Por IGNACIO BALCARCE
El
estreno de la película de Guillermo del Toro ha refrescado especulaciones y
conjeturas alrededor del gran mito de la modernidad: Frankenstein o el
moderno Prometeo. Si bien una primera y ligera interpretación parece
ponernos frente a los problemas que puede suscitar la ambición científica y el
afán desmedido de los hombres por controlar la realidad circundante, la obra de
Mary Shelley desliza otras posibilidades de interpretación, mucho más
subterráneas y oscuras.
Conociendo
el entorno de Mary Godwin Wollstonecraft de Shelley podemos saber que el
objetivo de la obra no fue inspirar un sano temor de Dios ni pedirle moderación
a una sociedad revolucionaria como era la inglesa de principios del siglo XIX
-pronta a sufrir la reacción victoriana-. Entonces, ¿qué propósitos operan
dentro de la famosa novela de terror?
La
obra es misteriosa por donde se la mire. Llena de fuerza y densidad metafísica,
parece difícil que haya sido escrita por una jovencita de 19 años. La historia de su origen todos la conocen: año
1816, una sesión de espiritismo en Villa Diodati, Suiza, donde Lord Byron
propone a Mary, Claire Clairmont, Percy Bysshe Shelley y el doctor Polidori
escribir historias de horror y fantasmas. Después de eso Mary tiene una visión
y escribe un pequeño relato, y Percy B. Shelley la anima a continuar ese primer
esbozo en una obra de mayor consistencia y volumen. El resultado es una obra
poderosa, inquietante, de ritmo ambivalente, capaz de transmitir las más
variadas sensaciones, generando emociones contradictorias. Por su parte,
Polidori escribiría un relato basado en leyendas regionales que tituló El
vampiro, obra que inspiraría el Drácula de Bram Stocker entre otros.
REINO
UNIDO DE GRAN BRETAÑA
La
adaptación -poco fiel a la novela- del director mexicano ha sido recibida como
un detonante oportuno para reflexionar sobre la inteligencia artificial. China
y EE.UU. se encuentran disputando una carrera desbocada por liderar el
desarrollo de la IA, en una espiral vertiginosa que parece no poder detenerse
porque mitigar los ritmos de producción y desarrollo significaría dejar que la
potencia rival los supere. En esa obsesiva dinámica ya nadie sabe qué se quiere
lograr con la IA, cuáles son sus límites y hasta dónde se la puede desplegar.
Justamente, este desquicio ambicioso de las naciones por acopiar poder fáctico
para dilatar un dominio universal emerge de Inglaterra y su proyecto mundial:
el Reino Unido de Gran Bretaña. El particular ambiente donde se crió Mary
Shelley y su Frankenstein.
La
Inglaterra cismática de Enrique VIII, anglicanizada por Isabel I, republicana y
sangrienta con Oliverio Cromwell, a partir de la Revolución Gloriosa de 1688,
desata su proyecto de poder mundial. Dirigida desde un nuevo Parlamento, van a
aplicar una coordinada ingeniería social orientada al desarrollo geopolítico,
económico, científico, cultural y militar. Confiscación de bienes de la Iglesia
Católica, Banca inglesa, usura legalizada, expulsión de campesinos hacia
Londres, Manchester y Liverpool para alimentar con mano de obra barata la
naciente industria, son los trazos que configuran una nación dispuesta a
desparramarse sobre el mundo como un pulpo sobre su presa.
Francis Bacon, pionero en este proyecto había
anunciado tempranamente que “saber es poder”, rompiendo el amor por la
sabiduría como contemplación perfectiva del hombre. El conocimiento se
desligaba del crecimiento humano y la virtud, ya no sería un fin en sí mismo, y
buscaría desarrollarse por los cauces de la voluntad de poder y el dominio de
la naturaleza. Inglaterra iba a dedicar dos instituciones al conocimiento como
instrumento de control: la Royal Society, dedicada a la ciencia empírica -el
saber exotérico- y la Masonería, la Logia Unida de Inglaterra, con nacimiento
formal en 1717, se ocuparía de los saberes ocultos y esotéricos.
En
esa Inglaterra anticatólica tenemos la semilla del mundo moderno y su espíritu
prometeico. Los librepensadores ingleses encienden su campaña contra la
religión, se consolida la mentalidad economicista del capitalismo, la ciencia
se reduce al empirismo que somete la naturaleza y los materialismos más
groseros se ponen de moda.
Uno
de los ideólogos más influyentes de ese materialismo en boga sería William
Godwin, casado con la feminista libertina Mary Wollstonecraft, y de cuyo
matrimonio nacería Mary. Godwin era un determinista que consideraba al hombre
como una máquina movida por impulsos eléctricos, enemigo de las instituciones y
de todo principio moral, creía que la ciencia sería capaz de abolir la muerte.
Confiaba en que la electricidad era capaz de infundir vida, idea que atrajo la
atención del poeta y ocultista Percy Bysshe Shelley. Estos dos prometeos se
obsesionaron creyeron que la electricidad era la chispa divina que debían
arrebatarle a los dioses. Y si los hombres eran sustancialmente electricidad,
dominarla sería también poder controlarlos. Recordemos que Frankenstein, es
materia inanimada que despierta por un golpe certero de electricidad.
