“Ante nuestros ojos aparecen en lucha dos tradiciones; lejos de conducir el mismo contenido nocional son antagonistas. La una transmite sin disimulo la religión del verdadero Dios, y es la Tradición apostólica, en la cual la tradición primordial está totalmente incluida. La otra, llamada por los neognósticos Tradición primordial, transmite, bajo un disfraz de luz, la religión tenebrosa que quiere ponerse en el lugar de Dios”. (Jean Vaquié, Ocultismo y fe católica: los principales temas gnósticos).

jueves, 12 de marzo de 2026

FRENTE A LA REVOLUCIÓN, ¿QUÉ TRADICIONES?

 


por Charles de Durras

Le Sel de la terre N° 134

 

El sofisma de la «Tradición»

 

Frente a la crisis de la modernidad, diferentes reacciones llaman a un retorno a las «tradiciones».

Pero no toda tradición es buena. Una tradición o una corriente de tradiciones arrastra consigo una visión del mundo, una antropología, un pensamiento político. ¿Rechazar la modernidad por la tradición? ¿Pero por qué tradición? Es necesario interrogar los fundamentos de ésta.

La oposición real no es entre la modernidad y la tradición, sino entre la verdad y el error. No basta, por tanto, con reivindicarse de la tradición para evitar el error. Ése es el peligro de la Nueva Derecha, falsa solución al problema de la modernidad, porque su base filosófica participa de esa modernidad.

 

Qué es la Nueva Derecha

 

La Nueva Derecha es un naturalismo aplicado. ¿Por qué?

La Nueva Derecha es una nebulosa, como reconoce Alain de Benoist, uno de los pensadores fundadores del movimiento; es «un conjunto informal (…) de grupos de estudio, de asociaciones y de revistas, cuya actividad se sitúa exclusivamente en el terreno cultural¹». La idea inicial es cultivar un pensamiento, una reflexión cultural y política e influir así en la esfera política sin tomar parte en ella de manera activa y partidista. El objetivo es, por tanto, metapolítico; se hablará a este respecto de «gramscismo de derecha», en referencia a la teoría de la revolución cultural de Gramsci. Éste expone que la toma del poder debe ser preparada por un trabajo general sobre los espíritus, mediante los medios de comunicación, la cultura, la educación, y que la cabeza del Estado cae cuando toda la base está preparada para ese fin. La Nueva Derecha se inspira en esta idea de batalla cultural.

¿Qué es lo que constituye la unidad de esta corriente tan diversa? Creemos poder decir que dos criterios, uno práctico y otro teórico, son la base común de esta nebulosa.


Revolucionaria

 

Ante todo, la Nueva Derecha nace de un rechazo de lo que se puede llamar la vieja derecha, ya sea católica, monárquica y social, o burguesa, financiera y liberal, o incluso nacional y securitaria¹. La Nueva Derecha no encaja en esta clasificación; rechaza el aspecto aburguesado, liberal o incluso conservador de estas viejas derechas. Rechaza tanto sus métodos como las fidelidades consideradas anticuadas. No hay que olvidar que estamos a la salida de la guerra de Argelia, que permanece para una parte de la derecha como un punto de referencia. Alain de Benoist y Dominique Venner ven en ella un combate de retaguardia inútil y estéril. Quieren construir la columna vertebral intelectual de la derecha del mañana.

Al rechazar las fidelidades pasadas, la nostalgia en general, ya sea monárquica, cristiana o colonial, se definen a sí mismos como revolucionarios. Lo son evidentemente, y la Nueva Derecha conserva una parte de ADN revolucionario por este rechazo del pasado y la voluntad de imponer un orden nuevo.

 

Nietzscheana

 

La Nueva Derecha se arraiga en una base de pensamiento globalmente nietzscheana. El pensamiento de Friedrich Nietzsche (1844-1900) conlleva varias consecuencias, entre las cuales:

– Un rechazo del cristianismo en general.

