La
novela del Cura Loco
Publicada
setenta años atrás, la obra imagina el fin de los tiempos en una Argentina
sometida a una tiranía internacional. Los católicos encarnan la última
resistencia contra ese nuevo orden despótico.
Por
Jorge Martínez
30.08.2026
El sacerdote empezó a escribir la novela
en 1946, la abandonó y luego la concluyó en 1955
Han
pasado ya setenta años desde la publicación, en 1956, de Su Majestad
Dulcinea, la novela más famosa y uno de los libros más queridos del
extraordinario P. Leonardo Castellani.
Como
sucede con buena parte de la obra castellaniana, la novela no puede entenderse
sin reparar en sus referencias autobiográficas, que son constantes, y sin
apelar a la exégesis del Libro del Apocalipsis, disciplina a la que
Castellani (1899-1981) dedicó buena parte de su vida como sacerdote y como
escritor.
Es
también el libro de un patriota, un patriota sufrido y desesperado, “una
especie de nacionalista despechao” que contra viento y marea se empecina en
salvar lo que pueda salvarse de su tierra y su pueblo. “No puedo
soportar la pudrición de este país”, clama muy al comienzo su protagonista,
el Cura Loco, en un tono que va a marcar el resto de la historia.
Se
trata de una “novela de anticipación” en la línea de Señor del Mundo,
la formidable obra del P. Robert Hugh Benson que Castellani leyó de adolescente
en castellano, releyó más tarde en inglés y luego tradujo añadiéndole un
penetrante postfacio fechado en el “Día de San Juan Evangelista de 1956”, el mismo
año en que se publicó Dulcinea.
Aclaraba
Castellani en el postfacio que Benson había escrito una “imaginación, es
decir, una novela, con la verdad propia de este género. Inventa una
manera como la cosa puede pasar, sabiendo que puede haber otra manera. Lo
importante es que la Cosa va a pasar, de esta manera u otra”. Que es más o
menos la misma definición que puede aplicarse al libro del argentino.
PODER
TOTAL
La trama de Su Majestad Dulcinea está situada a fines del siglo XX, en una Argentina que, como el resto del mundo, vive los días de la “gran tribulación”. El país integra un nuevo Virreynato del Río de la Plata, subordinado a la América del Norte, que gobierna “Su Irreprochabilidad, el Señor Adelantado”. Buenos Aires ha sido declarada Puerto Internacional Interamericano; ya no es la capital, que fue trasladada a “Marel Plata”.
Impera
un internacionalismo (hoy diríamos “globalismo”) de cuño liberal, masónico y
anglosajón. Por caso, la Plaza de Mayo se llama “plaza
Roosevelt”; la Plaza Miserere es “Plaza Confraternidad”; la ciudad de Olavarría
fue rebautizada “Jefferson”, y Resistencia, ahora sede de la “Gobernación del
Paraguay”, es “Walt Whitman”.
Sometidas
a esta forma de tiranía todas las personas están obligadas a llevar el
distintivo del nuevo poder, una “marka” formada por dos triángulos
cruzados “con el extraño signo verde que parece una letra hebrea”.
DEFECCION
También
la Iglesia se ha sometido por completo a ese nuevo orden mundial. Se ha formado
una “Iglesia Americana Unificada” y sus fieles integran el “Movimiento Vital
Católico” que dice defender la “verdadera doctrina” de Jesús, ese “gran
moralista de Nazareth”: “Dulzura, Democracia y Prosperidad”.
Hay
dos Papas en el mundo, o mejor un Papa y un Antipapa. La nueva Iglesia apóstata
obedece a Cecilio I, afincado en España, y descendiente de la familia Cecil de
Inglaterra, perseguidores de católicos en tiempos de la reina Isabel; el
Papa verdadero, que curiosamente eligió el nombre de León XIV, reina en
Jerusalén.
Se
ha impuesto, por tanto, “la herejía más sutil que existe, la última
herejía, dentro de cuyo caldo nacerá el Anticristo”, explica el Cura Loco.
“La
adoración de Dios -agrega el sacerdote levantisco- está siendo sustituida
imperceptiblemente por la adoración del Hombre; y eso sin suprimir a Cristo,
sino reduciéndolo súbdolamente a hombre. El misterio de iniquidad, que
consiste en la inversión monstruosa del movimiento adoratorio de hacia el
Creador en hacia la Creatura se ha verificado del modo más completo posible,
sin suprimir uno solo de los dogmas cristianos, como la Virgen Madre, el
Santísimo Sacramento, el Crucificado, solamente con convertirlos en ‘mitos’…”.
A
la descripción de semejante estado de cosas le sigue una exhortación a la
batalla: “De vosotros no sé; de mí sé decir que no hay descanso para mí, fuera
de la muerte, mientras esta abominación subsista…”.
LOS
‘CRISTOBALES’
Contra
ese régimen siniestro se alza la rebelión de los “cristóbales”, es decir, los
cristeros, los viejo-católicos, conducidos por el Cura Loco y guiados por la
figura misteriosa, esquiva, de Su Majestad Dulcinea.
Los
“cristóbales” están en la mira de los “federales” (la Policía) porque se niegan
a usar la oprobiosa “marka”, y por sus acciones de guerrilla y los
espectaculares sabotajes que ejecuta el Cura. Sobre ellos pende la amenaza de
ser capturados, torturados y deportados a los campos de concentración de la
remota “Tierral Fuego”.
