.
Las ovejas no
existen por casualidades evolutivas, sino para que un día Él pudiera hablarnos
de una oveja perdida y cada uno de nosotros descubriera, asombrado, que esa
oveja lleva su nombre. Un gorrión insignificante, que vemos
pero no miramos porque no llama nuestra atención, es, si abrimos bien los ojos,
un himno a la divina Providencia, al amor cariñoso y protector que Dios me
tiene a mí en concreto. El trigo con el que la humanidad ha
hecho pan durante milenios para alimentarse estaba destinado a saciar,
milagrosamente, un hambre mucho más profunda que solo el verdadero Pan del
cielo puede satisfacer.
En realidad, no hay nada
profano, nada “neutral” con respecto a Dios, nada puramente mundano, nada
casual. Todas las cosas nos hablan de Él. Todas. La creación entera
nos habla constantemente de Dios Padre, de su Hijo Jesucristo y del Espíritu
Santo. La belleza de las cosas es reflejo de la Belleza de Cristo, su riqueza
es signo de la inagotable generosidad divina, la inmensidad del universo no
hace más que balbucear la infinitamente más inmensa inmensidad de Dios, el ser
de todo lo que existe está apoyado en el mismo ipsum esse subsistens como
la oveja perdida en el Buen Pastor y todas las cosas cantan sin cesar un himno
de gloria al que las creó.
Chesterton llegó a la fe
abriendo los ojos para ver de verdad lo que todos tenemos delante de nuestras
narices, pero ya no lo vemos, sea por rutina, ideologías, preocupaciones
mundanas o la ceguera de los vicios. Es el gran profeta de la
admiración, que gritó al mundo: abrid los ojos como si fuerais niños de
nuevo, admiraos de lo que veis y, para vuestra sorpresa, encontraréis que todo
os habla de Él.
Final del formulario
CHESTERTON SEGÚN GRAMSCI
Por
Antonio Gramsci
Prisión
de Turín, 6 de octubre de 1930.
Querida
Tania,
Me
alegró la visita de Charles. Me dijo que te has recuperado bien, pero me
gustaría tener noticias más precisas de su salud. Gracias por todo lo que me
has enviado. No me han dado aún los dos libros: la bibliografía fascista y los
relatos de Chesterton que leeré con ganas por dos razones. En primer lugar,
porque creo que serán tan interesantes como los de la primera serie y también
porque voy a tratar de imaginar la impresión que deben de haberte causado. Te
confieso que encontraré en esto un placer extremo. Me acuerdo con precisión de
tu estado de ánimo al leer la primera serie: tenías una feliz disposición a
recibir las impresiones más inmediatas y menos complicadas. Por otra parte, no
habías logrado darte cuenta de que Chesterton ha escrito una fina caricatura de
las novelas de detectives propiamente dichas. El Padre Brown es un católico que
se burla de la manera de pensar mecánica de los protestantes y el libro es
esencialmente una apología de la Iglesia romana frente a la Iglesia Anglicana.
Sherlock Holmes es el policía protestante que descubre hablando desde el
exterior, basándose en la ciencia, en el método experimental, en la inducción.
El Padre Brown es el sacerdote católico que, a través de las refinadas
experiencias psicológicas suministradas por la confesión y los trabajos de
casuística de los sacerdotes, y sin embargo sin olvidar la ciencia y la
experiencia, pero basándose sobre todo en la deducción y la introspección,
derrota a Sherlock Holmes de forma evidente, haciéndolo aparecer como un niño
pequeño pretencioso, mostrando toda su estrechez y mezquindad. Por otra parte,
Chesterton es un gran artista, mientras que Conan Doyle era un escritor
mediocre, a pesar de que le nombraron baronet por sus méritos literarios; hay
en Chesterton una distinción a establecer entre el contenido, la intriga
policial y la forma, y también en la materia tratada encontramos una sutil
ironía que hace las historias más deliciosas. ¿Qué piensas tú? Recuerdo que
leías estas historias como si fueran hechos reales y que las hacías tuyas hasta
el punto de expresar tu admiración por el Padre Brown y su maravillosa
delicadeza con una ingenuidad que me divertía mucho. No te ofendas por esto,
pues en mi placer había un punto de envidia por tu capacidad de recibir
impresiones frescas y puras.
Te
beso… con cariño.
Antonio.
[Antonio
Gramsci. Cartas de la cárcel.]
CHESTERTON
POR
JUAN LUIS GALLARDO
19.01.2023
Que
yo sepa, el único argentino que vio personalmente a Gilbert K. Chesterton fue
el Padre Leonardo Castellani. Ello ocurrió cuando el sacerdote subía por
la escalinata central de la Basílica de San Pedro y alguien lo señaló diciendo
aproximadamente: ``Ese que va ahí es el escritor más importante del pensamiento
católico actual''.
Delante
de Castellani ascendía la escalinata un hombre inmenso, de revuelta melena
blanca y bigote hirsuto que iba del brazo de una mujer pequeña, que resultaría
ser su esposa .
Y
quien informaba a Castellani no se equivocaba pues, casi con
seguridad. Gilbert ha sido el más destacado hombre de letras del
pensamiento católico contemporáneo.