– Un rechazo de la concepción cristiana de la historia en favor de una concepción cíclica.

– Un rechazo del liberalismo y del universalismo.

Sin embargo, se quiere antisistema. ¿No dice Nietzsche: «Desconfío de todos los sistemáticos y los evito: la voluntad de sistema es una falta de honradez²»? Hay en Nietzsche una primacía de la vida y de la estética que agrada a esta corriente y que permite su eclecticismo.

Si lo bello y el desarrollo de la vida cuentan más que lo verdadero, si el movimiento mismo es más importante que el ser, se puede aceptar componer, en el seno de un mismo movimiento, con doctrinas diferentes e incluso contradictorias.

Es el romanticismo de la Nueva Derecha. La adhesión a este cuerpo de pensamiento fragmentado en diversas tendencias depende más de la adhesión del corazón que de la razón. En Nietzsche la razón no es la facultad primera. Lo que cuenta es la vida y ese desarrollo exponencial de la vida en el mundo, esa «voluntad de poder» que también podría definirse como el apetito constante de acrecentarse a sí mismo.

Es coherente para Nietzsche ser ecléctico, y su incoherencia es fiel a su matriz, como dice Gustave Thibon: «La medida apolínea se une en él a la embriaguez dionisíaca»; y más adelante: «Cada cosa está preñada de su contrario — y todo ello alterna y se mezcla en una ronda en la que hay que participar para percibir su misteriosa armonía¹».

 

El nacionalismo europeo

 

Para la Nueva Derecha, lo esencial es inscribirse en la misma perspectiva de defensa cultural de Europa. Es esta perspectiva la que une a toda esta nebulosa. El objetivo es salvar una identidad europea más o menos imaginaria en nombre de principios bastante diversos, pero según un punto de vista estrictamente natural. La identidad cristiana de los países queda apartada, así como el cristianismo como doctrina. Éste no es considerado más que como un componente cultural, a veces positivo, a veces nefasto, según los autores. Al defender Europa en nombre de la diversidad cultural, la Nueva Derecha condena al mismo tiempo el universalismo católico y su expansión misionera. Salvar Europa sin el cristianismo o a pesar de él, tal es el objetivo de la Nueva Derecha. Bernard Lugan nos explica que es en los países de África que recibieron más misioneros y fueron más cristianizados donde se perpetraron las peores atrocidades modernas, porque el cristianismo engendra la modernidad.

 

La Revolución conservadora

 

Esta defensa de Europa, fundada sobre un pensamiento nietzscheano, está inspirada directamente en una corriente de pensamiento alemana nacida entre las dos guerras y llamada «la Revolución conservadora alemana». Alain de Benoist la califica de «tercera fuerza» entre la democracia liberal y el nacionalsocialismo ascendente.

La Revolución conservadora será acusada, si no de nazismo, al menos de haber preparado su avance. Eso es ir demasiado lejos, pues ambos pensamientos son bastante extraños entre sí, aunque ciertos paralelismos sean reales. Este movimiento fue estudiado por Armin Mohler, secretario de Ernst Jünger, quien más tarde se vinculará con Alain de Benoist y le hará conocer a Jünger. Los lazos no son solamente intelectuales, son humanos.

La unidad de la Revolución conservadora es su nietzscheanismo. Su desarrollo se hizo sobre una idea de Moeller van den Bruck, discípulo de Nietzsche: hay que ser, según él, siguiendo a Dostoievski, «revolucionarios por conservadurismo²». Es a través de los autores de esta corriente (Jünger, von Salomon, Weber, Schmitt, Spengler) como la Nueva Derecha construirá su pensamiento sobre fundamentos nietzscheanos. Carl Schmitt es la principal referencia jurídica de la Nueva Derecha, pero, a diferencia del resto de la Revolución conservadora, no es nietzscheano.

