“Ante nuestros ojos aparecen en lucha dos tradiciones; lejos de conducir el mismo contenido nocional son antagonistas. La una transmite sin disimulo la religión del verdadero Dios, y es la Tradición apostólica, en la cual la tradición primordial está totalmente incluida. La otra, llamada por los neognósticos Tradición primordial, transmite, bajo un disfraz de luz, la religión tenebrosa que quiere ponerse en el lugar de Dios”. (Jean Vaquié, Ocultismo y fe católica: los principales temas gnósticos).

jueves, 12 de marzo de 2026

¿SE PUEDE BAUTIZAR LA OBRA DE RENÉ GUÉNON?

 


por ANTOINE DE MOTREFF

 

LE SEL DE LA TERRE No 61, ÉTÉ 2007

 

Se sabe el peligro que representa, en tiempos de guerra, lo que se llama la “quinta columna”.
Ahora bien, la Iglesia en esta tierra está en guerra: es llamada, con toda razón, “Iglesia militante”.

De ahí el peligro, para ella, de aquellos que, pretendiendo ser sus miembros o sus amigos, pactan con sus enemigos más virulentos.

Entre esos enemigos de la Iglesia se encuentra, sin duda alguna, el esoterista René Guénon. Quienes se hayan tomado la molestia de leer lo que hemos dicho de él en Le Sel de la terre [1] se convencerán sin dificultad de que raramente ha habido un personaje tan “sulfuroso” como él.

Y, sin embargo, regularmente encontramos católicos que piensan que se puede sacar de René Guénon ideas interesantes, que se puede, en cierta medida, ser guenoniano y católico.

Señalamos aquí tres ejemplos bastante característicos.

 

Primer intento: Christophe Andruzac

 

Christophe Andruzac no es conocido más que por su obra René Guénon, la contemplation métaphysique et l’expérience chrétienne [2].

Esta obra está visiblemente destinada a un público católico, puesto que lleva un Nihil Obstat (I.H. Dalmais [3] O.P., París, 13 de mayo de 1980) y un Imprimatur (P. Faynel [4], V.E. París, 15 de mayo de 1980).

Christophe Andruzac se presenta como filósofo, discípulo del padre Marie-Dominique Philippe O.P., a quien cita y al que hace referencia con frecuencia.
El autor conoce algo de la Tradición católica, puesto que cita un artículo sobre René Guénon de Daniel Jacob aparecido en Permanence [5], la crítica de René Guénon hecha por Jean Vaquié en dos números de Lecture et Tradition (p. 115), y la escuela que se reclama de los trabajos del abbé Barruel (p. 89).

Christophe Andruzac es un aristotélico convencido. Piensa que Aristóteles llegó a una contemplación metafísica del Primer Ser. Llama a esto el “tigein por el Noûs de la luz del Ser primero” [6], el “tocar por el Intelecto” (p. 26; nótese la mayúscula, típica del guenonismo: conservaremos estas mayúsculas en las citas del autor).

Habría dos modalidades de la inteligencia especulativa del hombre:
– el modo discursivo, que hace conocer la realidad por una asimilación intencional;
– y el modo contemplativo, que “ya no procede por abstracción, sino por una especie de connaturalidad” (p. 26 [7]).

Christophe Andruzac describe la contemplación metafísica con términos que recuerdan la visión beatífica.

En esos momentos de contemplación perfecta se produce un contacto, un toque, un “tigein”, como dice Aristóteles, por el Noûs de la luz del Ser primero. En esos momentos el Noûs del hombre está totalmente actualizado por Aquel cuyo ser es una luz intelectual. Intentemos distinguir dos modalidades de la vida de la inteligencia especulativa del hombre: el conocimiento intelectual especulativo (de modo discursivo) conoce lo que es la realidad; se trata de una asimilación intencional de la forma de la realidad conocida y, por tanto, de la posesión de la quididad de esa realidad conocida. […] En cambio, la contemplación metafísica (conocimiento de modo contemplativo) ya no procede por abstracción sino por una especie de connaturalidad, no siendo ya el verbo interior producido una especie de copia de la realidad, un concepto, sino un exceso de luz espiritual, el Ser primero comunicando su vida y su luz a quien se ha purificado suficientemente para poder adquirir el hábito contemplativo. Durante esta contemplación el espíritu está como estabilizado en la presencia de inmensidad del Ser primero y como sumergido en su luz. El fruto de esta contemplación, sobrepasando la disposición habitual de conocer de la inteligencia —si hemos de creer a quienes la han experimentado— obliga a admitir que el Ser primero participa en la actuación del Noûs otorgándole una sobreabundancia de su propio bien: ¿no es esta sobreabundancia ese “algo divino [8]” que posee la inteligencia, como afirma Aristóteles [9]? (pp. 26-27).

Dice además que es necesario participar de la luz de Dios, de un modo que hace pensar en la luz de gloria:

Es esta comprensión, esta intelección, esta participación en la luz deslumbrante del Intelecto primero lo que llamamos con el término técnico “contemplación metafísica” (p. 25).

Pero, ¿esa luz deslumbrante de la que nos habla Christophe Andruzac es acaso la luz de gloria? ¿No será más bien la iluminación gnóstica?

 

Esoterismo, iniciación

 

Christophe Andruzac pretende que el Ser primero o divino se manifiesta en diversas religiones o tradiciones (p. 23).

Sin embargo, más allá de la pluralidad de formas religiosas exotéricas, admite la legitimidad de la búsqueda de un contacto más personal con lo divino.
Este es el esoterismo, que él define como “la búsqueda de una participación en la vida luminosa y límpida de Dios” (p. 33).

Esta participación en la vida luminosa y límpida de Dios no es otra cosa que la “contemplación metafísica” de Aristóteles, los momentos de alegría que procuran el “tigein del Noûs” (p. 33).

Así es como la describe:

“El Verbo “ilumina a todo hombre”, pero comunica de manera especial y directa su luz a quien se esfuerza por unirse a Él en la contemplación metafísica —lo que Aristóteles llama el “tigein” del Noûs. El Sabio que contempla está más allá del conocimiento discursivo y conceptual; muy por encima de todo lo que procede de una abstracción, busca, de cierta manera, “ver en el Verbo”, pues todas las cosas residen en Él en estado de “no-manifestación” (sin esse propio). Si consideramos a los seres en cuanto subsisten en el Verbo (miramos entonces no las cosas, sino el Sí mismo de las cosas), comprendemos mejor cuánto para el Sabio (aquel que ha llegado a lo que Guénon llama la Realización metafísica) hay identidad entre ser y conocer (p. 57).

“Como esta contemplación sigue siendo difícil de alcanzar, es útil beneficiarse de microcosmos portadores de influjos espirituales que favorezcan el hábito contemplativo (p. 34).

