Por GUSTAVO CORÇÃO
O GLOBO, Rio de Janeiro, 6 de junho de
1974
Gracias a la vigilancia de Antônio Olinto, en su
“Porta de Livraria” de O Globo, llego todavía a tiempo para saludar el
centenario de G. K. Chesterton, el incomparable escritor inglés que más
indeleblemente marcó mi alma en los días en que anduve perdido por el mundo
buscando una luz, luz de Juan y María, luz de Hogar, luz de acogida entre las
tinieblas de mi triste exilio. Debo a Chesterton las primeras alegrías
católicas. En su gran libro, Ortodoxy, donde se sintió más a sus anchas para
arrojar en los brazos de la cruz su juego de embriagadoras paradojas, entre
otros maravillosos descubrimientos del cristianismo, nos dice aquello que
Cristo nos ocultó de sí mismo: “There was some one thing that was too great for
God to show us when He walked upon our earth; and I have sometimes fancied that
it was His mirth.” Intentemos traducir estas palabras de oro con las que Chesterton
cierra su obra maestra: “Hubo una cosa que era demasiado grande en Él para
sernos mostrada mientras caminó por este mundo, y pienso a veces que fue su
alegría”. O su risa. O su júbilo. El término mirth es aquí intraducible. Y me
atrevo a decir que el gran poeta de la lengua cerró su libro-joya sabiendo bien
que solo podía terminar con un término impropio, tratándose de algo que estuvo
siempre presente y, sin embargo, oculto en la vida de Jesús.
Otro notable inglés nos dejó, acerca de la poesía,
una definición inolvidable: “la poesía es emoción recordada en la
tranquilidad”; de donde nosotros extraemos una definición de liturgia: “la
liturgia es pasión recordada en la tranquilidad”, cuyo contenido paradójico,
propio del Misterio de la Fe, parece mostrar, bajo las apariencias del júbilo y
de la fiesta, el dolor y la Sangre de nuestra Redención. Fiel a ese espíritu,
Chesterton no procuró hacer acrobacias verbales con sus tan admiradas
paradojas, y mucho menos buscó juegos para agradar a los jóvenes y a los
inmaduros. Pascal, con su timbre de abismos, no es más trágico ni más serio que
Gilbert Keith Chesterton, en cuya obra, como dije antes, tuve la felicidad de
encontrar el camino hacia aquello que Jesús nos ocultó, es decir, hacia las más
puras y vivas alegrías católicas de este mundo. Con un extraordinario vigor del
Don de Ciencia, que está en la línea de la Fe y de la Esperanza, es decir, de
las virtudes peregrinas, Chesterton vio que el mundo, y más aún los días de
este siglo de carrera tras el viento, está desconcertado, subvertido, patas
arriba, y entonces, para poder descubrir mejor sus errores y sus malicias, él
mismo se ponía frecuentemente patas arriba. Su obra de apología, así
condicionada, cumplía una función de revulsivo, de purgante, y operaba
restauraciones inesperadas en los desconciertos del mundo. El personaje
principal de El poeta y los locos era ágil en esta gimnasia y, en casi todos
los cuentos de esta serie, quien dice locuras es el sabio, el circunspecto, el
poeta, el serio; y quien cometía las locuras más disparatadas era el hombre
pausado, equilibrado en la representación diplomática de los desvaríos de la
época.
Chesterton creó, después de Edgar Poe y Conan
Doyle, el tipo de novela policial en el que el genial investigador, lejos de
ser el sagaz y razonador examinador minucioso, era el Padre Brown, el Padre
Vicente O.F.M., su amado confesor, que tenía los ojos lavados por la Fe y por
el colirio de las lágrimas y así conseguía, incluso mientras dormitaba,
descubrir los vericuetos de la malicia más por la ingenuidad que por la
sagacidad. En La esfera y la cruz, una especie de novela simbólica y
apocalíptica, reaparece el personaje obsesivo de Chesterton, en lucha
implacable, pero finalmente cordialísima, contra el ateísmo desquiciado de la
época. En realidad, sin embargo, no es el ateo Tornbull el adversario; no, en
La esfera y la cruz, el espíritu repugnante que Chesterton detesta, como
detesta al Diablo, es el liberalismo que pretende evitar el enfrentamiento y la
lucha entre el Bien y el Mal. El personaje más repugnante de la sucesión de
figuras que se alzan contra el Combate es el pacifista, contra el cual
Chesterton no disimula su extrema repugnancia. Porque Chesterton fue siempre un
guerrero. En tiempo y a contratiempo combatió el buen combate y guardó la Fe
hasta el momento supremo en que el Padre Vicente, después de administrarle la
extremaunción, se arrodilló a los pies de la cama del moribundo y, con profunda
piedad, besó la pluma que estaba sobre la mesilla de noche, como si también
quisiera darle descanso, después de haber escrito más de ochenta volúmenes al
servicio de su Rey y de su Dama.
Hoy nos hacen mucha falta autores como Chesterton,
que supieron desarmar, denunciar, desenmascarar los ídolos, los ideales de los
tiempos modernos, que no son más que las “antiguas virtudes cristianas vueltas
locas” o perversas.
A falta de esa lectura saludable, tonificante,
fortalecedora, curativa, embriagadora del mejor espíritu, surgió en su lugar,
alcanzando un éxito editorial que debería hacer sonrojar al planeta Tierra y
palidecer al planeta Marte, surgió el repulsivo impostor Teilhard de Chardin,
que reniega de la Fe, abandona a los maestros de la Compañía de Jesús y de la
Iglesia para inventar una gnosis absurda, de ciencia mediocre empapada de una
religión aún peor, gracias a cuya fétida composición consigue atraer a los
espíritus débiles.
No me canso de agradecer a Dios el hecho de haber
encontrado a Chesterton en los días de desolación en que, creyendo siempre en
Dios Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra, de las cosas visibles e
invisibles, no conseguía, sin embargo, encontrar la alameda y la puerta de Su
Casa. A pesar de todos los defectos e imperfecciones, tengo el alma muy
agradecida, porque desde temprano hasta tarde, en la tarde de la vida, me
concedió Dios la dicha de sentir la dependencia en que viví de mi madre, de mis
hermanos, de mis alumnos, de mis profesores, de todos aquellos que, en este
largo trayecto que ya se aproxima al límite señalado por el salmista para los
vigorosos, sí, siempre tuve la dicha de apreciar mucho mejor el bien que me
hicieron y que reservo especialmente para quienes me ayudaron a morir para el
mundo. Y entre estos reservo un lugar especial en el altar que hoy adorné en mi
viejo corazón para recordar a G. K. Chesterton.
El resto de esta apología y de este estudio se
encuentra en el libro Tres alqueires y una vaca, que escribí cuando, gracias a
Chesterton, entre tantos autores y amigos, conseguí aprobar el examen de
ingreso a la Casa del Padre, es decir, conseguí volver a la Fe y a la Iglesia
de mi bautismo. ¡Ave María!
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