Por ALDO MARIA VALLI
Hay palabras afortunadas y palabras
desafortunadas. Las primeras gozan de buena reputación incluso más allá de sus
méritos (pienso, por ejemplo, en la manoseada solidaridad). Las segundas, por
el contrario, son subestimadas y menospreciadas, y en muchos casos adquieren
una connotación negativa que en realidad no tienen, o tienen solo en parte.
Entre las palabras desafortunadas tengo
una predilección por ingenuo.
En verdad, en la palabra ingenuo hay
mucho más que cierta candidez. Proveniente del latín ingenuus, ingenuo lleva en
sí el noble verbo gignĕre, generar. El ingenuo, al menos etimológicamente, es ante todo el indígena, el
nativo, y por lo tanto aquel que ha nacido libre. Como se ve, una raíz más que
decorosa. Después de eso, también en virtud de este origen suyo, el ingenuo se
convierte en el puro y, en consecuencia, en el franco. No solo eso.
Precisamente porque el ingenuus tiene un vínculo fuerte y directo con su tierra
y con la cultura nativa, es también aquel que mejor que otros custodia el
patrimonio originario, la tradición. En un sentido más amplio, es aquel que
tiene una relación más franca, directa y genuina con la realidad, en todos sus
aspectos.
Pero en este nuestro mundo, en el cual
todos tendemos a conceder la primacía al astuto, al sagaz, a quien sabe ser
doble según las conveniencias, la franqueza es fácilmente vista como un obstáculo,
y no como una virtud. Y así el ingenuo, de puro y franco que era, se convierte
más bien en un inexperto, en alguien que no sabe cómo funciona el mundo. Y,
precisamente por eso, está destinado a terminar mal, inevitablemente aplastado.
He aquí que la tortilla, como sucede a
menudo con las palabras, pero no solo con ellas, ha sido dada vuelta. El noble
ingenuus se ha transformado en un pobre hombre, que podrá ser honesto, pero es
tan simple, más aún, tan simplón, que no consigue desenvolverse en el mundo. Un
incapaz, a decir verdad. En efecto, ¿de qué pueden servir la pureza y la
inocencia de ánimo en un mundo en el cual es necesario abrirse camino jugando
con astucia? ¿Alguien puede realmente sostener que la candidez, la
transparencia, la sencillez, la espontaneidad y la sinceridad sean cualidades
en las que se pueda confiar? ¡Vamos, seamos serios!