“Él [René Guénon] designa con el término técnico de “Iniciación” la transmisión del influjo espiritual que favorece el “hábito” contemplativo, y califica de “Tradicional” toda forma de comunidad que facilite a sus miembros el acceso a la contemplación. Llama “Realización metafísica” a la disposición habitual a la contemplación.

Aun admitiendo que René Guénon desconoció el cristianismo, Christophe Andruzac pretende que expuso correctamente un método de contemplación metafísica, también llamada Sabiduría iniciática, pues se apoya en una iniciación (“la Iniciación en sentido guenoniano es el hábito de contemplación metafísica del Noûs” – p. 71).

El autor piensa que la mayoría de las religiones y cofradías religiosas proporcionan la iniciación virtual, al permitir a sus miembros vivir en una atmósfera religiosa de adoración (p. 90).

De este modo queda recuperada la gnosis de René Guénon en un marco aristotélico.

Pero para hacerlo, Christophe Andruzac debe atribuir a Aristóteles mucho más de lo que el filósofo griego dice.

En cuanto a santo Tomás de Aquino, fiel discípulo de Aristóteles, pero que supo corregirlo cuando era necesario, Christophe Andruzac nos explica que este Doctor no analizó la contemplación del Noûs de Aristóteles, porque “debía de ser delicado extenderse sobre la experiencia espiritual de un ‘pagano’… ¿No se corría el riesgo de exponerse a una incomprensión y a un rechazo de principio? (se sabe que la doctrina de santo Tomás fue condenada por el arzobispo de París)” (pp. 124-125).

Así, incluso santo Tomás es presentado como un gnóstico oculto [10]…

 

Las dos contemplaciones

 

La contemplación metafísica, nos dice el autor, se distingue de la contemplación cristiana.

Christophe Andruzac, que escribe visiblemente para cristianos, defiende la contemplación cristiana (contra René Guénon), pero al mismo tiempo critica la teoría clásica y común de la contemplación infusa ofrecida a todos.

Para Christophe Andruzac se trata de un error común muy grave.
Quiere que, junto a la contemplación infusa de tipo carmelita, exista otra contemplación de tipo dominicano, que vendría de los padres del desierto, sería activa, permitiría la actividad del Noûs, y sería por tanto compatible con la contemplación metafísica de René Guénon… (pp. 75-78).

El desconocimiento de esta distinción entre dos contemplaciones cristianas (la contemplación adquirida “dominicana” y la contemplación infusa “carmelita”) habría conducido —según Christophe Andruzac— a consecuencias lamentables:

“Si, al parecer, las dos contemplaciones nunca han sido distinguidas claramente, se comprende que las relaciones entre la Iglesia y las comunidades iniciáticas hayan variado desde la colaboración sincera y ferviente (la Francmasonería en la Edad Media, la Orden del Temple en sus inicios, etc.) hasta el anatema recíproco (la Gnosis de Alejandría, un gran número de teólogos católicos contemporáneos de René Guénon, etc.) (p. 87).

En realidad, la mayoría de los autores católicos [11] enseñan que la contemplación es el nombre dado a la oración cuando se vuelve infusa [12].
Por lo tanto, para estos autores, no hay más que una sola contemplación: la contemplación infusa.

Sin duda, algunos autores piensan que puede existir una contemplación adquirida que conduzca hasta la unión con Dios, término de la vida espiritual (Andruzac cita al padre Meynard O.P.). Pero jamás estos autores han dicho (ni pensado) que esta contemplación adquirida (cristiana, por tanto sobrenatural) permitiría la actividad propia del Noûs y sería así semejante a la contemplación metafísica de René Guénon. Eso equivaldría a admitir que dicha contemplación metafísica conduce también a la unión con Dios.

 

¿Qué pensar de la contemplación metafísica?

 

¿Qué debe pensarse de esta contemplación metafísica? Para Christophe Andruzac, es el aporte fundamental de René Guénon.

Nuestro autor admite que René Guénon cometió algunos errores, particularmente en sus apreciaciones sobre la dogmática católica; pero, dice, si no se comprende la contemplación del Noûs, se le critica sobre puntos secundarios (p. 102).

La contemplación metafísica habitual, o realización espiritual, nos explica, es una participación en el estado primordial de la humanidad, cuya desaparición se explica de diversas maneras. Pertenece al orden preternatural (p. 35).
¿Podría entonces reencontrarse ese estado primordial (el estado de justicia original) sin pasar por Nuestro Señor Jesucristo?

¿Ya no sería necesario el único Salvador para suprimir la pena del pecado original?

Uno se pregunta cómo este libro pudo obtener el Nihil obstat y el Imprimatur.

La confusión entre naturaleza y sobrenaturaleza se encuentra también en la concepción del intelecto humano [13]. Christophe Andruzac cita con complacencia la frase atribuida [14] a Maestro Eckhart: «Hay en el alma algo que es increado e increable; si toda el alma fuera así, sería increada e increable —y eso es el Intelecto.»

Cita incluso a santo Tomás: «La criatura, en Dios, es la misma esencia divina» (p. 49).

Pero Christophe Andruzac olvida decirnos que esta frase de Maestro Eckhart fue condenada por la Iglesia (DS 976) y retractada por el autor (DS 980).
En cuanto a santo Tomás, él dice que la criatura en Dios, tal como es conocida por Dios, es idéntica a Dios. No dice en absoluto que la criatura en sí se identifique con Dios.

La gnosis, en realidad, confunde la manera en que Dios conoce con la manera en que nosotros conocemos.

Dios es idéntico a lo que conoce, porque se conoce a sí mismo y todo lo que preexiste en Él.

En cuanto a nosotros, nos identificamos por el conocimiento con la cosa conocida, pero de manera intencional; es decir, la cosa está presente en nuestro espíritu como conocida, pero no está presente de modo ontológico, con su realidad física.

Pues bien, según Christophe Andruzac, la contemplación del Noûs se realizaría según un modo casi sustancial y no solamente intencional (p. 39) [15].

Dos cosas posibles:

– O bien esta contemplación del Noûs es de orden natural, pero entonces solo puede haber un conocimiento intencional de Dios.

– O bien es de orden sobrenatural, pero eso equivaldría a admitir que la gracia de Dios se da independientemente de Nuestro Señor Jesucristo, de la fe y del bautismo.

 

¿Existe un más allá del ser?

 

La existencia de un más allá del ser es una de las afirmaciones clásicas de la gnosis: el ser es el primer principio en el orden de la manifestación, pero —nos dice René Guénon— tiene un principio más elevado, el No-Ser, el Cero metafísico.