 

El paganismo

 

La Nueva Derecha es también pagana. A través de diversas tendencias, el conjunto del movimiento se reclama del neopaganismo. Éste puede ser de dos tipos: o bien puramente intelectual, como en Alain de Benoist, que ve en él una manera de aprehender el mundo; o bien religioso, convirtiéndose entonces en una especie de fe ritualizada. Es, por ejemplo, el caso de Romain Petitjean, director del instituto Iliade.

La pasada primavera, la revista Éléments titulaba «El retorno de los dioses³». No se trata, pues, de una antigua manía, sino de una constante que continúa influyendo en el movimiento hasta hoy.

A través de sus coloquios y conferencias, la Nueva Derecha atrae a los jóvenes, incluso católicos, por su entusiasmo, sus propuestas concretas y el culto de una estética «aristocrática».

 

Frente a la Nueva Derecha: ¡seamos católicos!

 

Entonces, ¿qué hacer? ¿Debe esta constatación de la influencia de la Nueva Derecha dejarnos amargados? ¿Deberíamos colaborar con ella en los puntos que parecen acercarnos: condena de la cultura de los derechos del hombre, del mundialismo, del liberalismo sin límites?

La cuestión concierne a los principios. ¿Qué principios queremos seguir? ¿Qué ideal queremos servir? ¿A qué tradición queremos adherir?

¿Es Jesucristo y los dos mil años de civilización cristiana de la que somos herederos? ¿O bien el espejismo de una «civilización» europea que nunca ha existido? — ¿Es la verdad cristiana con sus inmensas riquezas doctrinales, espirituales, históricas y culturales y el ejemplo de sus santos? ¿O bien la mentira de un neopaganismo abstruso y lleno de suficiencia? — ¿Es la santidad que nos confiere la vida de la gracia y los sacramentos de la Iglesia? ¿O un naturalismo desecante e impotente para procurar la paz y la felicidad?

Tenemos la más bella religión del mundo, la única verdadera, la única capaz de colmar las aspiraciones más profundas del corazón y de la inteligencia humana, la única perfectamente universal y adaptada a todas las edades, a todos los pueblos y a todas las mentalidades, y que nos ha dejado una herencia viva, de una riqueza y una diversidad inauditas, así como innumerables ejemplos de santidad y de entrega. ¿Cómo podríamos ignorar todo esto? Por desgracia, ahí está el problema. Los católicos no conocen, o no conocen lo suficiente, su patrimonio.

No nos dejemos, pues, encantar por las sirenas neo-derechistas. No tenemos que avergonzarnos de nuestra tradición y de sus realizaciones (los «bastiones de cristiandad» del padre Calmel). ¿Acaso la tradición católica no ha construido escuelas, parroquias, comunidades, universidades? ¿No ha escrito, publicado, enseñado? Hay una especie de placer malsano en denigrarse y creer que la hierba del campo de al lado es mejor. La vitalidad de la tradición católica es real y, si somos fieles, prometedora; mientras que la Nueva Derecha peca por falta de realizaciones concretas, contentándose con producir un discurso y una estética quizá seductores, pero incapaces de construir una civilización.

Defendamos nuestra Ciudad cristiana, seamos cristianos y apóstoles sin conceder nada al error y a la Ciudad del mal.

Celebramos este año el centenario de Quas Primas, la encíclica de Pío XI sobre Cristo Rey. Es ocasión de leer o releer este texto, y de comprender mejor la necesidad de hacer irradiar a Cristo en la ciudad. Quas Primas es, por supuesto, la condena del laicismo de Estado; pero esta doctrina nos concierne a todos: ¿es Cristo Rey de nuestras asociaciones, de nuestras empresas, de nuestras familias, de todas nuestras actividades sociales?

 

 

¹ René Rémond, Las derechas en Francia, Aubier, París, 2014.
² Friedrich Nietzsche, El crepúsculo de los ídolos, París, 1908.
³ Revista Éléments, n.º 212, enero 2025.