Por JUAN MANUEL DE PRADA
Hay un
pasaje de Las Confesiones de San Agustín que me conmueve muy
hondamente, por la luz retrospectiva que arroja sobre mi vida, y también por
constituir una de las más hermosas invitaciones a la lectura que jamás se hayan
escrito. Se halla en el capítulo XII del libro octavo de esta obra
incomparable, y relata el desenlace de la crisis que atormenta al Santo de
Hipona y su definitiva conversión al cristianismo. Agustín se halla en Milán,
donde ha escuchado las predicaciones de San Ambrosio, y se aloja en casa de su
amigo Alipio. Las meditaciones sobre su estado han desatado en su corazón «una
gran tormenta, cargada con una copiosa lluvia de lágrimas»; entonces Agustín, a
impulsos del pudor, farfulla unas palabras de excusa y se retira «de modo que
ni la presencia de Alipio pudiera servirme de estorbo». En el jardín de la
casa, tendido a la sombra de una higuera, dará rienda suelta a las lágrimas.
Entonces,
mientras el llanto y la amargura lo golpean, Agustín oye, proveniente de una
casa vecina, «una voz como de un niño o una niña que decía canturreando y
repitiendo con frecuencia: Tolle, lege. Tolle, lege». La cantinela («Toma,
lee», «Toma, lee») rescata de su desconsuelo a San Agustín, que cree descubrir
en esa misteriosa voz infantil «una orden divina que me mandaba abrir el libro
y leer lo que encontrase en el primer capítulo que se me ofreciese». Agustín
vuelve a toda prisa a la casa de su amigo Alipio, abre al albur el libro que va
a rectificar su destino (es una recopilación de las epístolas de San Pablo) y
lee en silencio el primer versículo sobre el que se posan sus ojos: «Nada de
comilonas ni borracheras; nada de lujurias ni desenfrenos; nada de querellas y
envidias. Antes bien, revestíos de Jesucristo y no os preocupéis de la carne
para satisfacer sus concupiscencias». El efecto de esa lectura azarosa será
fulminante: «No quise leer más –afirma San Agustín–, ni era necesario. Al
instante, al terminar de leer aquella frase, se disiparon todas las nieblas de
la duda, como si una luz segura se hubiese difundido sobre mi corazón».
Cuando yo
era niño, muchos años antes de leer Las Confesiones, también abría
los libros al buen tuntún, como anhelando encontrar un tesoro diminuto entre el
intrincado bosque de su tipografía, y posaba el dedo índice sobre un renglón
cualquiera, en busca de aliento espiritual, de consejo y de guía. Hacía este
ejercicio con cualquier tipo de libro, sagrado o profano, a veces incluso con
los periódicos atrasados, inquiriéndoles preguntas que abarcaban las infinitas
curiosidades del adolescente, desde las espirituales hasta las amatorias. Esta
consideración del libro como una suerte de zahorí que ilumina nuestra vida, que
nos consuela y escarmienta, que nos enseña e inspira, lo convierte en el objeto
más formidablemente reparador que haya podido concebir el hombre. El libro, en
apariencia inerte y mudo, nos reconforta con su elocuencia, porque entre sus
páginas se esconden revelaciones que nos interpelan y alumbran nuestra vida; y
es esta capacidad suya para dilucidarnos lo que lo convierte en nuestro
interlocutor más valioso.
Y no me
refiero tan sólo a las obras cimeras del genio humano consagradas por el
veredicto de los siglos, sino también a esos otros libros que incorporamos a
nuestra biblioteca sin deliberación, como quien sale al campo y empieza a
recolectar hierbas al buen tuntún, guiándose por una suerte de simpatía
instantánea. Quizá en la lectura de esos libros no hallamos el esplendor de la
rosa, pero a cambio descubrimos en ellos cualidades aisladas que asoman aquí y
allá, como las flores silvestres asoman entre los cardos. Y en esas sorpresas
surgidas a salto de mata, se cifra el placer de la lectura, que nunca nace de
la predisposición estudiada, sino más bien de una imprevista asonancia que nos
conmueve y deslumbra y entabla con nosotros un misterioso vínculo que nos
acompañará para siempre, como una semilla en hibernación.
Con los libros ocurre lo mismo que con los paisajes que habitaron
nuestro pasado: quizá los senderos que acogieron nuestras huellas se hayan
borrado, invadidos por las zarzas y los arbustos, pero basta con que nuestra
mirada se pose sobre las palabras que en otro tiempo hicimos nuestras para que,
entre las ruinas de la memoria, se abra una galería subterránea por la que
atisbamos el latido familiar de aquellas emociones que creíamos abolidas y que,
sin embargo, no se resignan a morir, porque la emoción verdadera, por muchas
paletadas de tierra y olvido que hayamos arrojado sobre ella, siempre alienta
al fondo, dispuesta a convertirse, otra vez, en pasión devoradora.
Toma, lee.