Christophe Andruzac es igualmente ambiguo en este punto:

“En el orden de la comprensión, la inteligencia no puede ir “más allá” del Ser primero (se le ha calificado de “trascendente” precisamente porque se le ha descubierto como un “Abismo” para nuestra inteligencia). Pero en el orden de la representación es posible, en una perspectiva apofática y por modo de “intuición”, elaborar un cierto número de “Weltanschauungen”, como dicen los alemanes, en las cuales lo finito y lo infinito estén en situación de inmanencia recíproca (p. 45).

Christophe Andruzac, pues, no ve nada objetable en la distinción de las “doctrinas orientales” entre Brahma (inaccesible a la inteligencia; solo conocemos de él el an sit [la existencia]) y Ishwara, que es el Ser primero conocido según ciertas determinaciones distintivas (infinitud, eternidad, inmutabilidad, unidad, etc.).

La Sabiduría hindú diferencia tres “manifestaciones” de Ishwara, que son tres modos de la causalidad del Ser primero: Ishwara es Brahmâ en cuanto donador del esse; Vishnu en cuanto donador de la vida; Shiva en cuanto transformador —en el sentido fuerte de principio que permite al ser dotado de espiritualidad, y solo a él, reencontrar su Sí mismo. ¡Y pensar que algunos, y no de los menores, han visto ahí un politeísmo! (p. 56).

Quienes hayan leído nuestro estudio sobre la metafísica de René Guénon comprenderán la gravedad de semejante afirmación [16].

Decir que Brahma es superior a Ishwara significa afirmar que hay una divinidad superior al Ser primero, o que el dios de los hindúes y de los gnósticos (el No-Ser) es superior al Dios de los cristianos (que se llama: «Yo soy el que es»).

 

¿Salvación o liberación?

 

Christophe Andruzac es muy ambiguo sobre el lugar que debe darse a esta «Sabiduría iniciática» y al estado de «Realización espiritual» alcanzado por quien posee el habitus de contemplación metafísica.

¿Puede esto reemplazar la salvación cristiana? Parece que sí. En efecto, tras haber establecido una distinción entre salvación y liberación (p. 115), el autor sugiere que la contemplación metafísica podría proporcionar una bienaventuranza post mortem:

“¿Puede sostenerse explícitamente que la «contemplación metafísica» sea propiamente beatificante? ¿No implica legítimamente semejante bienaventuranza «en esta vida» prolongarse de manera homogénea más allá de la muerte? […] (la privación de la visión beatífica prometida como castigo del pecado original ha sido a veces comprendida como significando para los no bautizados quaedam damnatio [una cierta condenación]; ver Roland Dalbiez: L’Angoisse de Luther, p. 66-67 y Dz 410, 534, 1526 y 3049). Parece que en lo que concierne a las condiciones de la salvación (por tanto, la estructura de la contemplación post-mortem) de aquellos que no pertenecen a la Iglesia visible, esta última deba permanecer en la pobreza y en la confianza en la misericordia de Cristo. En su encíclica inaugural Redemptor hominis, el papa Juan Pablo II insistió en el misterio de Cristo que «se une a cada hombre, a todo hombre» (§ 13, p. 19 de la ed. de la DC) [p. 124].

Así, fuera de la visión beatífica obtenida por el Hijo (la salvación de los cristianos), podría haber una contemplación metafísica beatificante para los no cristianos en el Verbo:

“Nuestra presente distinción entre la luz del Verbo y la del Hijo […] que pasó desapercibida a los Padres de la Iglesia, nos parece imponerse hoy en día para poder aceptar la recomendación de la Iglesia de «hacer progresar los bienes espirituales» que se encuentran en las religiones no cristianas (Nostra aetate, n.º 2), rechazando al mismo tiempo el sincretismo religioso. Esta apertura reciente de la Iglesia hacia lo universal no es idéntica a su obra secular de apostolado. Podría preguntarse si esta apertura, que solo interviene tardíamente en la vida de la Iglesia, no está prefigurada, bajo la pluma de san Juan —que viene al final y «cierra» la Biblia—, por la exaltación del «Verbo de Dios» (Jn 1, 1 y 1, 14; 1 Jn 1, 1 y Ap 19, 13). ¿No evoca alegóricamente la estrecha correlación en la cual el Evangelista mantiene los nombres del Verbo y del Hijo que «al final», el Cordero, recapitulando la obra de la Creación y la de la Redención, conceda gracias particulares a la contemplación del Verbo dada en las diversas religiones no cristianas? ¿No es el ecumenismo contemporáneo, tomado en su sentido más profundo y en su mayor extensión, una preparación misteriosa para ello? Se trata, evidentemente, de una pregunta, pero pensamos que merece ser planteada [p. 127-128].

 

Cuando la gnosis se alegra con la nueva teología

 

Ya hemos visto que el autor se apoya en la primera encíclica de Juan Pablo II y en la declaración Nostra ætate del último concilio. Escribe además:

“Entre los esfuerzos contemporáneos de apertura, conviene señalar la declaración Nostra ætate del concilio Vaticano II («declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas»). La afirmación de que «la Iglesia no rechaza nada de lo que es verdadero y santo en estas religiones» debe ponerse plenamente de relieve, pues va a contracorriente de las corrientes dominantes de la apologética. La referencia a «la verdad que ilumina a todos los hombres» exige, creemos, ser muy claramente distinguida de la referencia a «el camino, la verdad y la vida» que es la luz de Cristo —distinción que la citada Declaración no explicita, dejando abierta la conclusión de que el único culto que agrada a Dios es el culto cristiano, conclusión que no tiene sentido fuera de la Doctrina sacra [p. 87].

Christophe Andruzac piensa que el Concilio, al poner en valor la riqueza espiritual de las diversas religiones, ha rechazado la posición de aquellos que declaran ilegítima la experiencia de contemplación que finaliza el sufismo, el zen, el hinduismo… (p. 113).

Sin embargo, considera que el Concilio no ha ido lo suficientemente lejos en su análisis de las otras religiones. Reconoce que Juan Pablo II hizo mejor (escribe en 1980):

“En su encíclica inaugural Redemptor hominis, Juan Pablo II se esforzó por iluminar y precisar cierto número de puntos abordados por el concilio Vaticano II. Notemos (§ 11, p. 7 de la edición de la DC) su insistencia en «el primado de lo espiritual» en toda religión y su retomada (ibid., ver nota 67) de la gran visión de los Padres de la Iglesia sobre las «semillas del Verbo [17]» que son las diversas religiones [p. 89].

