“Ante nuestros ojos aparecen en lucha dos tradiciones; lejos de conducir el mismo contenido nocional son antagonistas. La una transmite sin disimulo la religión del verdadero Dios, y es la Tradición apostólica, en la cual la tradición primordial está totalmente incluida. La otra, llamada por los neognósticos Tradición primordial, transmite, bajo un disfraz de luz, la religión tenebrosa que quiere ponerse en el lugar de Dios”. (Jean Vaquié, Ocultismo y fe católica: los principales temas gnósticos).

domingo, 9 de agosto de 2026

ELOGIO DE LA INGENUIDAD

 


Por ALDO MARIA VALLI

 

Hay palabras afortunadas y palabras desafortunadas. Las primeras gozan de buena reputación incluso más allá de sus méritos (pienso, por ejemplo, en la manoseada solidaridad). Las segundas, por el contrario, son subestimadas y menospreciadas, y en muchos casos adquieren una connotación negativa que en realidad no tienen, o tienen solo en parte.

Entre las palabras desafortunadas tengo una predilección por ingenuo.

En verdad, en la palabra ingenuo hay mucho más que cierta candidez. Proveniente del latín ingenuus, ingenuo lleva en sí el noble verbo gignĕre, generar. El ingenuo, al menos etimológicamente, es ante todo el indígena, el nativo, y por lo tanto aquel que ha nacido libre. Como se ve, una raíz más que decorosa. Después de eso, también en virtud de este origen suyo, el ingenuo se convierte en el puro y, en consecuencia, en el franco. No solo eso. Precisamente porque el ingenuus tiene un vínculo fuerte y directo con su tierra y con la cultura nativa, es también aquel que mejor que otros custodia el patrimonio originario, la tradición. En un sentido más amplio, es aquel que tiene una relación más franca, directa y genuina con la realidad, en todos sus aspectos.

Pero en este nuestro mundo, en el cual todos tendemos a conceder la primacía al astuto, al sagaz, a quien sabe ser doble según las conveniencias, la franqueza es fácilmente vista como un obstáculo, y no como una virtud. Y así el ingenuo, de puro y franco que era, se convierte más bien en un inexperto, en alguien que no sabe cómo funciona el mundo. Y, precisamente por eso, está destinado a terminar mal, inevitablemente aplastado.

He aquí que la tortilla, como sucede a menudo con las palabras, pero no solo con ellas, ha sido dada vuelta. El noble ingenuus se ha transformado en un pobre hombre, que podrá ser honesto, pero es tan simple, más aún, tan simplón, que no consigue desenvolverse en el mundo. Un incapaz, a decir verdad. En efecto, ¿de qué pueden servir la pureza y la inocencia de ánimo en un mundo en el cual es necesario abrirse camino jugando con astucia? ¿Alguien puede realmente sostener que la candidez, la transparencia, la sencillez, la espontaneidad y la sinceridad sean cualidades en las que se pueda confiar? ¡Vamos, seamos serios!