“Ante nuestros ojos aparecen en lucha dos tradiciones; lejos de conducir el mismo contenido nocional son antagonistas. La una transmite sin disimulo la religión del verdadero Dios, y es la Tradición apostólica, en la cual la tradición primordial está totalmente incluida. La otra, llamada por los neognósticos Tradición primordial, transmite, bajo un disfraz de luz, la religión tenebrosa que quiere ponerse en el lugar de Dios”. (Jean Vaquié, Ocultismo y fe católica: los principales temas gnósticos).

viernes, 23 de octubre de 2026

EL PENSAMIENTO DE RENÉ GUÉNON

 


Por TASSO DA SILVEIRA

 

La posición de René Guénon en el debate sobre la significación de esta hora para el Espíritu, es curiosísima y del más vivo interés. También él cree, a ejemplo de Berdiaev, Landsberg, Maritain, la casi totalidad de los grandes reconstructores de hoy, que es «toda la época moderna, en su conjunto, la que representa para el mundo un período de crisis». Y también piensa que hemos llegado al término del descenso, y que en medio del caos actual brillan vagos resplandores de un próximo levantamiento del espíritu. Es, por otra parte, dice él, «lo que hace más sensible hoy que nunca el carácter anormal de este estado de cosas que dura desde hace algunos siglos, pero cuyas consecuencias todavía no se habían hecho tan visibles como en este momento».

Su crítica, de extrema lucidez, a la realidad actual coincide, en sus grandes líneas exteriores, con la crítica de los pensadores católicos y tomistas de visión más aguda. También él señala al hombre de estos días, en Occidente, la magnífica fulguración del espíritu medieval, como norte seguro para el inmenso esfuerzo de restauración de las energías espirituales perdidas en dispersión infinita.

Su punto de apoyo, sin embargo, es diferente. René Guénon parte de las doctrinas tradicionales de la India, de las que se considera único intérprete autorizado entre los pueblos occidentales. De ahí, en el seno de su pensamiento elevado y grave, una serie de postulados inaceptables que vician su capacidad de penetración y le impiden desvelar la perspectiva entera de la verdad.

Según Guénon, la «negación de todo principio superior a la individualidad y, por consiguiente, la reducción de la civilización, en todos los dominios, a sus elementos puramente humanos», es decir, el individualismo, es uno de los factores más importantes del desorden de nuestra época.

Individualismo, para Guénon, se confunde con humanismo. Ambos son un «punto de vista profano, que esconde el conocimiento integral de la “ciencia sagrada”» del mundo. Y en ambos se manifiesta el espíritu antitradicional, «en que se resumen todas las tendencias específicamente modernas».

El individualismo es, ante todo, la negación de la metafísica, porque niega la «intuición intelectual, facultad esencialmente supraindividual» y fundamento de aquella. Entiéndase metafísica en su sentido verdadero, que nada tiene que ver con las construcciones puramente racionales y las hipótesis imaginativas de los filósofos modernos, para los cuales vale más «la fama de filósofo y de inventor de un nuevo error que repetir una verdad que otros ya expresaron».

Con Descartes, la inclinación individualista puso la razón por encima de todo, «haciendo de esta facultad puramente humana y relativa la parte superior de la inteligencia». Ahora bien, esta limitación de la inteligencia fue apenas una primera etapa del descenso. La razón, aislada, se rebajó cada vez más a una función sobre todo práctica. Una vez negada la «intuición intelectual», ya no hay metafísica posible, y caemos de lleno en el naturalismo, pues todo lo que está más allá de la naturaleza queda fuera del alcance del individuo como tal. Así, «mientras algunos se obstinan en erigir una pseudo-metafísica, otros reconocen más francamente esta imposibilidad: de ahí el relativismo bajo todas sus formas, ya sea el criticismo de Kant, o el positivismo de Augusto Comte».

Naturaleza y devenir, para René Guénon, son una sola y misma cosa. La filosofía, limitada a la naturaleza, habría de desembocar forzosamente en el evolucionismo, que vendría a volverse, a su vez, contra el racionalismo, «acusando a la razón de no poder aplicarse adecuadamente a lo que no es sino mutación y pura multiplicidad, ni abarcar en sus conceptos la indefinida complejidad de las cosas sensibles». Tal es la posición adoptada por esa forma del evolucionismo que es el intuicionismo bergsoniano, «que no es menos individualista ni menos metafísico que el racionalismo, pues, aunque lo critique, cae todavía más bajo, porque apela a una facultad propiamente infrarracional, a una intuición sensible muy mal definida, por otra parte, y más o menos hecha de imaginación, de instinto y de sentimiento».