Pero todavía no es suficiente:

“Nos vemos obligados a señalar que el término «contemplación» está ausente del texto original (latino) de esta declaración conciliar, mientras que sí se utiliza en los textos que tratan de la contemplación cristiana. Esta ignorancia por parte de la tradición de la Iglesia romana de la contemplación del Noûs nos lleva a preguntarnos si la asistencia de la que goza el magisterio no estaría limitada a la Doctrina sacra [18]. Johann Reuchlin estima que esta asistencia apenas se extiende a las «conclusiones teológicas» —y ni siquiera siempre [19] [p. 89].

  

Conclusión

 

La obra de Christophe Andruzac se presenta de una manera aparentemente aceptable para un católico (está provista de Nihil Obstat e Imprimatur, reconoce que Guénon a veces desconoció el dogma, se reclama de santo Tomás de Aquino, de autores católicos no sospechosos, etc.). Pero, en realidad, es gnóstica, pues favorece la tesis fundamental de la gnosis: se puede alcanzar su finalidad, la bienaventuranza, por una vía de conocimiento independiente de la gracia de Nuestro Señor Jesucristo.

Presenta bajo una luz favorable a René Guénon, uno de los principales gnósticos de nuestra época. Se alegra de la evolución de la Iglesia desde el Vaticano II, deseando además que continúe.

¡Que quienes tienen ojos para ver, los abran!

 

*

Segundo intento: Jean-Luc Maxence

 

Jean-Luc Maxence es un autor conocido en los medios de la Tradición católica. Señalemos solamente que lleva la crónica literaria de Monde et Vie.
Es autor de un libro aparecido en 2001: René Guénon, Le philosophe invisible [20].

Jean-Luc Maxence no es un metafísico, sino un cronista. Por eso, el estilo de su libro es muy diferente del de Christophe Andruzac.

Sin embargo, él también contribuye a hacer aceptar a René Guénon entre los católicos. Veamos un poco cómo procede.

 

Una mala erudición

 

Jean-Luc Maxence cita a muchos autores de todo tipo, católicos y gnósticos. Encontramos en su bibliografía: R. Abellio, R. Amadou, J. Boucher, T. Burckhardt, H. Corbin, J. Évola, etc.

Pues bien, nunca advierte contra los malos autores que cita: por ejemplo, René Guénon es presentado junto con Giordano Bruno [21] como «antimaterialista» (p. 28); Simone Weil es una «gran mística», «gnóstica contemporánea» (la palabra gnóstica no es peyorativa aquí) (p. 194).

A menudo el autor utiliza los textos citados para hacer pasar un elogio de René Guénon. Por ejemplo:

Léopold Ziegler, miembro de la Academia de Ciencias y Letras de Maguncia, escribe así:

«Guénon, frente al proceso de declive que arrastra irresistiblemente a nuestra generación, hace un llamamiento a la única fuerza contraria de la que pueda aún venir la salvación. […] Va directamente a la solución que concierne al hombre entero, nos impone como una tarea imperiosa el retorno al bien común y hereditario de la humanidad, a esa tradición integral, precisamente, que podríamos llamar también el saber primordial, aquel que eleva al hombre por encima de la animalidad, o también la revelación primordial, ciertamente perdida, pero no definitivamente desaparecida.» [p. 189].

 

Maxence evita criticar a René Guénon

 

Jean-Luc Maxence expone a menudo el pensamiento de René Guénon sin criticarlo, como si pudiera compartirse:

Lo que importa es el núcleo de tradición auténtica, sea cristiana, islámica u otra (p. 63). Para él, las grandes tradiciones orientales, hindú y china, han sabido conservar una parte importante de los principios de la metafísica, mientras que el catolicismo, incluso en la Edad Media, y la francmasonería regular no poseen aún más que vestigios dispersos, reflejos de alguna manera (p. 121). Lo que es seguro es que toda la obra de Guénon ilustra en cierto modo la idea de una gnosis, o conocimiento salvífico, fuente y fundamento de todas las religiones (p. 116).
Lo que importa para el filósofo, al final del recorrido del laberinto de la vida —sea este trazado o no sobre el enlosado de ciertas iglesias y considerado como sustituto de la peregrinación a Tierra Santa—, es el principio central, el depósito de la Tradición que hay que reencontrar cueste lo que cueste (p. 185). [Tiene una] manera única de sugerirnos, más que de decirnos, que se trata, para ser salvado, de reintegrar el estado primordial, el estado paradisíaco original. Guénon sabe despertarnos, por así decirlo, al peregrinaje «metafísico» (p. 188). El influjo del pensamiento de Guénon persiste, tanto más cuanto que su aspiración a una toma de conciencia de la unidad y la identidad fundamentales de todas las tradiciones no le impide en absoluto afirmar que las formas tradicionales pueden compararse a vías que conducen todas a un mismo fin, ciertamente, pero que —lo subrayamos a propósito—, en cuanto vías, no dejan por ello de ser distintas (p. 242).

Para presentar errores sin que lo parezca, Jean-Luc Maxence procede mucho por preguntas. En la introducción, 22 frases consecutivas terminan con un signo de interrogación (p. 14-15).

Jean-Luc Maxence deprecia el combate contra René Guénon: hay que saber apreciar el bien que se encuentra en él, sin hacer de grandes inquisidores (p. 13).
Critica especialmente «el integrismo»: René Guénon no tenía nada que ver con el tradicionalismo miope de los integristas (p. 30).

 

Una gran admiración por René Guénon

 

El tono general de la obra es muy admirativo hacia René Guénon, «insaciable buscador de absoluto, al que no se trata de creer siempre al pie de la letra, sino según el espíritu» (p. 230).

He aquí algunos ejemplos de elogios dirigidos a René Guénon:

  • Deja una lección de rigor, de honestidad, de discernimiento (pp. 67-68).
  • Al obligarnos a un acercamiento de las civilizaciones y de los mitos, el enfoque de René Guénon podría ser salvífico (p. 73).
  • René Guénon permite un análisis seguro del fenómeno de las sectas [22] (p. 112).

 

Jean-Luc Maxence recomienda varios libros de René Guénon: Hay que leer El Hombre y su devenir según el Vedānta (p. 125) e incluso meditarlo (p. 126); La Crisis del mundo moderno es su obra maestra [23] (p. 141); El Esoterismo de Dante debe leerse y releerse (p. 177); El Simbolismo de la Cruz es, según él, una de las obras maestras de René Guénon (p. 208). Sus Estudios sobre la fm y el companonaje son considerados de capital importancia por los historiadores (p. 219).

Algunos católicos le han arrojado a la cara el insulto de «sincretista», cuando lo que él busca es una síntesis (p. 128).

Es el arquetipo del hombre tradicional (p. 131), del hombre lúcido (p. 152). Guénon es verdaderamente un sabio, un contemplativo (p. 156), un sabio ecuménico antes de tiempo (p. 197).

Es un representante contemporáneo del verdadero espíritu tradicional, cualquiera que sea la forma que revista (p. 191).

