Por TASSO DA SILVEIRA
La posición de René Guénon en el debate sobre la
significación de esta hora para el Espíritu, es curiosísima y del más vivo
interés. También él cree, a ejemplo de Berdiaev, Landsberg, Maritain, la casi
totalidad de los grandes reconstructores de hoy, que es «toda la época moderna,
en su conjunto, la que representa para el mundo un período de crisis». Y
también piensa que hemos llegado al término del descenso, y que en medio del
caos actual brillan vagos resplandores de un próximo levantamiento del
espíritu. Es, por otra parte, dice él, «lo que hace más sensible hoy que nunca
el carácter anormal de este estado de cosas que dura desde hace algunos siglos,
pero cuyas consecuencias todavía no se habían hecho tan visibles como en este
momento».
Su crítica, de extrema lucidez, a la realidad
actual coincide, en sus grandes líneas exteriores, con la crítica de los
pensadores católicos y tomistas de visión más aguda. También él señala al
hombre de estos días, en Occidente, la magnífica fulguración del espíritu
medieval, como norte seguro para el inmenso esfuerzo de restauración de las
energías espirituales perdidas en dispersión infinita.
Su punto de apoyo, sin embargo, es diferente. René
Guénon parte de las doctrinas tradicionales de la India, de las que se
considera único intérprete autorizado entre los pueblos occidentales. De ahí,
en el seno de su pensamiento elevado y grave, una serie de postulados
inaceptables que vician su capacidad de penetración y le impiden desvelar la
perspectiva entera de la verdad.
Según Guénon, la «negación de todo principio
superior a la individualidad y, por consiguiente, la reducción de la
civilización, en todos los dominios, a sus elementos puramente humanos», es
decir, el individualismo, es uno de los factores más importantes del desorden
de nuestra época.
Individualismo, para Guénon, se confunde con
humanismo. Ambos son un «punto de vista profano, que esconde el conocimiento
integral de la “ciencia sagrada”» del mundo. Y en ambos se manifiesta el
espíritu antitradicional, «en que se resumen todas las tendencias
específicamente modernas».
El individualismo es, ante todo, la negación de la metafísica, porque niega la «intuición intelectual, facultad esencialmente supraindividual» y fundamento de aquella. Entiéndase metafísica en su sentido verdadero, que nada tiene que ver con las construcciones puramente racionales y las hipótesis imaginativas de los filósofos modernos, para los cuales vale más «la fama de filósofo y de inventor de un nuevo error que repetir una verdad que otros ya expresaron».
Con Descartes, la inclinación individualista puso
la razón por encima de todo, «haciendo de esta facultad puramente humana y
relativa la parte superior de la inteligencia». Ahora bien, esta limitación de
la inteligencia fue apenas una primera etapa del descenso. La razón, aislada,
se rebajó cada vez más a una función sobre todo práctica. Una vez negada la
«intuición intelectual», ya no hay metafísica posible, y caemos de lleno en el
naturalismo, pues todo lo que está más allá de la naturaleza queda fuera del
alcance del individuo como tal. Así, «mientras algunos se obstinan en erigir
una pseudo-metafísica, otros reconocen más francamente esta imposibilidad: de
ahí el relativismo bajo todas sus formas, ya sea el criticismo de Kant, o el
positivismo de Augusto Comte».
Naturaleza y devenir, para René Guénon, son una
sola y misma cosa. La filosofía, limitada a la naturaleza, habría de desembocar
forzosamente en el evolucionismo, que vendría a volverse, a su vez, contra el
racionalismo, «acusando a la razón de no poder aplicarse adecuadamente a lo que
no es sino mutación y pura multiplicidad, ni abarcar en sus conceptos la
indefinida complejidad de las cosas sensibles». Tal es la posición adoptada por
esa forma del evolucionismo que es el intuicionismo bergsoniano, «que no es
menos individualista ni menos metafísico que el racionalismo, pues, aunque lo
critique, cae todavía más bajo, porque apela a una facultad propiamente
infrarracional, a una intuición sensible muy mal definida, por otra parte, y
más o menos hecha de imaginación, de instinto y de sentimiento».
