“Ante nuestros ojos aparecen en lucha dos tradiciones; lejos de conducir el mismo contenido nocional son antagonistas. La una transmite sin disimulo la religión del verdadero Dios, y es la Tradición apostólica, en la cual la tradición primordial está totalmente incluida. La otra, llamada por los neognósticos Tradición primordial, transmite, bajo un disfraz de luz, la religión tenebrosa que quiere ponerse en el lugar de Dios”. (Jean Vaquié, Ocultismo y fe católica: los principales temas gnósticos).

viernes, 23 de octubre de 2026

“G.K. CHESTERTON”

 



Por GUSTAVO CORÇÃO

O GLOBO, Rio de Janeiro, 6 de junho de 1974

 

Gracias a la vigilancia de Antônio Olinto, en su “Porta de Livraria” de O Globo, llego todavía a tiempo para saludar el centenario de G. K. Chesterton, el incomparable escritor inglés que más indeleblemente marcó mi alma en los días en que anduve perdido por el mundo buscando una luz, luz de Juan y María, luz de Hogar, luz de acogida entre las tinieblas de mi triste exilio. Debo a Chesterton las primeras alegrías católicas. En su gran libro, Ortodoxy, donde se sintió más a sus anchas para arrojar en los brazos de la cruz su juego de embriagadoras paradojas, entre otros maravillosos descubrimientos del cristianismo, nos dice aquello que Cristo nos ocultó de sí mismo: “There was some one thing that was too great for God to show us when He walked upon our earth; and I have sometimes fancied that it was His mirth.” Intentemos traducir estas palabras de oro con las que Chesterton cierra su obra maestra: “Hubo una cosa que era demasiado grande en Él para sernos mostrada mientras caminó por este mundo, y pienso a veces que fue su alegría”. O su risa. O su júbilo. El término mirth es aquí intraducible. Y me atrevo a decir que el gran poeta de la lengua cerró su libro-joya sabiendo bien que solo podía terminar con un término impropio, tratándose de algo que estuvo siempre presente y, sin embargo, oculto en la vida de Jesús.

Otro notable inglés nos dejó, acerca de la poesía, una definición inolvidable: “la poesía es emoción recordada en la tranquilidad”; de donde nosotros extraemos una definición de liturgia: “la liturgia es pasión recordada en la tranquilidad”, cuyo contenido paradójico, propio del Misterio de la Fe, parece mostrar, bajo las apariencias del júbilo y de la fiesta, el dolor y la Sangre de nuestra Redención. Fiel a ese espíritu, Chesterton no procuró hacer acrobacias verbales con sus tan admiradas paradojas, y mucho menos buscó juegos para agradar a los jóvenes y a los inmaduros. Pascal, con su timbre de abismos, no es más trágico ni más serio que Gilbert Keith Chesterton, en cuya obra, como dije antes, tuve la felicidad de encontrar el camino hacia aquello que Jesús nos ocultó, es decir, hacia las más puras y vivas alegrías católicas de este mundo. Con un extraordinario vigor del Don de Ciencia, que está en la línea de la Fe y de la Esperanza, es decir, de las virtudes peregrinas, Chesterton vio que el mundo, y más aún los días de este siglo de carrera tras el viento, está desconcertado, subvertido, patas arriba, y entonces, para poder descubrir mejor sus errores y sus malicias, él mismo se ponía frecuentemente patas arriba. Su obra de apología, así condicionada, cumplía una función de revulsivo, de purgante, y operaba restauraciones inesperadas en los desconciertos del mundo. El personaje principal de El poeta y los locos era ágil en esta gimnasia y, en casi todos los cuentos de esta serie, quien dice locuras es el sabio, el circunspecto, el poeta, el serio; y quien cometía las locuras más disparatadas era el hombre pausado, equilibrado en la representación diplomática de los desvaríos de la época.

Chesterton creó, después de Edgar Poe y Conan Doyle, el tipo de novela policial en el que el genial investigador, lejos de ser el sagaz y razonador examinador minucioso, era el Padre Brown, el Padre Vicente O.F.M., su amado confesor, que tenía los ojos lavados por la Fe y por el colirio de las lágrimas y así conseguía, incluso mientras dormitaba, descubrir los vericuetos de la malicia más por la ingenuidad que por la sagacidad. En La esfera y la cruz, una especie de novela simbólica y apocalíptica, reaparece el personaje obsesivo de Chesterton, en lucha implacable, pero finalmente cordialísima, contra el ateísmo desquiciado de la época. En realidad, sin embargo, no es el ateo Tornbull el adversario; no, en La esfera y la cruz, el espíritu repugnante que Chesterton detesta, como detesta al Diablo, es el liberalismo que pretende evitar el enfrentamiento y la lucha entre el Bien y el Mal. El personaje más repugnante de la sucesión de figuras que se alzan contra el Combate es el pacifista, contra el cual Chesterton no disimula su extrema repugnancia. Porque Chesterton fue siempre un guerrero. En tiempo y a contratiempo combatió el buen combate y guardó la Fe hasta el momento supremo en que el Padre Vicente, después de administrarle la extremaunción, se arrodilló a los pies de la cama del moribundo y, con profunda piedad, besó la pluma que estaba sobre la mesilla de noche, como si también quisiera darle descanso, después de haber escrito más de ochenta volúmenes al servicio de su Rey y de su Dama.

Hoy nos hacen mucha falta autores como Chesterton, que supieron desarmar, denunciar, desenmascarar los ídolos, los ideales de los tiempos modernos, que no son más que las “antiguas virtudes cristianas vueltas locas” o perversas.

A falta de esa lectura saludable, tonificante, fortalecedora, curativa, embriagadora del mejor espíritu, surgió en su lugar, alcanzando un éxito editorial que debería hacer sonrojar al planeta Tierra y palidecer al planeta Marte, surgió el repulsivo impostor Teilhard de Chardin, que reniega de la Fe, abandona a los maestros de la Compañía de Jesús y de la Iglesia para inventar una gnosis absurda, de ciencia mediocre empapada de una religión aún peor, gracias a cuya fétida composición consigue atraer a los espíritus débiles.

No me canso de agradecer a Dios el hecho de haber encontrado a Chesterton en los días de desolación en que, creyendo siempre en Dios Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra, de las cosas visibles e invisibles, no conseguía, sin embargo, encontrar la alameda y la puerta de Su Casa. A pesar de todos los defectos e imperfecciones, tengo el alma muy agradecida, porque desde temprano hasta tarde, en la tarde de la vida, me concedió Dios la dicha de sentir la dependencia en que viví de mi madre, de mis hermanos, de mis alumnos, de mis profesores, de todos aquellos que, en este largo trayecto que ya se aproxima al límite señalado por el salmista para los vigorosos, sí, siempre tuve la dicha de apreciar mucho mejor el bien que me hicieron y que reservo especialmente para quienes me ayudaron a morir para el mundo. Y entre estos reservo un lugar especial en el altar que hoy adorné en mi viejo corazón para recordar a G. K. Chesterton.

El resto de esta apología y de este estudio se encuentra en el libro Tres alqueires y una vaca, que escribí cuando, gracias a Chesterton, entre tantos autores y amigos, conseguí aprobar el examen de ingreso a la Casa del Padre, es decir, conseguí volver a la Fe y a la Iglesia de mi bautismo. ¡Ave María!

https://portalcioranbr.wordpress.com/2026/06/08/chesterton-por-corcao/