Permanece como un sabio erguido en medio de las ruinas (p. 193).

Metafísico ante todo, en un sentido universal, nos obliga de alguna manera a comprometernos en la búsqueda apasionada del camino de la verdad (p. 231).

Quiera uno o no, es un monumento de nuestro patrimonio filosófico nacional (p. 252).

 

Los límites de René Guénon: su gnosis

 

Jean-Luc Maxence pasa rápidamente sobre los errores más graves de René Guénon. Asegura que este último no desperdició su juventud (p. 45) y que supo salir del ocultismo en algunos meses (p. 115).

Sin embargo, no puede evitar reconocer que la doctrina de René Guénon está emparentada con la gnosis (pp. 61-62). Sin equívoco —nos dice—, su actitud es de inspiración gnóstica (p. 193).

Sin embargo, no nos engañemos: el punto central de la obra guenoniana, a saber, que la Revelación está contenida en la Tradición primordial que, cronológicamente, se sitúa antes del cristianismo, «y que todo lo que viene después está más o menos degradado», según la expresión del periodista de Planète, no puede ser aceptado por la Iglesia católica, cuyo fundamento de la fe «procede de la intervención misma de Dios en la historia humana», explica Jean Daniélou (pp. 254-255).

El Dios personal del cristianismo no es en absoluto el de Guénon, de ninguna manera (p. 132).

Pero lo excusa:

Guénon vivió durante su infancia, según los escasos testigos de su vida, una suerte de piedad religiosa demasiado “sentimental”, reflejo de una época san-sulpiciana. Y, por esta razón, rechazó a ese Creador al cual se dirige uno mediante la oración, como a una persona divina (p. 132).

 

Estos límites no impiden utilizar a René Guénon

 

Jean-Luc Maxence desarrolla toda una serie de argumentos:

— Incluso si no se admite la gnosis, René Guénon permite comprenderla mejor (p. 70).

Se trata, en Guénon, de un profundo enfoque espiritual del ser en su proceso de liberación gradual; se trata de un largo devenir constantemente aceptado, de un itinerario hacia la “identidad suprema”. Uno piensa entonces en la vía de ciertos grandes místicos como san Juan de la Cruz o Charles de Foucauld, por tomar ejemplos cristianos. Puede pensarse también en el maestro Eckhart cuando dice: «Hay en el alma algo no creado e increable; si toda el alma fuese tal, sería no creada e increable; y eso es el intelecto [24].» (p. 132).

— René Guénon, precioso por sus intuiciones intelectuales frecuentemente tan justas, sigue siendo una mina de erudición abierta a la síntesis (p. 178).

— Es apasionante comparar esa tradición integral con la tradición cristiana (p. 191).

— René Guénon ha hecho volver a personas a la religión católica [25] (p. 199).
En estos tiempos de ecumenismo, leer o releer a Guénon no es una herejía, es una necesidad (p. 204).

De su obra irradiando hacia los cuatro puntos cardinales de las confrontaciones interreligiosas, queda —más allá de los equívocos y de las polémicas que el tiempo ha apaciguado— el ejemplo de una exigencia de “busca” incesante de la verdad inexpresable, la altura de miras de un maestro espiritual poco ortodoxo, ciertamente, pero que ha ayudado mucho a una verdadera comprensión del sentido simbólico de los distintos rituales religiosos, y ayudará durante mucho tiempo aún a los buscadores de Dios sedientos de “liberación” a discernir las derivas sincretistas y otros pseudospiritualismos de los ensayos metodológicos de síntesis que sugieren el gran porqué de la armonía universal (p. 250).
El filósofo orientalista ha sabido llevar a su lector hasta el extremo más íntimo del corazón humano —podría decirse—, y unirse por ello mismo a la alta mística cristiana. Por supuesto, Guénon es discutible en muchos puntos; ¡no se trata de creer sus análisis como palabras del Evangelio! Así, el filósofo hermético Raymond Abellio, aun admitiendo «que los análisis guenonianos llegaron en el momento preciso a poner un rigor indispensable en el fárrago ocultista del siglo XIX», no reconocía, o ya no reconocía, como suyo el camino de Guénon [26] (p. 250).
En cuanto a la Iglesia católica, ha llegado sin duda la hora de que ya no tema los “errores” reales de la obra de René Guénon, los “límites que la vuelven inaceptable para un cristiano” y que fueron docta y justamente analizados por Jean Daniélou poco después de la muerte del filósofo de El Cairo, sino de considerar más bien su “parte de verdad” (p. 253).

En el fondo, el interés profundo de la obra de René Guénon, y especialmente todos sus textos y reseñas de artículos de revistas sobre la francmasonería, sus símbolos y su historia, es que incita a cada uno a una meditación, nivel tras nivel, sobre el sentido de las palabras sagradas, de los rituales, y sobre el misterio de Unidad que une, en el plano metafísico y escatológico, todas las Revelaciones, y principalmente el judaísmo, el cristianismo y el islam, herederos comunes de una innegable Tradición abrahámica (pp. 245-246).

 

Algunas ventajas de la lectura de René Guénon

 

Las ventajas de la lectura de René Guénon se enumeran en la página 256:

El redescubrimiento de su obra puede servir al cristianismo y ayudarle, por una parte, a comprender mejor el valor profundo del simbolismo; por otra, a escuchar mejor las sabidurías de Oriente y captar las dificultades de Occidente. ¿Podría también incitar a la religión católica a revisar sus juicios ex cathedra respecto del enfoque masónico en particular? ¿Podría también ayudarla a percibir mejor la importancia del sufismo? ¿A convivir mejor, en ciertas regiones, con el islam?

 

Veamos esto con más detalle:

Comprender mejor el valor profundo del simbolismo:

Hoy se necesita un simbolismo fuerte (p. 72).

La obra de René Guénon destaca muy bien la importancia del símbolo y esto puede impulsar una restauración [27] (p. 203).

Escuchar mejor las sabidurías de Oriente y captar las dificultades de Occidente [28]:
René Guénon reprocha a Occidente su filosofía materialista y busca en Oriente una inteligencia informal (p. 139).

Ama en Oriente la superioridad de la contemplación sobre la acción (p. 149).

Incitar a la religión católica a revisar sus juicios ex cathedra con respecto al enfoque masónico

[La fm] fue primero, como se sabe, condenada con extrema claridad por los papas Clemente XII en 1738, Benedicto XIV en 1751, y sobre todo León XIII, con la encíclica Humanum genus en 1884, antes de ser de alguna manera «desdiabolizada» por el Concilio Vaticano II, aunque la prohibición de la «doble pertenencia», stricto sensu, se mantenga [p. 231].