No
analizaré aquí su obra literaria, pues hacerlo requeriría contar con un
espacio muy superior al de una escueta nota periodística. Me reduciré a
destacar las formidables aventuras del Padre Brown y su eterno rival, el ladrón
francés Flambeau. Aunque, desde luego, la obra de Chesterton incluya materias
mucho más serias.
Chesterton
amaba su país, Inglaterra, particularmente bajo sus facetas más populares. Sus
personajes suelen ser gente del pueblo inglés, amigos de los refranes y
bebedores de cerveza. Como Chesterton. Sublima los paisajes británicos,
describiendo atardeceres rojizos, bosques sombríos, estrechas callejuelas.
Y
se lo puede considerar el Emperador de la Paradoja.
Era
amigo y enemigo de Bernard Shaw. Amigo porque mantenía con él una relación
cordial. Enemigo porque las ideas de uno y otro discrepaban totalmente.
Un
par de anécdotas para cerrar esta nota. Cuando inició su viaje de luna de miel
compró un revólver, por si tenía que defender el honor de su mujer.
Segunda
anécdota: Chesterton era muy despistado y frecuentemente, se veía precisado a
enviar un telegrama a su mujer diciendo: ``Estoy en tal parte. ¿Dónde debería
estar?''.
Lo
más frecuente era que su mujer le respondiera por la misma vía: No te
preocupes, regresa a casa.
¡Qué
no daría para conseguir que el pensamiento católico de nuestros días contara
con una figura del calibre de don Gilbert!
https://www.laprensa.com.ar/525032-Chesterton.note.aspx
viernes, 17 de octubre de 2025
GNOSIS Y GNOSTICISMO O POR QUÉ NO PUEDE HABER UNA VERDADERA «GNOSIS CRISTIANA»
Por ALAIN PASCAL
Cap. II del libro LA PRÉ-KABBALE. LA GUERRE DES GNOSES. LES ÉSOTÉRISMES CONTRE LA TRADITION CHRÉTIENNE.
Éditions des Cimes, 2016.
La ambigüedad del término «gnosis»
Un poco de semántica para evitar
discusiones inútiles.
La palabra «gnosis» [gnose, en
francés] viene del griego «gnosis», conocimiento. La gnosis se define como la
ciencia superior de los misterios de la religión.
Su empleo da lugar a numerosas polémicas.
En efecto, según ciertos autores, la palabra gnosis debería poder emplearse
para todas las religiones, incluido el cristianismo. A la lectura de algunos
Padres de la Iglesia, algunos autores llaman una «gnosis cristiana» [1] que
estiman conforme a la ortodoxia del cristianismo. Esta «gnosis cristiana» sería
interna a la teología (la ciencia de la religión), su conocimiento superior. No
tenemos la competencia para decir si tienen razón o no, pero, porque hay un
gran «pero», resulta que, desde el siglo I, el término gnosis se convierte casi
en el patrimonio exclusivo de los enemigos de la Iglesia. Desde su fundación,
la Iglesia debe combatir las doctrinas de los gnósticos, término que designa a
la vez a herejes cristianos y a no cristianos. Así, san Pablo reprocha a un
judío convertido de Alejandría hacer del cristianismo una gnosis, y en el siglo
II, san Ireneo combate a los gnósticos, etc. De este modo, los términos
«gnosis» y «gnóstico» quedan desacreditados para un católico tradicionalista.
Desde entonces, nos encontramos
frente a un dilema. Podría hablarse de una primera gnosis, interna a la
teología cristiana, que, para un cristiano, o incluso un católico de la
Tradición [2], sería la «verdadera» gnosis, y una segunda gnosis, la de los
gnósticos, que, para un católico siempre, sería la «falsa» gnosis. En este caso
se debe afrontar una confusión del vocabulario, fuente inevitable de una
confusión del pensamiento. Para algunos, la gnosis seguiría siendo una ciencia
interna a la teología cristiana, y quizá tengan razón. Para otros, la gnosis
sería por definición la enemiga de la tradición cristiana, y seguramente tienen
todavía más razón. Los adversarios de la tradición cristiana son efectivamente
los partidarios del gnosticismo, término que designa al conjunto de doctrinas
no conformes con el dogma cristiano, es decir, no conformes con los puntos
fundamentales de la doctrina cristiana, tal como los define la Iglesia. Los
partidarios del gnosticismo pretenden poseer una filosofía secreta y esotérica,
que emane o no de Cristo. El término gnosis significa para ellos la filosofía
superior que contiene todos los conocimientos sagrados[3].
Para
salir de esta confusión del vocabulario, algunos autores han propuesto
diferenciar a los gnósticos de los «gnosticistas». El gnóstico calificaría a
quien sigue la gnosis interna a la teología cristiana; el gnosticista, a quien
sigue la gnosis enemiga de la Iglesia. Solo los gnosticistas serían los adeptos
del gnosticismo. Es una excelente idea. Queda, sin embargo, que, a nuestro parecer,
la sutil distinción entre gnósticos y gnosticistas tiene el gran inconveniente
de perpetuar la confusión. ¿Cómo distinguir en efecto a los gnósticos de los
gnosticistas en la historia, cuando, en los textos que jalonan los dos milenios
y tratan de la cuestión, tal distinción no existe?