La filosofía, dicho sea de paso, es de importancia secundaria. Su interés reside únicamente en que expresa las tendencias de tal o cual momento. El propio cartesianismo, punto de partida de toda la filosofía moderna, es una resultante de un estado de espíritu envolvente. La raíz del mal está en la ruptura que ya venía de lejos, y de la cual el Renacimiento y la Reforma habían sido etapas decisivas.

De significación más profunda y aún más manifiesta fue esta ruptura en el terreno religioso. Fruto ya del estado de alma del que el Renacimiento había sido expresión elocuente, el protestantismo representó la forma definitiva de la revuelta contra el espíritu tradicional. Lo que creó el protestantismo fue «esa negación de principios que es la esencia misma del individualismo». «A la autoridad de la organización cualificada para interpretar la tradición religiosa de Occidente, el protestantismo pretendió sustituir lo que él llama el “libre examen”, es decir, la interpretación dejada al arbitrio de cada uno, incluso de los ignorantes e incompetentes, y fundada exclusivamente sobre el ejercicio de la razón humana». El resultado fue «la dispersión en una multitud siempre creciente de sectas, de las cuales cada una no representa sino la opinión particular de algunos individuos». De ahí a la incredulidad y al escepticismo el camino no fue largo. Consecuencia lógica, por otra parte: siendo la religión, propiamente, una forma de la tradición, el espíritu antitradicional no puede dejar de ser antirreligioso.

He aquí cómo surgió el caos social del presente. Roto el sentimiento de las jerarquías necesarias, las diferentes fuerzas sociales se desplazaron de sus funciones legítimas, se superpusieron unas sobre otras, perdiendo el sentido de su respectiva finalidad. Se subvirtieron todos los valores humanos, y la afirmación exclusiva de los individuos resultó en la negación final del espíritu, estableciéndose el predominio de la materia, que hace la tiniebla en la que apenas respiramos.

Así es como la palabra «materialismo», inventada por Berkeley para designar toda teoría que admitiera la existencia real de la materia (sin excluir el espíritu), pasó a significar, hoy, la concepción según la cual nada existe más allá de la materia y de lo que de ella procede. Lo que este vocablo representa ahora es, por otra parte, todo un estado de espíritu, en sí mismo independiente de cualquier teoría filosófica.

Por este motivo, toda la «ciencia» de los últimos siglos no es más que el estudio del mundo sensible. Sus métodos son proclamados «científicos», con exclusión de cualquier otro, lo que equivale a negar toda ciencia que no se refiera a las cosas materiales.

Para convencernos del exclusivo predominio de este sentimiento materialista universal de la vida, basta considerar el papel de relieve que desempeñan hoy, tanto en la existencia de los pueblos como en la de los individuos, los elementos de orden económico, haciendo que una única distinción social haya permanecido, la que se funda sobre la riqueza material. Es contra esta última distinción —podría añadir Guénon— que se levantan ahora las fuerzas oscuras pero formidables del proletariado, cuya ola aplastante viene a mostrar a los hombres cómo, de una sutilización inicial, puede surgir, después de siglos, una notable consecuencia, ejemplo de la que se despliega en la hora mágica de ésta.

El análisis de Guénon es pormenorizado y exhaustivo. Sería absurdo pretender resumir en estas pocas líneas una doctrina que se desarrolla en cinco o seis volúmenes de considerable extensión. Ahí están, no obstante, sus trazos esenciales que nos permiten percibir cuánto se identifica este análisis con la crítica desarrollada en el mismo sentido por otros maestros modernos de la causa restauradora de los derechos del espíritu.

En verdad, debería decirse cuánto se identifica en apariencia. Pues tan distantes son los puntos de partida y tan diverso el sentido que, aun en expresiones que parecen designar la misma realidad, como «intuición intelectual», por ejemplo, verificamos que se trata de simple coincidencia, y no de ninguna identidad profunda.