René Guénon puede ayudar a una mejor comprensión, por parte del católico practicante que desea no caer en algún esoterismo dudoso, del enfoque masónico en general. […] Quiere permanecer ante todo bien fijado en los principios del simbolismo tradicional y, gracias a esta rigurosidad, abre, según nosotros, la puerta a una posible reconciliación entre todos los lectores de símbolos, sea cual sea su procedencia. Si algún día la Iglesia católica suaviza aún más su juicio sobre la francmasonería, en la medida en que ésta, por supuesto, no suprima su referencia al famoso «Gran Arquitecto del Universo», ambas partes se lo deberán en gran medida a René Guénon, nos parece [p. 233].

René Guénon, continúa Maxence, expuso bien la significación del lema masónico: reunir lo que está disperso, comparando los diversos mitos. Se trata de construir al hombre universal; eso recuerda a Cristo, él también sacerdote y víctima (como Vishwakarma [!]). «Así queda cerrada la línea de comparaciones», comenta nuestro autor: no hace falta que se lo digan (p. 234-235).

Guénon, al estudiar con sutileza y con el excepcional sentido analógico que es propio de él los “instrumentos simbólicos” de la francmasonería, no sólo contribuyó al resplandor del simbolismo en su tiempo, sino que abrió una brecha importante hacia posibles puentes de aproximación entre la masonería de inspiración espiritualista y la Iglesia católica [29], por ejemplo [p. 241].

Él explica mejor que nadie su historia, sus reglamentos (landmarks), sus formas, sus rituales, sus costumbres, sus principios fundamentales, su pacto; en suma, pone en luz su “ciencia sagrada”. […] Sin embargo, más allá incluso de todo lo anterior, Guénon retiene de la vía iniciática que propone la francmasonería que se trata de un camino personal de despertar ante lo sagrado, una especie de ascesis continua orientada a “desbastar la piedra bruta”, una auténtica disciplina de arquitectura «como propedéutica para la edificación personal», según la expresión tan justa del «guenoniano» Patrick Négrier [p. 246].

¿Ayudar a la Iglesia católica a percibir mejor la importancia del sufismo? ¿A convivir mejor, en ciertas regiones, con el islam?

Maxence cita, sin refutarla, esta explicación de Gilbert Durand [30] sobre el paso de René Guénon al islam:

Gilbert Durand explica: «De un lado, el deber del creyente es la sumisión ritual y ética a un clero; del otro, como en toda tradición profética y especialmente la de los judíos, el deber del creyente es la hermenéutica, el desciframiento de las voluntades del Libro. De un lado, la obediencia a una sociedad humana sacralizada por el magisterio que ella ordena, la Iglesia y su jerarquía eclesiástica y jurídica; del otro, la obediencia al sentido de la palabra imperativa de Dios.» [p. 156].


Conclusión

 

Aunque proceda de una manera diferente al libro de Andruzac, esta obra es peligrosa para un católico. Tiende a hacer creer que René Guénon es un autor que se puede —e incluso que se debe— leer. Propaga algunos de sus errores más graves, en particular su mirada favorable sobre la francmasonería y sobre las falsas religiones.

No es sorprendente, por tanto, encontrar en Maxence la misma admiración por Juan Pablo II que en Andruzac. Nos explica que la «nueva evangelización», bajo el impulso de un Juan Pablo II inspirado, es un intento espectacular (p. 48).
Pero cabe preguntarse: ¿cómo es posible que un autor así sea acreditado en ciertos medios de la Tradición católica?

 

Tercer intento: Bruno Bérard

 

He aquí otro libro provisto del Nihil Obstat (M. Dupuy, París, 8 de enero de 2003) y de un Imprimatur (M. Vidal, V.E. París, 9 de enero de 2003): Introducción a una metafísica de los misterios cristianos – En comparación con las tradiciones budista, hindú, islámica, judaica y taoísta, por Bruno Bérard (París, L’Harmattan, 2005). Pero esta vez tenemos derecho a dos prefacios para “cubrir” la obra: uno de Mons. Dubost, obispo de Évry-Corbeille-Essonnes, y otro del padre Michel Dupuy [31].

Los dos prologuistas no han comprendido sin duda en qué se estaban metiendo.
El obispo dice, como disculpándose:

“No soy metafísico. No soy especialista en religiones. Me es por tanto imposible apreciar “técnicamente” el ensayo de Bruno Bérard. Y sin embargo me ha apasionado”.

Lo que apasionó a Mons. Dubost fue ver una experiencia (la del autor) en confrontación con otras experiencias religiosas. En ello ve una resonancia que hace «vibrar la reflexión sobre el misterio cristiano» (sic). Si Mons. Dubost hubiera conocido la filosofía de santo Tomás de Aquino (pero él mismo confiesa su «incultura filosófica»), sin duda habría podido analizar esta obra de otra manera que en términos de “experiencia” (rejilla de lectura modernista).

Bruno Bérard describe así su propio libro:

“Presenta la síntesis de una gnosis crística, término de toda metafísica y de toda teología mística, con analogías con el budismo, el hinduismo, el islam, el judaísmo y el taoísmo”.

Es posible que el autor sea de buena fe, y que se haya dejado engañar por los autores a los que se refiere, Jean Borella [32] y François Chenique [33] especialmente, que han intentado cristianizar la “metafísica” de René Guénon (y que Jean Vaquié había señalado ya como representantes de la escuela del esoterismo cristiano [34]).

Cree que en cada religión, y por tanto en el cristianismo, es posible un camino esotérico. Más allá de la teología especulativa existiría la teología mística o gnosis.

Es siempre la misma tentación gnóstica de descubrir verdades más allá de la fe. Sin embargo, la fe —y la teología que se basa en ella— es el conocimiento supremo aquí abajo: es ella la que debe juzgar todas las experiencias místicas. No hay una teología mística que esté por encima de la teología especulativa.

Por lo demás, lo que el autor llama mística no tiene gran cosa que ver con la mística de san Juan de la Cruz, y su metafísica no es la de Aristóteles y santo Tomás de Aquino. Detrás de esas palabras se esconden especulaciones inspiradas en René Guénon, Frithjof Schuon y otros gnósticos.

El autor se entrega, bajo la dirección de sus maestros (Jean Borella, François Chenique y el abbé Henri Stéphane), a un análisis “metafísico” de los misterios cristianos (la Trinidad, la maternidad divina de María, la encarnación), y extrae de ello paralelismos con otras religiones.

Así, compara a María con Maya, con Tara (la madre de todos los budas) y con Rahmah (nombre del profeta Mahoma en cuanto es “Misericordia”; este último es también Virgen por ser iletrado y Madre en razón de su poder de intercesión).