Como
la confusión aprovecha a los enemigos de la Iglesia —la utilizan para infiltrar
herejías y subvertir las mentes cristianas—, nosotros elegimos reservar la
palabra gnosis y la designación de gnósticos a aquellos que combaten la
doctrina de la Iglesia. Es una elección que algunos lamentarán, pero que tiene
el mérito de la claridad. Incluso si quizá haya una «gnosis cristiana» —término
que habíamos empleado en La Traición de
los Iniciados, retomándolo de Bossuet — aun cuando pueda haber quizá una
injusticia respecto de ciertos teólogos al rechazar una «verdadera» gnosis
combatida por una «falsa»—, no hablaremos de gnosticistas, sino, como es de uso
corriente, de gnósticos.
Siendo
numerosas y variadas las doctrinas gnósticas, nuestro título evoca desde
entonces la Guerra de las gnosis contra el dogma de la Iglesia. Nuestro libro
pretende trazar las grandes líneas de la guerra —pues se trata de una verdadera
guerra declarada por los gnósticos a la Iglesia. En él tomaremos la defensa del
dogma cristiano combatido por las gnosis y los gnósticos.
La
religión cristiana no es esotérica, sino «exotérica»:
Además de la ventaja de salir de la confusión, nuestra elección de reservar la denominación de gnósticos a los enemigos de la tradición cristiana resulta también de nuestra posición con respecto al esoterismo. Hemos subtitulado La Guerra de las gnosis: Los esoterismos contra la tradición cristiana. Si pretendemos que existe una guerra de los esoterismos contra la tradición cristiana, es indispensable que digamos de antemano por qué no hay un «esoterismo cristiano». Hablar de una gnosis interna a la teología podría en efecto dar a entender que existe un esoterismo cristiano compatible con la ortodoxia, lo cual un defensor de la tradición católica no puede admitir por diversas razones, comenzando por el «exoterismo» de la enseñanza de Cristo. El término exoterismo proviene del lenguaje guenoniano, lo cual desagradará a ciertos tradicionalistas católicos, pero lo empleamos porque nos parece excelente, cualesquiera sean las reservas que un católico pueda tener sobre Guénon. El cristianismo es un exoterismo, diremos incluso el exoterismo por definición, puesto que la Verdad es revelada a todos y no reservada a iniciados. El cristianismo es la Verdad revelada por Jesucristo, Hijo de Dios.
ALGUNAS DEFINICIONES RELATIVAS AL SIMBOLISMO CRISTIANO
Por JEAN VAQUIÉ
No hay duda de que Dios pone ARMONÍA ENTRE LAS DIVERSAS PARTES DE SUS
OBRAS. Y esta armonía Él la pone en el espacio y en el tiempo.
A. En el espacio, Dios ha puesto correspondencias entre la
creación espiritual y la creación material (entre lo visible y lo invisible).
Estas correspondencias entre lo ALTO y lo BAJO son reconocidas por los
autores cristianos que sacan todas las consecuencias didácticas que ellas
contienen.
Estas correspondencias, que están en la naturaleza de las cosas, no
escapan a la gente de la "Contra-Iglesia" que las han inscripto en la
"Tabla de Esmeralda": "Lo que está abajo es como lo que está
arriba".
Así pues, las dos escuelas coinciden en el principio de la armonía
universal.
B. En el tiempo, la misma armonía hace que las OBRAS DE DIOS
LLAMEN Y SE RECUERDEN. El "Primer Adán" llama al "Segundo".
Y el "Segundo" recuerda al "Primero", ya que se proclama
"Hijo del Hombre", es decir, "la posteridad de Adán".
En resumen, la creación
física es un reflejo del Creador. Y obtenemos un
primer conocimiento del Creador al observar su reflejo "simbólico" en
las criaturas.
Hasta ahí, las cosas son simples y
el buen simbolismo sólo requiere no confundir al Creador con su reflejo.
Sólo que las cosas se complican
porque la creación real es PROBATORIA, por lo tanto ALEATORIA. La humanidad
libre está destinada a ser juzgada. Ella es puesta a prueba. Cada cosa en la
naturaleza es una enseñanza que puede solicitar al hombre, sea a ascender al
cielo, sea a descender al infierno.
Cada cosa, por lo tanto, tiene un
sentido BENÉFICO y un sentido MALÉFICO. Así es como hay un "león que clama
en el desierto", pero también otro "león quaerens quem devoret". El primero es la figura del profeta
que anuncia al Mesías, el segundo es la figura del demonio.
La ambivalencia de los símbolos se
acentuó con la Caída, que agravó el sentido maléfico de ciertas cosas. Por
ejemplo, algunos animales devinieron dañinos e inmundos, simbolizando los
vicios.
Esta es la regla general. Ella no sería demasiado difícil de aplicar, si fuera absoluta. Por desgracia, esta regla de la Ambivalencia de los símbolos tiene sus EXCEPCIONES.