PERCY
BYSSHE SHELLEY
Percy Shelley se enamora de la hija de Godwin,
Mary de 16 años. Deja a su esposa y sus hijas y se fugan juntos. A partir de
entonces comienza a instruirla en sus ideas revolucionarias. Shelley había
practicado la magia desde su infancia, era rabiosamente anticristiano, se
manifestaba enemigo de “la tiranía de la autoridad sacerdotal”, quería replicar
una revolución francesa en Inglaterra y haciendo de la amoralidad su regla de
conducta, promovía una liberación sexual capaz de conducir la humanidad a una
felicidad sin límites.
En
su poema La Reina Mab invita a “preferir la libertad del Infierno / que
la servidumbre del Cielo”. Su convicción revolucionaria era que la
ciencia podría establecer un paraíso en la tierra demostrando la falsedad de
los sistemas religiosos y de las instituciones que son grilletes para el
hombre: el matrimonio, la familia, la autoridad política, etc. El resultado
sería romper las convenciones y favorecer la liberación de las pasiones.
Tanto
Godwin como Percy Shelley creían que la física newtoniana explicaba el universo
como una mecánica cerrada sobre sí misma, prescindiendo de Dios, pero Percy
sabía que existían fuerzas superiores, instancias de poder sobrehumanas, con
las que siempre intentó comunicarse para adquirir los secretos de la naturaleza
y obtener beneficios personales.
FRANKENSTEIN
El
mundo de Mary Shelley fue un mundo caótico que terminó como solamente podía
terminar. Jugaron con fuego y se quemaron. Incestos, abortos, suicidios,
muertes trágicas, angustias y culpas tejieron la tupida trama de esas
relaciones. Y todo eso nos permite aventurar otro tipo de interpretaciones para
la novela de Frankenstein, en la que no cabe duda que sobre la espumosa
imaginación de Mary actuaron distintas fuerzas e influjos.
Creo
que la novela puede ser comprendida como una blasfemia. Una burla a Dios como
creador. El Dr. Víctor Frankenstein, el científico capaz de infundir vida sobre
la creatura, es un espejo que representa a Dios, el Autor de la vida. El
monstruo defectuoso somos nosotros, los seres humanos, ridiculizados como
creaturas malogradas que avergüenzan a su Creador. Cuando abarcamos todo el
contexto de la obra no es difícil ver que alguien metió la cola. Querer
humillar a Dios solo puede proceder de un lugar.
La
novela de Mary Shelley permite esa segunda lectura. Hay elementos para
considerar que se ha entrometido una burla satánica que pretende parodiar al
Dios creador. Pero por supuesto que lo hace según su modo de obrar, que es la
mentira. Porque Dios no se avergonzó de su creación, sino que se encarnó para
rescatarla. Cuando la creatura falla, Dios no la abandona como hace el Dr. Víctor
Frankenstein. Por el contrario, inmediatamente se traza un plan de salvación
que es la historia de amor más grande jamás contada. Dios iba a demostrar en
muerte de cruz hasta dónde estaba dispuesto a ir a buscar a su creatura. Ante el
fracaso de nuestros primeros padres, Dios renueva su confianza en nosotros y
conduce la humanidad hacia una nueva alianza en Cristo el Señor. Desde entonces
Dios comunica su gracia para que vivamos en Él, duplicando su amor y compromiso
con nosotros.
El
Dr. Frankenstein se niega a darle una compañera al monstruo -lo llama el
demonio- porque no quiere que se reproduzca y multiplique. Contrariamente a
esto, Nuestro Señor Jesucristo eleva a sacramento la unión matrimonial, la
bendice y la hace fecunda. Tanto Godwin como Shelley dedicaron sus vidas a
atacar el matrimonio cristiano, realizando una apología de los vínculos
sostenidos en el deseo y la mera voluntad del momento. Eso llevó a Percy
Shelley a abandonar a su primera mujer Harriet para irse con Mary. Como
consecuencia de esto Harriet se suicidaría. Percy y Mary vivieron atormentados
en la culpa, y muy oportunamente, el remordimiento es el gran protagonista de
la novela.
La
conciencia culpable es el gran enemigo de aquellos que haciendo opción por un irracionalismo
vitalista y hedonista, intentan sustraerse de todo criterio moral. Antes de
ingresar en la fase de la locura total deben transitar las mordeduras de la
culpa. Cuando el Dr. se niega a darle una pareja al monstruo este le dice “estaré
contigo en tu noche de bodas”. La conciencia le está anunciando que ya no
podrá disfrutar los placeres de la vida porque ha hecho mucho daño. Los Shelley
avanzados en su corrupción sentían la tenaza de los remordimientos, pero parece
que habían ido demasiado lejos como para desandar un camino de arrepentimiento
y conversión.
La
última frase de Víctor Frankenstein a Walton, el marinero que lo recoge cuando
buscaba venganza en las estepas heladas del Polo Norte, es una recomendación “busque
la felicidad en la serenidad y evite la ambición”. Parece una conclusión adecuada para un
Percy B. Shelley que habiendo procurado poder de los modos más impíos, medio
loco, obsesionado y torturado en sus lamentos, antes de morir en un naufragio,
la experiencia le dice que al pactar con mentirosos, estos ni siquiera pagan la
felicidad que prometen.
El
misterio de la novela parece estar en encaramar una parodia blasfema por debajo
de la primera historia, la que nos habla de los riesgos de la ambición
científica. El resultado paradójico, es dejar plasmado el desgarro tortuoso que
atraviesan aquellos que presentan rebelión contra Dios. La novela palpita con
emociones de desesperación, es la intranquilidad de aquellos que desafían al
Cielo. Los Shelley manejaban la retórica revolucionaria de la liberación, pero
lo único que podían transmitir es locura, zozobra y desconsuelo.