«¿Cómo no admirar la reflexión sobre María?» se pregunta Mons. Dubost. Por nuestra parte, es el juicio del obispo de la santa Iglesia de Dios lo que nos sorprende.

No nos detendremos a analizar este libro: los paralelismos que acabamos de citar bastan para mostrar que el camino del autor está destinado al fracaso.

Digamos una palabra sobre el larguísimo posfacio (25 páginas) de Jean Borella. El filósofo de Nancy se plantea la cuestión de la unidad de las religiones. Rechaza el análisis de Guénon (un Maestro del mundo oculto en algún lugar dirigiría todo eso) y el de Schuon (existiría un esoterismo absoluto, una religio perennis por encima de todas las religiones). Pero admite como posible que Dios o un ángel esté en la fuente de las grandes religiones de la tierra, y que estas sean un medio de salvación para sus fieles. Le parece difícil aceptar la idea de que Dios haya dejado durante «quizás uno o dos millones de años [35]» a millones y millones de hombres en la persuasión de falsas religiones. Piensa que es absurdo admitir un «engaño permanente, universal y perfectamente indetectable» que afecte al fin del hombre.

Se ve que, aunque Jean Borella critique ahora a Guénon, no ha vuelto aún a la Tradición católica, que considera a los dioses de los paganos como demonios («omnes dii gentium dæmonia», Sal 95, 5) y que niega que las falsas religiones puedan ser medios de salvación.

También es falso hablar de un «engaño perfectamente indetectable». Los propios paganos no se tomaban demasiado en serio su religión: «El viejo chascarrillo de Catón es muy gracioso: se maravillaba, decía, de que un arúspice pudiera mirar a otro arúspice sin reír», escribe Cicerón en su tratado De la adivinación [36].

Por otra parte, un error, incluso en el campo religioso, no impide salvarse, siempre que ese error no sea culpable y que la persona responda a las gracias que Dios envía a cada hombre para salvarse (y especialmente para observar la ley natural que está escrita en el corazón de todo hombre).

 

NOTAS:

[1] — Véanse en particular nuestros artículos publicados en Le Sel de la terre 13 y 57.
[2] — Christophe Andruzac, René Guénon, la contemplación metafísica y la experiencia cristiana, París, Dervy-Livres, 1980. Su nombre aparece también en los Cahiers de l’Herne « René Guénon », obra colectiva de 1985 (ed. de l’Herne, París), donde publicó una « nota sobre la diversidad de las vías espirituales » (pp. 297-309). Es muy posible que se trate de un seudónimo.
[3] — El padre Irénée Dalmais O.P. (Henri es su nombre de bautismo), 1914-2006, muy comprometido en el movimiento scout, realizó sus estudios en el convento del Saulchoir (Étiolles) de 1942 a 1948; luego fue bibliotecario del convento Saint-Jacques (París) de 1948 a 1993, profesor en el Instituto Superior de Liturgia, miembro del Instituto Dominicano de Estudios Orientales, del Centro de Investigación Teológica Misionera, del Comité mixto católico-ortodoxo en Francia, etc. Fue confraterno de los padres Chenu O.P. y Congar O.P., y admiraba al padre de Lubac S.J.
[4] — El padre Paul Faynel, vicario episcopal, es verosímilmente el mismo que el autor de un libro sobre La unidad de los cristianos, Desclée, 1984.
[5] — Véase Le Sel de la terre 54, p. 131 ss.
[6] — En realidad, el verbo qiggavnein (qivggein en el aoristo) empleado por Aristóteles, por ejemplo en Metafísica, L, 7 (Bk 1072 b 14-30), no significa nada más que la unión del intelecto y del objeto inteligible (véase el comentario de santo Tomás de Aquino, Marietti n.º 2540), unión que puede ser simplemente intencional. Todo el engaño gnóstico consiste en pretender que esta unión se vuelve real en ciertas condiciones.
[7] — Esta contemplación estaría más allá del conocimiento discursivo (por razonamiento) y conceptual, más allá de todo lo que procede por abstracción (p. 57).
[8] — Sobre esta expresión, santo Tomás de Aquino, en su comentario (Marietti n.º 2106), explica que se trata simplemente de la semejanza con Dios. El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, pero eso no significa que posea en sí mismo algún elemento de naturaleza divina, como pretenden los gnósticos.
[9] — Christophe Andruzac señala que « Guénon califica esta sobreabundancia como “sobrenatural” ». La tendencia de la gnosis es transformar lo natural (aquí el trabajo de la inteligencia) en sobrenatural.
[10] — Es cierto que los gnósticos atribuyen a santo Tomás de Aquino un Tratado de la piedra filosofal y un Tratado sobre el arte de la alquimia (reeditados en 1979 por Arché, Milán): huelga decir que estos tratados, esotéricos por naturaleza, están ausentes en todos los catálogos de las obras auténticas de santo Tomás de Aquino. Este último, que habría pertenecido a alguna logia misteriosa, habría transmitido en secreto sus escritos esotéricos…
[11] — Y los mejores, como san Juan de la Cruz, el Doctor místico. Es también la doctrina habitual entre los dominicos: véanse las obras del padre Garrigou-Lagrange O.P.
[12] — Tradicionalmente se distinguen tres « edades » o tres « vías » en la vida espiritual: la edad de los principiantes, la de los progresantes y la de los perfectos; o la vía purgativa, la vía iluminativa y la vía unitiva. El paso de la oración activa (o meditación) a la oración infusa (o contemplación) se realiza entre la primera y la segunda vía, cuando el alma pasa de la edad de los principiantes a la de los progresantes.
[13] — Se encuentran en Christophe Andruzac los errores que hemos señalado en René Guénon: véase Le Sel de la terre 57, pp. 116-117 y 125.
[14] — No se trata de un escrito, sino de una frase que sus adversarios decían haberle oído predicar.
[15] — Christophe Andruzac pretende apoyarse para esto en un pasaje del padre M. D. Philippe (El Ser, Búsqueda de una filosofía primera, II, 1.ª parte, p. 518), que habla de la estabilidad cuasi-sustancial del espíritu; pero el padre Philippe afirma claramente la distinción entre el modo intencional de la presencia de Dios por el conocimiento y el modo sustancial que se realiza por la gracia.
[16] — Le Sel de la terre 57, pp. 120-122.
[17] — Sobre este engaño de la Iglesia conciliar, aceptado aquí por Christophe Andruzac, véase el editorial de Le Sel de la terre 38. (Nota de Le Sel de la terre.)