La filosofía, dicho sea de paso, es de importancia
secundaria. Su interés reside únicamente en que expresa las tendencias de tal o
cual momento. El propio cartesianismo, punto de partida de toda la filosofía
moderna, es una resultante de un estado de espíritu envolvente. La raíz del mal
está en la ruptura que ya venía de lejos, y de la cual el Renacimiento y la
Reforma habían sido etapas decisivas.
De significación más profunda y aún más manifiesta
fue esta ruptura en el terreno religioso. Fruto ya del estado de alma del que
el Renacimiento había sido expresión elocuente, el protestantismo representó la
forma definitiva de la revuelta contra el espíritu tradicional. Lo que creó el
protestantismo fue «esa negación de principios que es la esencia misma del
individualismo». «A la autoridad de la organización cualificada para
interpretar la tradición religiosa de Occidente, el protestantismo pretendió
sustituir lo que él llama el “libre examen”, es decir, la interpretación dejada
al arbitrio de cada uno, incluso de los ignorantes e incompetentes, y fundada
exclusivamente sobre el ejercicio de la razón humana». El resultado fue «la dispersión
en una multitud siempre creciente de sectas, de las cuales cada una no
representa sino la opinión particular de algunos individuos». De ahí a la
incredulidad y al escepticismo el camino no fue largo. Consecuencia lógica, por
otra parte: siendo la religión, propiamente, una forma de la tradición, el
espíritu antitradicional no puede dejar de ser antirreligioso.
He aquí cómo surgió el caos social del presente.
Roto el sentimiento de las jerarquías necesarias, las diferentes fuerzas
sociales se desplazaron de sus funciones legítimas, se superpusieron unas sobre
otras, perdiendo el sentido de su respectiva finalidad. Se subvirtieron todos
los valores humanos, y la afirmación exclusiva de los individuos resultó en la
negación final del espíritu, estableciéndose el predominio de la materia, que
hace la tiniebla en la que apenas respiramos.
Así es como la palabra «materialismo», inventada
por Berkeley para designar toda teoría que admitiera la existencia real de la
materia (sin excluir el espíritu), pasó a significar, hoy, la concepción según
la cual nada existe más allá de la materia y de lo que de ella procede. Lo que
este vocablo representa ahora es, por otra parte, todo un estado de espíritu,
en sí mismo independiente de cualquier teoría filosófica.
Por este motivo, toda la «ciencia» de los últimos
siglos no es más que el estudio del mundo sensible. Sus métodos son proclamados
«científicos», con exclusión de cualquier otro, lo que equivale a negar toda
ciencia que no se refiera a las cosas materiales.
Para convencernos del exclusivo predominio de este
sentimiento materialista universal de la vida, basta considerar el papel de
relieve que desempeñan hoy, tanto en la existencia de los pueblos como en la de
los individuos, los elementos de orden económico, haciendo que una única
distinción social haya permanecido, la que se funda sobre la riqueza material.
Es contra esta última distinción —podría añadir Guénon— que se levantan ahora
las fuerzas oscuras pero formidables del proletariado, cuya ola aplastante viene
a mostrar a los hombres cómo, de una sutilización inicial, puede surgir,
después de siglos, una notable consecuencia, ejemplo de la que se despliega en
la hora mágica de ésta.
El análisis de Guénon es pormenorizado y
exhaustivo. Sería absurdo pretender resumir en estas pocas líneas una doctrina
que se desarrolla en cinco o seis volúmenes de considerable extensión. Ahí
están, no obstante, sus trazos esenciales que nos permiten percibir cuánto se
identifica este análisis con la crítica desarrollada en el mismo sentido por
otros maestros modernos de la causa restauradora de los derechos del espíritu.
En verdad, debería decirse cuánto se identifica en
apariencia. Pues tan distantes son los puntos de partida y tan diverso el
sentido que, aun en expresiones que parecen designar la misma realidad, como
«intuición intelectual», por ejemplo, verificamos que se trata de simple
coincidencia, y no de ninguna identidad profunda.
Antes que nada, para René Guénon, la crisis actual
no es simplemente una crisis del hombre, una crisis del espíritu sobre la
tierra, sino una crisis cósmica... Parece que nos aproximamos, realmente, al
fin de un mundo, esto es, al fin de una época o de un ciclo histórico, que
puede, por otra parte, estar en correspondencia con un ciclo cósmico, según lo
que enseñan a este respecto todas las doctrinas tradicionales.