Antes que nada, para René Guénon, la crisis actual no es simplemente una crisis del hombre, una crisis del espíritu sobre la tierra, sino una crisis cósmica... Parece que nos aproximamos, realmente, al fin de un mundo, esto es, al fin de una época o de un ciclo histórico, que puede, por otra parte, estar en correspondencia con un ciclo cósmico, según lo que enseñan a este respecto todas las doctrinas tradicionales.

Guénon parte de las doctrinas del Vedanta, según las cuales cada ciclo humano (Manvantara) se divide en cuatro edades, que marcan fases sucesivas de oscurecimiento gradual de la espiritualidad primitiva. Estamos actualmente en la cuarta edad de uno de estos ciclos, en la «edad sombría» (Kali-yuga), y estamos en ella desde hace más de seis mil años, durante cuyo transcurso las verdades antes accesibles a todos los hombres se hicieron cada vez más difíciles de alcanzar. Toda nuestra concepción cristiana, comprendida en los límites (que, frente al oscuro pensamiento de la India, podríamos decir límpidos y precisos) de la Creación, Encarnación y Redención, no abarca sino un simple episodio de la aventura cósmica inimaginable de la que el Vedanta nos habla. Cristo, que para nosotros constituye el centro de la historia, es, en esta visión de las cosas, un acontecimiento secundario.

Lo más importante, sin embargo, es que todo lo que hoy nos parece pura anomalía y desorden es, desde cierto punto de vista, «un elemento necesario de un orden más vasto, una consecuencia inevitable de las leyes que rigen el desarrollo de toda manifestación». «Y cualesquiera que sean las apariencias, podemos estar seguros de que todos los desequilibrios parciales y transitorios concurren, al fin y al cabo, a la realización del equilibrio total».

Esta concepción explica el fatalismo y el quietismo del sabio hindú. Él contempla el mundo y sus convulsiones serenamente, porque para él esas convulsiones, aunque sean perturbadoras, son una expresión necesaria del infinito proceso cósmico. René Guénon, sin embargo, aunque brahmanista, es un puro espíritu de Occidente. De ahí su preocupación contradictoria por explicar al hombre occidental el «sentido del mundo», con el fin de orientarlo hacia el levantamiento del espíritu, cuando su única actitud consecuente sería la de dejar pasar el curso intransformable de las cosas.

Como hombre de Occidente, siente vivamente cuánto peligro comporta este fatalismo intrínseco a la doctrina hindú para la orientación del espíritu. Y procura, entonces, conciliarlo con el dinamismo evangélico, en un esfuerzo que, aunque frustrado, es admirable.

«La civilización moderna, como todas las cosas, tiene su razón de ser —escribe él—, y si ella es verdaderamente la que termina un ciclo, puede decirse que es lo que debía ser, que viene en su tiempo y en su lugar; pero no por esto deberá dejar de ser juzgada según la palabra evangélica, tan mal comprendida casi siempre: ¡Es preciso que haya escándalo; pero desdichado aquel por quien viene el escándalo!».

En realidad, esta palabra del Evangelio necesitaría de un volumen entero, o de muchos volúmenes, para ser explicada. Porque comporta, en todo su desarrollo, los problemas de la eternidad y del tiempo, de la Voluntad de Dios, absoluta, y de la voluntad del hombre que, no obstante, por el don divino del libre albedrío, puede hacerle frente. Cuanto más se profundizase, sin embargo, esta concepción, más patente se presentaría la oposición que representa a la doctrina vedántica. Porque en ella queda a salvo la responsabilidad y obligación de cooperar con Dios en la obra de la salvación del espíritu. Mientras que, en la doctrina de la India, la única actitud plausible del hombre consiste en dejarse arrastrar por el flujo de la acción divina, que la inteligencia y la voluntad humanas no podrían de ninguna manera desviar.

Las palabras: «desdichado aquel por quien viene el escándalo» sugieren, en el Evangelio, las penas eternas, pero en ellas sentimos nítidamente uno de los resortes reales de la economía divina de la Creación. ¿Cómo encajar el sentido de estas palabras en la doctrina brahmánica, para la cual las fuerzas del desorden sólo son fuerzas de desorden en apariencia, pues de hecho concurren a la realización del equilibrio total, estando por tanto destinada la salvación, no porque lleguen a convertirse, como diríamos cristianamente, sino en su propio carácter de fuerzas de desorden?...