 [18] — Sería interesante preguntarse si algunos de los que se llaman los grandes « herejes » de los primeros siglos no habrían sido miembros de comunidades iniciáticas que no consideraban la dogmática más que como un « soporte » destinado a favorecer la vida del Noûs (meditación y concentración de la inteligencia). ¿La « distinción entre el Creador y el Dios supremo » establecida por Cerinto (en santo Tomás, Comentario del Evangelio de san Juan, editado por M. D. Philippe, ibid., p. 62, nota 29) difiere del par Brahma–Shakti que hemos encontrado más arriba? ¿Difiere del par Creador–Deidad en Maestro Eckhart? ¿No reposan ciertas « herejías » en confusiones entre las formulaciones de los dos registros, la Sabiduría metafísica (de modo iniciático) y la Doctrina sacra? ¿La condena pontificia del papel político alabado desde 1789 y aun un poco antes, así como de las « tendencias des-sacralizantes » que llegan a menudo hasta una « actitud de ateísmo militante » (Actas 147) de ciertas sectas cabalistas (véase J. G. Bardet, Qabalah de vie et Kabbale de mort) y de cierto número de logias masónicas (véase la escuela que se reivindica de los trabajos del abate Barruel), golpea acaso la forma iniciática? ¡Cuántas equívocas! [Nota de Christophe Andruzac. En cuanto a las equívocas, no hace falta decírselo…]

[19] — Johann Reuchlin, De arte cabalistica, libro II, trad. F. Secret, p. 117 ss. [Nota de Christophe Andruzac.] — Reuchlin, 1455-1522, pensaba que la teosofía de la Cábala podía ser útil a la cristiandad.

[20] — Jean-Luc Maxence, René Guénon, el filósofo invisible, Presses de la Renaissance, 2001.

[21] — Giordano Bruno, 1548-1600, dominico apóstata, adepto del hermetismo, fue condenado por los tribunales de la Inquisición tras un proceso de ocho años, y quemado vivo en Roma.

[22] — Si René Guénon combatió ciertas sectas (la teosofía y el espiritismo especialmente), es porque ellas son demagógicas y él elitista, o porque estas sectas buscan « poderes » mientras que él es un gnóstico puro (él busca la liberación); pero si combate algunos errores groseros, no es claro sobre otros errores más sutiles, por ejemplo la reencarnación. Sobre todo, no los combate en nombre de la verdad y de Nuestro Señor Jesucristo, por lo tanto sin eficacia.

[23] — Con esta crítica del mundo moderno, René Guénon engañó a una parte del público católico. Sin embargo, esta crítica pasa al lado del punto más importante: el mundo moderno está en crisis porque ha apostatado de la fe en Nuestro Señor Jesucristo. Como el mismo Guénon.

[24] — Véase lo que hemos dicho más arriba (p. 53) de esta « afirmación » de Maestro Eckhart y de su utilización por los gnósticos. (Nota de la Redacción.)

[25] — Esto es sin duda verdad, pues se dice que el diablo porta piedra. Pero habría que ver si las personas así vueltas a la fe católica han abjurado realmente los errores de René Guénon. Habría que saber también cuántas personas han perdido la fe a causa de René Guénon, para hacerse musulmán (como Frithjof Schuon), francmasón, budista, hinduista, adepto del New Age, etc. El demonio sabe perder un poco para ganar mucho.

[26] — Es dejar creer que Raymond Abellio (1907-1986) es un autor que permite discernir lo bueno y lo malo en Guénon. Cuando en realidad es « sin duda el más grande escritor “gnóstico” —en el sentido no restrictivo del término— francés de la segunda mitad del siglo XX » (presentación de Raymond Abellio en el sitio del Centro Cultural Internacional de Cerisy-la-Salle: [dirección indicada en el original]).

[27] — Los gnósticos, y en particular los francmasones, utilizan ciertos símbolos de la Iglesia católica, pero para transmitir una doctrina completamente opuesta. Remitimos aquí a los estudios de Jean Vaquié publicados en Lecture et Tradition (BP 1 – 86190 Chiré-en-Montreuil), por ejemplo los números 76, 79, 82 y 167; y en los Cahiers de la Société Augustin Barruel (62 rue Sala – 69002 Lyon), por ejemplo el número 25, el único disponible actualmente, que contiene la lista de los estudios publicados anteriormente.

[28] — Las dificultades de Occidente provienen esencialmente de su apostasía del cristianismo. Querer curar este mal recurriendo a las religiones orientales es un desvarío.

[29] — El subrayado es nuestro (nota de Le Sel de la terre).

[30] — Gilbert Durand es un universitario francés (nacido en 1921), discípulo de Henri Corbin (1903-1978), cofundador del Centro de Investigación sobre lo Imaginario en Grenoble y miembro del Círculo de Eranos (fundado por Olga Fröebe-Kapteyn en 1933; este círculo reúne desde entonces, en el montañoso Tesino suizo, en Ascona, a pensadores esoterizantes como Carl Gustav Jung, Gershom Scholem, Henri Corbin, etc.).

[31] — El padre Michel Dupuy, sacerdote de San Sulpicio, es especialista en Bérulle; está encargado del Nihil obstat para la diócesis de París; antiguo párroco de Saint-Joseph des Carmes (70, rue de Vaugirard, 75006 París), antiguo alumno de los Carmelitas y antiguo misionero en Zaire, actualmente tiene 82 años.

[32] — Desde 1999, Jean Borella (junto con dom Stroobant de Saint-Eloy) traduce y anota los comentarios de santo Tomás de Aquino sobre las epístolas de san Pablo publicados en el Cerf, lo cual puede representar un certificado de ortodoxia para una persona poco informada. Sobre las herejías del profesor Borella, véase Le Sel de la terre 29, p. 212 ss. Véase también Le Sel de la terre 56, p. 107 ss.

[33] — François Chenique, informático de profesión, defendió una tesis en la facultad de teología de Estrasburgo; amigo de larga data de Jean Borella, dio a conocer el pensamiento de su maestro común, el abate Stéphane, bajo el título: Introducción al esoterismo cristiano, con una postfacio de Jean Borella, Dervy-Livres, 1979.

[34] — Jean Vaquié, La escuela moderna del esoterismo cristiano, Boletín de la Sociedad Augustin Barruel, n.º 22-23, 1992. Reseñado en Le Sel de la terre 1 (1992).

[35] — No seguimos al Sr. Borella en su afirmación sobre una humanidad de « uno o dos millones de años », cuando se sabe que Caín, el propio hijo de Adán, construyó una ciudad, y que las huellas más antiguas de civilización no se remontan más allá de 5 a 6 mil años antes de Jesucristo. Véase también el artículo del hermano Pierre-Marie, « La evolución del hombre frente a la teología », Le Sel de la terre 9 (1994), p. 69 ss.

[36] — Marco Tulio Cicerón, De la adivinación, ed. y trad. John Scheid, Gérard Freyburger, prefacio de Amin Maalouf, París, Belles Lettres, « La Roue à livres », 1992, p. 127.