Guénon parte de las doctrinas del Vedanta, según
las cuales cada ciclo humano (Manvantara) se divide en cuatro edades, que
marcan fases sucesivas de oscurecimiento gradual de la espiritualidad
primitiva. Estamos actualmente en la cuarta edad de uno de estos ciclos, en la
«edad sombría» (Kali-yuga), y estamos en ella desde hace más de seis mil años,
durante cuyo transcurso las verdades antes accesibles a todos los hombres se
hicieron cada vez más difíciles de alcanzar. Toda nuestra concepción cristiana,
comprendida en los límites (que, frente al oscuro pensamiento de la India,
podríamos decir límpidos y precisos) de la Creación, Encarnación y Redención,
no abarca sino un simple episodio de la aventura cósmica inimaginable de la que
el Vedanta nos habla. Cristo, que para nosotros constituye el centro de la
historia, es, en esta visión de las cosas, un acontecimiento secundario.
Lo más importante, sin embargo, es que todo lo que
hoy nos parece pura anomalía y desorden es, desde cierto punto de vista, «un
elemento necesario de un orden más vasto, una consecuencia inevitable de las
leyes que rigen el desarrollo de toda manifestación». «Y cualesquiera que sean
las apariencias, podemos estar seguros de que todos los desequilibrios
parciales y transitorios concurren, al fin y al cabo, a la realización del
equilibrio total».
Esta concepción explica el fatalismo y el quietismo
del sabio hindú. Él contempla el mundo y sus convulsiones serenamente, porque
para él esas convulsiones, aunque sean perturbadoras, son una expresión
necesaria del infinito proceso cósmico. René
Guénon, sin embargo, aunque brahmanista, es un puro espíritu de Occidente. De
ahí su preocupación contradictoria por explicar al hombre occidental el
«sentido del mundo», con el fin de orientarlo hacia el levantamiento del
espíritu, cuando su única actitud consecuente sería la de dejar pasar el curso
intransformable de las cosas.
Como hombre de Occidente, siente vivamente cuánto
peligro comporta este fatalismo intrínseco a la doctrina hindú para la
orientación del espíritu. Y procura, entonces, conciliarlo con el dinamismo
evangélico, en un esfuerzo que, aunque frustrado, es admirable.
«La civilización moderna, como todas las cosas, tiene
su razón de ser —escribe él—, y si ella es verdaderamente la que termina un
ciclo, puede decirse que es lo que debía ser, que viene en su tiempo y en su
lugar; pero no por esto deberá dejar de ser juzgada según la palabra
evangélica, tan mal comprendida casi siempre: ¡Es preciso que haya escándalo;
pero desdichado aquel por quien viene el escándalo!».
En realidad, esta palabra del Evangelio necesitaría
de un volumen entero, o de muchos volúmenes, para ser explicada. Porque
comporta, en todo su desarrollo, los problemas de la eternidad y del tiempo, de
la Voluntad de Dios, absoluta, y de la voluntad del hombre que, no obstante,
por el don divino del libre albedrío, puede hacerle frente. Cuanto más se
profundizase, sin embargo, esta concepción, más patente se presentaría la
oposición que representa a la doctrina vedántica. Porque en ella queda a salvo
la responsabilidad y obligación de cooperar con Dios en la obra de la salvación
del espíritu. Mientras que, en la doctrina de la India, la única actitud plausible
del hombre consiste en dejarse arrastrar por el flujo de la acción divina, que
la inteligencia y la voluntad humanas no podrían de ninguna manera desviar.
Las palabras: «desdichado aquel por quien viene el
escándalo» sugieren, en el Evangelio, las penas eternas, pero en ellas sentimos
nítidamente uno de los resortes reales de la economía divina de la Creación.
¿Cómo encajar el sentido de estas palabras en la doctrina brahmánica, para la
cual las fuerzas del desorden sólo son fuerzas de desorden en apariencia, pues
de hecho concurren a la realización del equilibrio total, estando por tanto
destinada la salvación, no porque lleguen a convertirse, como diríamos
cristianamente, sino en su propio carácter de fuerzas de desorden?...
