MILEI O LA METAFÍSICA DE UN PODER QUE
NUNCA FUE
Por THIAGO BATTITI
En las salas silenciosas del Museo de Bellas Artes de
Corrientes reposa una pintura que no es pintura sino admonición. La obra El
circo se va del enigmático Benjamín Solari Parravicini —a quien la
posteridad ha ungido, con mezcla de fascinación y temor, como el “Nostradamus
argentino”— no se deja contemplar sin exigir del espectador un acto interior de
rendición.
El sitio Museos de Corrientes describe la escena con
sobria precisión: una figura andrógina, abatida, agotada tras la
función, rodeada de objetos que reducen lo humano a su caricatura: el reloj que
iguala los destinos, el espejo que devuelve la vanidad, la máscara que ya no
engaña a nadie.
Mas lo que allí se dice apenas roza lo que allí
sucede.
Porque esa figura no descansa: se desploma. No
medita: se derrumba. No espera: abdica.
El circo —esa arquitectura de lo ilusorio— se retira.
No hay aplausos, no hay despedida, no hay gloria final. Solo queda el actor
cuando el teatro se disuelve. Y entonces sobreviene la revelación más
terrible: el personaje era el único sostén del hombre.
El arlequín de Parravicini es, en rigor, el símbolo
del poder cuando pierde su ficción legitimadora. Ha vivido de la exageración
-como bien señala la crítica-, de la deformación, del artificio. Y ahora, en el
instante en que el espectáculo concluye, la verdad emerge con una
crudeza insoportable.
Nada había detrás.
En esta clave, la obra adquiere una resonancia
inquietante al proyectarse sobre la actualidad.
La irrupción de Javier Milei en la escena pública
—con su retórica inflamatoria, su gestualidad de ruptura, su vocación de
escándalo— ha sido celebrada por algunos como una revolución. Pero toda
revolución que se expresa en términos teatrales corre el riesgo de ser, en el
fondo, una representación.
El arlequín no gobierna: actúa.
Y cuando el acto termina, la política -que exige
sustancia, prudencia, orden- queda desnuda.
La figura de Karina Milei, en este contexto, aparece
como el reverso invisible del cuadro: el otro payaso oculto en el dorso
de la pintura, dato que el propio portal museístico destaca como un misterio
adicional. Dos figuras, dos planos, una misma teatralidad bifronte.
El poder, entonces, no sería sino un juego de
máscaras superpuestas.
ALINEAMIENTOS
La pintura se vuelve aún más elocuente cuando se la
coloca bajo la luz de los alineamientos contemporáneos.
El acercamiento hacia Israel introduce una dimensión
que no puede ser reducida a lo diplomático. Israel es símbolo, es
genealogía espiritual, es eje de una historia sagrada que no admite
frivolidades.
Y, sin embargo, cuando ese vínculo se instrumentaliza
en clave política —cuando se lo invoca como legitimación, como escenografía
moral—, corre el riesgo de convertirse en un elemento más del circo.
Por su parte, Estados Unidos representa la cúspide
del orden material: poder financiero, tecnológico, militar. Pero también —y
esto no es menor— la consagración de una cultura donde la imagen
precede a la esencia.
Entre ambos polos -lo sagrado y lo hegemónico- el
arlequín argentino intenta sostener su equilibrio. Pero su postura lo
traiciona: está vencido.
LECTURA CABALISTICA
Si se permite una lectura más profunda —y Parravicini
la permite—, el cuadro puede entenderse como la representación de un
desequilibrio en el orden del ser.
El centro (la voluntad, el poder, el juicio)
permanece activo —ese objeto rojo que el personaje sostiene con obstinación—.
Pero la vertical ha colapsado.
No hay trascendencia. No hay ascenso. No hay eje.
En términos tradicionales: la fuerza (guevurá)
ha sido separada de la misericordia (jesed). El resultado no es
orden, sino rigidez; no es justicia, sino tensión; no es autoridad, sino
simulacro de autoridad.
Parravicini no pintaba cuadros: insinuaba destinos.
Su obra -como sus célebres psicografías- se sitúa en ese umbral ambiguo entre
arte y revelación.
El circo se va no
describe un momento: anuncia un proceso.
El proceso por el cual:
- lo espectacular sustituye a lo verdadero,
- lo gestual suplanta a lo real,
- lo efímero ocupa el lugar de lo permanente.
Y, finalmente, todo se derrumba bajo su propio peso.
No es necesario forzar el símbolo para advertir su
dirección.
Cuando el poder se construye sobre
representación, su caída no es gradual: es súbita. Como un telón que se
desploma.
La historia enseña —con una severidad que los
modernos desprecian— que toda autoridad carente de fundamento termina
disolviéndose en:
- desorden interno,
- fragmentación social,
- violencia como sustituto de legitimidad,
- y, en no pocos casos, guerra.
El arlequín, sentado, no es un hombre
cansado: es una civilización exhausta.
CONCLUSION
No hay condena explícita en la obra. No hay dedo
acusador. No hay sentencia.
Solo hay una escena.
Pero esa escena contiene, como en los frescos
medievales, una enseñanza: el poder que no se funda en la verdad no
cae, se evapora.
Y cuando se evapora, deja tras de sí algo peor que el
fracaso: la evidencia de que nunca fue.
El circo se va.
Y lo que queda no es el espectáculo, sino el juicio.
https://www.laprensa.com.ar/El-circo-que-se-retira-570925.note.aspx