Su
causa parece ser una causa perdida en un mundo sin caridad, pero la mantienen
en alto con heroísmo cristiano y la certeza -que no todos aceptan por igual- de
que su destino inminente es el martirio ya que Dios “nunca ha pedido al hombre
que venza sino que no sea vencido”.
“Estamos
defendiendo millares de hogares como el que fue nuestro -los arenga el Cura
Loco-. Estamos defendiendo las ruinas y la posibilidad de una gran nación, y
eso es defender nuestra fe y nuestra salvación. Defendemos a Dios”.
Su
divisa no es la “marka” infame sino la enigmática Dulcinea, a la vez una mujer
de carne y hueso seductora y repelente en partes iguales, y un símbolo de la
Patria, de la Reina del Cielo, de la Iglesia y de la Hermosura, “la
representación viva del Ideal, de la Belleza, de la Fe (…) del Entusiasmo de la
Poesía”.
Estos
nuevos “quijotes” van tras ella porque la novela de Cervantes, explica el Cura
Loco, expresó el núcleo de la filosofía del cristianismo: “la empresa
quijotesca por la búsqueda de la hermosura ideal”.
Ejemplo
de ese quijotismo es el tercer personaje en importancia de la novela, Edmundo
Florio, el policía que, enamorado de Dulcinea, traiciona a sus jefes para
sumarse a los “cristóbales”.
Florio
no es creyente y no comprende muy bien el sentido de su lucha; al acercarse a
ellos se ve insertado “en un espacio irreal y en un tiempo irreal”, un “mundo
nuevo” para él, y que sin embargo era “lógico y aun admirable...mirado
con los ojos de ellos. Había que retorcerse el cerebro para mirar como ellos”.
TRES
PARTES
En
la primera parte de la novela (“La rebelión de los cristóbales”) se presentan
los personajes y las líneas generales de la batalla física y espiritual que
libran los cristianos de la resistencia. En la segunda (“En pos de Dulcinea”),
el combate se torna cada vez más adverso, a medida que el planeta queda
atrapado en una vasta “guerra de continentes” que no prescinde de catastróficos
bombardeos atómicos.
Entre
las ruinas y el estrépito de las batallas planetarias va asomando la figura
temible y tenebrosa del Anticristo, Juliano Felsenburgh, nombre que el autor
toma prestado de Señor del Mundo.
Al
comienzo de la tercera parte (“Finale Lento Maestoso”) Felsenburgh es
designado, por aclamación, “Presidente del Universo”. Poco después usurpa
también el título de Papa, con lo que “ahora reunía en sus manos todos los
poderes…”. El Papa verdadero, Juan XXIV, es de “raza judía” y vive oculto “allá
en el Oriente”.
HOMBRE
Y OBRA
Según
sus propias palabras, Castellani empezó la redacción de Su Majestad
Dulcinea en 1946 (la primera parte), y la terminó en 1955 (segunda y
tercera parte), dato que pudo confirmar Sebastián Randle en el segundo tomo de
su monumental biografía del sacerdote (Castellani maldito: 1949-1981,
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Vórtice, 2023, segunda edición revisada).
Las
páginas de la novela dan testimonio a cada paso de su informado y cautivante
interés por la exégesis del Apocalipsis y la Parusía, junto con sus críticas de
toda la vida al liberalismo entreguista y cipayo; sus burlas de la prensa
rastrera y engañosa y de los adjetivos (todavía vigentes) que utilizan en sus
campañas de descrédito; su desprecio por la politiquería insustancial y
corrupta; su caricatura mordaz de los jerarcas eclesiásticos melifluos,
oportunistas y, en el fondo, apóstatas, que tanto había padecido como hombre de
fe.
Pero
también se permitió infiltrar, unas veces con humor y otras con dolorosa
franqueza, un reguero de experiencias, ideas, anécdotas o sentimientos
extraídos de su atormentada vida de sacerdote, en tiempos en que había sido
expulsado de la Compañía de Jesús y le habían prohibido celebrar la santa misa,
castigo que iba a extenderse por cerca de dos decenios.
Las
biografías del protagonista y el autor son idénticas. “El cura -se lee en el
capítulo IX de la segunda parte- había pertenecido a una orden religiosa, había
estudiado en Roma, había tenido un lío fenomenal con sus Superiores, había
estado ‘recluido’ (es decir, preso) dos años, se había fugado, había sido
echado de los Jeromianos y excomulgado por el finado Arzobispo. Parece ser,
según decía él, que el Papa León XIV le había arreglado el asunto según él
decía; y debía ser verdad”.
El
Cura Loco es Castellani en su máxima expresión. Los sermones que pronuncia, las
agudas definiciones que desliza, sus humoradas, sus guiños a amigos y
adversarios (el líder cristero Fermín Chávez hijo, un “coronel Jauretche”, el
“Código Damonte”, el “palacio Botana”, “las profecías de un tal Padre
Menvielle”), más sus confesiones tan emotivas (“La vida del cristiano es una
enfermedad. Lo peor de todo es la soledad, no tener ante quien llorar”)
pintan de cuerpo entero al escritor y al religioso.
Para
ambos vale la descripción que en la novela alguien hace del primero: “Es
un hombre Singular, de esos que hay uno solo, un Único”.
https://www.laprensa.com.ar/La-novela-del-Cura-Loco-575248.note.aspx
